La ilusión hizo que la lluvia mojase menos

Los Magos llegaron cargdos de ilusión para todos. /Avelino Gómez
Los Magos llegaron cargdos de ilusión para todos. / Avelino Gómez

El agua constante hizo que la comitiva acelerara y la Cabalgata tardó una hora escasa en llegar al Ayuntamiento

MARÍA ÁNGELES CRESPO

La chavalería sabía que lloviera o no los Reyes Magos iban a llegar y desde un buen rato antes de las seis eran muchos los críos que arrastraban a su, padres, tíos y abuelos para llegar con tiempo a la estación del ferrocarril. El tren en el que viajaban Sus Majestades tenía previsto entrar en el andén a las seis y no había tiempo que perder. Y lo cierto es que quienes fueron a recibir a Melchor, Gaspar y Baltasar hasta allí tuvieron más suerte porque momentos antes de la hora señalada dejó de llover.

Adrián y Diego, de 9 y 5 años y que viven muy cerca, tenían claro que el mejor lugar para verles era ese y recordarles que les habían pedido «un coche teledirigido y un juego de la Nintendo», el mayor y «un Antón Zampón y Superchuchelandia» el más pequeño. Sus peticiones estaban dirigidas a Melchor y Baltasar.

Sin precisar a quien de los Magos porque «nos da igual», habían enviado sus cartas, un grupo de niños y niñas, de 8 años, querían que les trajeran «un libro, un diario y un juego de alfarería», decía Alba, y Sofía esperaba alguna sorpresilla, pero quería «cosas de clase».

Por su parte Lucía recordaba que les había pedido «una raqueta, un juego para la Nintendo, un Monopoly y un paraguas». También se mostró cauto Bruno que reconoció que «no he hecho la carta, pero quiero que me traigan, el Monopoly, un juego para la Nintendo y algún juguete».

Había coincidencias en algunas de las peticiones aunque había quien como Ángela lo que esperaba era «una Nancy, el barco de Pin y Pon y el parque de Pin y Pon». Pidió tres cosas «una a cada rey». También se alejó de las solicitudes más habituales Claudia que quería «una peluquería científica, un Playmovil y un estudio de alfarería».

Si ellos estaban impacientes, más aún eran los nervios entre los más pequeños como Patricia, de 4 años que quería «un casco relajante una cosa para hacer pinchitos». Marcos, de 5 años, quería «el juego del sí o no, unas zapatillas, medias, un pantalón y una tablet y un juego de magia». Sabía que tenía que irse pronto dormir pero «no sé si me dormiré porque me he echado tarde la siesta»; aun así prometió intentarlo; al igual que Carmen que acababa de cumplir 5 años y que había pedido un cochecito con un unicornio pintado, un muñeco, una trona para el muñeco y el instituto de Pin y Pon». Quería Martín, de 7 años, que los Reyes recordaran que él quería un Monopoly y algo de deporte porque juego de portero».

Está claro que todos esperaban ver sus sueños realizados porque aseguraban, y bien alto que «nos hemos portado bien».

Bien realizaron el viaje los Reyes, como aseguró el maquinista que guió el tren para que llegara a las seis en punto a Miranda. Javier aseguró que «aunque ha sido un poco largo se lleva bien, y luego ver aquí a los chavales hace mucha ilusión. Entre la magia de los reyes y un poquito que hago yo, hemos llegado a la hora».

Como el cielo amenazaba los Reyes no tardaron en dirigirse a sus carrozas que les esperaban en la plazoleta y emprendieron la marcha hacia la plaza del Ayuntamiento. Los que esperaban tuvieron que buscar algo de refugio para evitar la lluvia, pero pese a ella, a medida que la comitiva se acercaba a algún lugar del recorrido aparecían más y más niños ávidos de ver así de cerca a Melchor, Gaspar y Baltasar.

La animada Cabalgata transcurrió con algo más de celeridad que en otras ocasiones pero generó la misma expectación e ilusión que se reflejaba en las caras de mayores y pequeños.

Un apagón puso el suspense

Menos mal que los Reyes son Magos, y en algo contribuirían para que los operarios del servicio eléctrico pudieran llegar pronto después de que a las siete de la tarde, justo en el momento en el que llegaba a la Plaza del Ayuntamiento la carroza del rey Melchor se fuera la luz. Así que los nervios se apoderaron de los mayores porque los pequeños estaban seguros de que todo se iba a arreglar pues tenían que ver bien a los Reyes. Y por fortuna para todos y alivio general, no pasaron más allá de los quince minutos cuando resonó un aplauso en la plaza. Ya se veía y Sus Majestades iban a salir enseguida al balcón. Y lo hicieron sin tardar para decirles a todos que sabían que habían sido bueno y recordarles que tenían que irse pronto a la cama y prepararles algo para que repusieran fuerzas en las casas y pudieran seguir repartiendo los regalos. Todos hablaron pero fue Melchor el que pidió para todos los mirandeses «mucha salud, que lo demás, todo irá llegando». Hablaron poco más porque querían estar con los niños en los soportales; allí oyeron sus peticiones.

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