Adiós a un pedacito de historia mirandesa

Begoña Ruiz lleva trabajando 49 años en La Manuela. /Ó. C.
Begoña Ruiz lleva trabajando 49 años en La Manuela. / Ó. C.

La Manuela cierra tras 118 años de una larga vida en la que se ha convertido en un rincón con una identidad cien por cien de la ciudad

ÓSCAR CASADO

Tras cruzar su puerta uno se da cuenta que no ha entrado en un bar más. Seguramente, entre sus cuatro paredes, se concentra y se respira como en pocos lugares la identidad propia de la ciudad. Por eso, cuando el uno de diciembre no abra, Miranda cerrará un pedacito de su historia. Sin el bar La Manuela, la Parte Vieja se queda un poco más huérfana porque pierde un espacio por el que han pasado generaciones de mirandeses.

Se dice pronto, pero el cierre llega 118 después y Begoña Ruiz, su alma y propietaria, afronta estos últimos días con unas sensaciones contradictorias. «Estoy agobiada», resume, ante tanta muestra de afecto. Y no es para menos. «¿Ves que floristería? Pues ahí en el bar hay tanto o más y tengo la habitación de mi difunta madre que no sé ni por donde pisar de los regalos que hay», afirma, mientras señala detalles que ha ido acumulando en las últimas semanas.

Un gesto de la clientela, de amigos, que la llena de emoción y que se hace visible nada más entrar. Seguramente, sea una muestra del cariño que ha repartido en todos estos años, que ahora se está volviendo hacia ella. Pese a la pena que pueda dar perder esta joya de la ciudad, no hay reproches. No podría ser de otra manera.

En ocasiones, se dice que se recoge lo que se siembra y Begoña ha estado sembrando en los últimos 49 años mucho y bueno. Ese es el tiempo que ha estado tras el mostrador, siempre con la mejor de las intenciones. Atendiendo a mirandeses, sirviendo un vino, una cerveza o su famoso zurracapote. Eso también se pierde. «Que aprendan a hacerlo», bromea sacando una sonrisa, en unos días que a buen seguro no están siendo del todo fáciles.

«No esperaba esto», confiesa al repasar todo lo que está viviendo. Ahí vuelve a sacar un poco de su carácter, queriéndose acordar de «mis tías que trabajaron tanto y en aquellos tiempos». De ellas, aprendió el oficio y también «el ser tan bondadosa, que lo he mamando de ellas», recuerda con cariño, haciendo también suyo estos momentos en los que la atención se ha fijado en Begoña. Sin embargo, también se acuerda con orgullo que sus tías, Las Manuelas, tienen su espacio en el barrio de El Crucero, donde una travesía lleva su nombre.

Por ellas, siguió la tradición familiar, que empezó su bisabuela regentando La Mirandesa, «una sociedad recreativa cultural», que estaba en el bajo de lo que hoy es el edificio del Apolo. Un incendio hizo que la familia se quedara sin negocio y sin casa y fue «cuando se trasladaron aquí».

Desde entonces, el rincón de la calle San Juan se ha ido colando en el recuerdo de muchos. Desde los futboleros, con especial atención al Mirandés, hasta los más sanjuaneros. Siempre con Miranda en el centro. Begoña confiesa que no está siendo fácil porque «me da pena. He tenido muchas zancadillas en la vida y mis clientes han sido mi terapia», reconoce, al tiempo que asegura que «más que amigos a muchos los tengo como familia».

Una sensación de hermandad, de confianza, que también es una muestra y un reflejo de lo importante que es para el barrio. Un punto de la ciudad en el que la camaradería siempre se ha llevado por bandera, aunque en estos momentos no atraviesa su mejor momento. «He llorado mucho por mi barrio y sigo rezando porque siga esa tiendita abierta», lamenta, por ser de las pocas que mantienen con vida a la Parte Vieja «cuando aquí ha habido de todo», rememora.

Homenajes

Al margen de los regalos y de las muestras de cariño, en estos días también ha tenido reconocimientos públicos. Y todavía queda alguno pendiente. Para el recuerdo, Begoña se guarda el que le hicieron junto al Apolo, en el que se mostró su poder de convocatoria. Un acto que desbordó todas las previsiones y que fue una muestra de toda la gente que quería estar a su lado, demostrándole su afecto.

«Ha sido un sueño, como estar en una nube», presume, antes de afrontar la recta final de un camino que le llevará a una jubilación merecida, tras casi cincuenta años tras la barra del bar. Además, esta semana los gestos de cariño saldrán de la ciudad porque toca otro en Bilbao, donde la Cofradía Mirandesa también reconocerá su trayectoria.

Así termina una larga vida de un bar que empezó como La Manuela, y que cierra este 30 de noviembre como Las Manuelas. Por él han ido pasando generaciones de una misma familia, acumulando un montón de emociones y de recuerdos. Toda una vida que en el momento de cierre se pasará por la mente de Begoña «como una película», aunque tiene claro que «me voy a acordar de todo». Eso que a buen seguro no es poco. A partir de ahí, Miranda habrá perdido algo, un pedacito de su historia que tan solo se guardará en el recuerdo de muchos. Hasta siempre.

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