El Correo

Recuerdo de la lucha por la libertad

Recuerdo de la lucha por la libertad
  • Miranda conmemora el cierre del campo de concentración con una historia contada en primera persona y una visita guiada

Más de 110.000 personas –de las que 65.000 fueron prisioneros republicanos– llegaron a pasar por el campo de concentración de la ciudad durante la década que permaneció activo, desde el decreto de julio del 37 que marcó la creación de unas 200 instalaciones de estas características a lo largo y ancho de la geografía española hasta su clausura en enero de 1947. Fue el último en cerrar, un hecho del que ahora se cumplen 70 años y que el Ayuntamiento no ha querido pasar por alto al tratarse «una ocasión idónea para conmemorar la lucha por la libertad. La memoria no es el pasado, es el presente; y recordar es importante».

Un mensaje trasladado por la alcaldesa de la ciudad, Aitana Hernando en un acto en el que la voz y las experiencias de los internos estuvieron muy presentes gracias a la edición en castellano del relato novelado construido tiempo atrás por una de esas personas que sobrevivieron a la adversidad: Francesc Grau Viader.

Como durante muchos años hiciera Félix Padín, incansable a la hora de relatar lo que el vivió como prisionero en ese campo para que no se olvidara; este escritor optó por poner negro sobre blanco sus experiencias de adolescente en la ofensiva de Balaguer y la batalla del Ebro en el libro ‘Dos líneas tremendamente paralela’ y las penalidades vividas en Miranda, en ‘Cautivos y desarmados’, cuya publicación en catalán se remonta a 1981 pero que hasta ahora no ha sido traducido al castellano.

Justo un año antes de la publicación y 40 después de su paso por el campo, Grau volvió a pisar la ciudad y la zona que había ocupado el campo acompañado de su mujer y de buena parte de su familia. Una zona de 42.000 metros cuadrados limitados por las vías, el río Bayas y el tendido ferroviario. Precisamente fue la condición de nudo de comunicación lo que hizo que Miranda fuera elegida para ubicar uno de estos centros de internamiento de prisioneros, al que era sencillo trasladar a los presos y desde donde también era fácil derivarlos a otros puntos de España. Una instalación pensada para acoger hasta 1.200 personas pero que llegó a tener picos con 3.700 ocupantes. «Las condiciones de vida eran inhumanas, marcadas por la ilegalidad, arbitrariedad y la impunidad con la que actuaron los carceleros, así como por la voluntad clara de humillar a los vencidos», apuntó el historiador Agustí Alcoberro.

Sobre terrenos expropiados a Sulfatos Españoles SA, a otra empresa ubicada en la zona y a una familia de agricultores locales, los propios internos –que antes pasaron por la plaza de toros y los terrenos de la azucarera– tuvieron que levantar las primeras instalaciones haciendo uso del material del circo requisado por los soldados a una familia a la que la guerra le sorprendió actuando en Miranda y optó por almacenar aquí todo lo que tenía.

Garitas cada 50 metros

Una valla de dos metros de altura rodeó buena parte del perímetro del campo, controlado también cada 50 metros por una garita de vigilancia, y que en el interior contaba con barracones de madera (inicialmente), letrinas –una pasarela de madera sobre el río–, enfermería, lavadero, economato e incluso una cantina. Tampoco faltaba una explanada sobre la que se levantaba un mástil en el que se izaba la bandera del bando nacional y donde eran obligados a entonar distintos himnos y mensajes como ‘España, una, grande y libre’.

Así era el campo al que llegó Francesc Grau en enero de 1939 y en el que logró sobrevivir, junto a un núcleo de cuatro amigos con los que formó un grupo de solidaridad, pero del que dos fallecieron por el camino. Él lo logró y su libro, tal y como explicó ayer su editora, María Bohigas, «les dio la palabra a esos chicos de 19 años» que fueron sacados de la escuela para participar en una guerra que les hizo enfrentarse al horror de los miles de muertos en la Batalla del Ebro y a las penurias del encierro en un campo de concentración en el que pasaron hambre, frío y convivieron con piojos, que trataban de quitarse a diario, además de con tifus, pulmonía o lo que llamaron ‘miranditis’, que no era otra cosa que la disentería que padecían por beber del río, ante la imposibilidad en muchos casos de obtener agua en la única fuente que había en el campo. Al menos hasta que se instaló un depósito donado por la Cruz Roja Internacional y que aún se puede ver en la zona.

Pero el campo de concentración no fue una instalación uniforme e inmutable durante la década que permaneció abierta. Hasta cuatro etapa se pueden distinguir, fundamentalmente, atendiendo a sus ocupantes. Tal y como explicó la guía del CIMA –en el recorrido realizado junto con historiadores, editores del libro, la familia de Francesc Grau e incluso de gente llegada expresamente de Vitoria y Madrid atraída por la convocatoria, así como de dos profesores nativos de inglés residentes en la ciudad– especialmente duro fue el primer año de actividad, en el que «las cáscaras de naranja eran consideradas un manjar. Las condiciones eran penosas».

Y no solo dentro del campo, también fuera, ya que entonces fue cuando se crearon los primeros batallones de trabajo que se hicieron cargo del arreglo de Callejonda, de ensanchar el acceso a San Juan del Monte, limpiar el Bayas, restaurar la iglesia de Santa María –quemada durante la guerra– o de levantar el monumento a Mola en la localidad de Alcocero.

Desde 1940 y hasta 1945, los internos pasaron a ser fundamentalmente extranjeros de países aliados, principalmente franceses e ingleses, que huían ante al avance alemán. Apenas quedaban ya españoles. A partir de ahí y hasta el cierre, las instalaciones acogieron a muchos solados italianos y alemanes que llegaban para evitar ser capturados tras perder la Segunda Guerra Mundial. A estos se les dio un trato de favor y se les facilitó la huida a América del Sur, a través de redes de evasión. «A un mando nazi, responsable de la muerte de 1.500 polacos, se le dio un pasaporte de un cura llamado Olmo con el que llegó a Argentina», explicó la guía.

Ésa es solo una de las miles de historias que tuvieron que formar parte del día a día de un campo en el que llegaron a convivir 58 nacionalidades –tuvo hasta 15.000 extranjeros de casi todas las partes del mundo–. Una gran torre de babel en la que en esa última etapa se llegó a levantar una valla en centro para separar los dos bandos, el de los aliados –en el que no faltaban personas judías– y el de alemanes e italianos.

El recorrido real e histórico que ayer se realizó al campo fue el primero de una serie de actos que Hernando apuntó que se están organizando para que no caiga en el olvido esa parte de la memoria de la ciudad y que incluirá, entre otras propuestas, visitas guiadas por parte del CIMA a la zona en la que se levantó el campo de concentración. Allí, además, está previsto sustituir el panel explicativo de las instalaciones que actualmente se encuentra muy deteriorado.

«Mi padre pasó en Miranda los peores días de su vida»

Anna Grau recorrió ayer a pie los mismos lugares que su padre pisó durante los meses que estuvo recluido en el campo de concentración de Miranda, lugar al que llegó en enero de 1939 y donde vivió «los peores días de su vida», según sus propias palabras, por lo que se prometió no volver. Pero cambió de idea y en 1980 regresó al lugar por el que pasó siendo casi un chaval, después de tener que dejar de estudiar al ser llamado a filas para participar en «una horrible guerra que no sentía como propia». Salió de casa siendo un adolescente, con 17 años, perdió la guerra, y regresó con 25, como adulto, a una familia represaliada. «Cuando se licenció intentó olvidar aquellos momentos y rehacer su vida». Entonces, ¿por qué volvió a mirar atrás? «Se dio cuenta de que la historia solo iba a tener una versión de los hechos. Que una parte de los que lucharon y sufrieron la deportación no tendrían su propio relato». Eso sí, su hija dejó claro que nunca lo hizo desde el rencor, si no con la esperanza de que no se volviera a repetir».

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