El Correo

VEINTE AÑOS FRENTE A LA ‘EPIDEMIA SILENCIOSA’

Gloria Martínez, veinte años al frente de la entidad.
Gloria Martínez, veinte años al frente de la entidad.
  • ACAB-Rioja celebra su vigésimo aniversario en la lucha contra los trastornos alimentarios

Resulta obvio que la inteligencia y la capacidad mental son los principales hechos diferenciales entre los humanos y el resto del reino animal. La adaptación a todo tipo de medios –incluido el espacio exterior– no se explican sin habilidades como la abstracción o el lenguaje, que solo el cerebro del hombre ha sabido desarrollar. Sin embargo, la mente humana no es perfecta y a menudo juega malas pasadas al añadir a la ecuación la dimensión social de la especie.

Un buen ejemplo de ello son los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), cuyos máximos exponentes son la anorexia y la bulimia, aunque no son las únicas patologías englobadas en este marco. En La Rioja, la batalla contra los TCA tienen el rostro de Gloria Martínez desde hace ya veinte años, cuando uno de sus familiares se vio afectado por este tipo de enfermedades, miró a su alrededor y no vio ninguna organización especializada en la región.

Cualquier otra persona habría arrojado la toalla o migrado a otras comunidades en busca de soluciones, pero Martínez buscó asesoramiento en otros colectivos que ya existían entonces y fundó la Asociación de Trastornos de la Conducta Alimentaria de La Rioja (ACAB). «Al principio solo estaba mi familia, en diciembre de 1996 ya éramos doce y en la actualidad somos 218», señala, explicando que habla de familias y no de socios porque el entorno doméstico también participa del tratamiento, al velar por que las pautas establecidas se respeten.

La fundadora y presidenta de ACAB-Rioja recuerda cómo «me he tenido que formar muchísimo» para asistir a las personas con trastornos alimentarios, obteniendo un título del Hospital Niño Jesús y asistiendo a congresos de ámbito nacional e internacional. Actualmente, en el colectivo la asistencia a los afectados corre a cargo de dos psicólogos y una trabajadora social, que desarrollan un tratamiento que no dura menos de tres años (con tres sesiones grupales cada mes) pero cuyo éxito está casi garantizado.

«En los primeros años el porcentaje de éxito no pasaba del 20%, pero desde hace más de una década hemos logrado situarlo en torno al 75%», señala Gloria Martínez, quien apunta que en los veinte años de vida de la asociación «han pasado por aquí más de 5.000 personas». Y aunque los TCA generaron una gran alarma social en la década de los 90, la actividad de ACAB-Rioja sigue siendo muy destacada, con unas 350 valoraciones de casos cada año (poco menos de una al día), de las que el 25% se confirman como enfermedades descritas entre los TCA. Pese a ello, la presidenta de la asociación sospecha que el número real de afectados es mucho mayor todavía.

«A esta enfermedad se le llama ‘la epidemia silenciosa’, porque a medida que aparecemos en los medios llegan personas a la asociación como salen los hongos de la tierra. Es la enfermedad de los sentimientos y del alma y los afectados lo ocultan hasta que ya no pueden más», asegura, advirtiendo de que «el trastorno alimentario ha degenerado, ya no estamos ante casos puros de anorexia o bulimia».

La evolución de los TCA

Así, Martínez describe cómo «existen los trastornos por atracón, que se dan en personas mayores de treinta años y consisten en ingestas compulsivas acompañadas de sensación de pérdida de control y gran malestar, tanto físico como psicológico». Además de ello, «entre los chicos se está extendiendo la vigorexia, con un trabajo excesivo para adquirir musculación y consumo de anfetaminas en los gimnasios». La tercera derivada de los TCA es la ortorexia, «un trastorno en el que las personas se obsesionan por comer sano, llevándolo al extremo».

Por fortuna, este tipo de problemas se convierten en una nota al pie de página en la vida de muchas personas gracias a la ayuda de colectivos como ACAB. No obstante, al entorno familiar le cuesta algo más olvidar el calvario. «Procuro no saludar a las chicas que se han recuperado cuando las veo por la calle, porque sus familiares nos relacionan y lo pasan realmente mal; para ellos la enfermedad es un tema tabú», sostiene la fundadora del colectivo, quien asegura que «estos veinte años se me han pasado como un soplo».

Respecto a lo que está por llegar, no se muestra excesivamente optimista: «Sería genial tener que cerrar la puerta mañana mismo pero lo veo imposible, porque cada día acude a nosotros muchísima más gente».

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