El Correo

Los tatuadores profesionales reclaman mayor vigilancia sobre la actividad clandestina en La Rioja

Óscar Camarero tatúa a una clienta en su centro (ADN Tattoo) de la calle Portales de Logroño.
Óscar Camarero tatúa a una clienta en su centro (ADN Tattoo) de la calle Portales de Logroño. / Javier Goicoechea.
  • El colectivo ve con buenos ojos que se intensifique la vigilancia sobre los locales homologados para prevenir enfermedades

Durante décadas el tatuaje ha estado asociado a marineros, legionarios, rockeros y gente de dudosa moral. Esa marca de tinta bajo la piel, más allá de decorarla, imprimía cierta jerarquía social a su lienzo. Sin embargo, de poco tiempo a esta parte el tatuaje se ha desprendido de todas las etiquetas y su normalización ha avanzado a tal ritmo que la proporción de personas que han marcado su piel en alguna ocasión viene a ser equivalente al que ha mantenido distancias con la aguja.

Ahora ver un brazo cubierto de tinta en cada poro de la piel –al margen de gustos estéticos– no genera la desconfianza de antaño y algunos tatuadores se han convertido en semidioses por firmar las obras que adornan el cuerpo de futbolistas, actores u otros referentes de la cultura popular.

Y, claro está, a mayor demanda la oferta tiende a multiplicarse. Los centros de tatuajes y piercings (cuya tendencia ha avanzado paralela al auge de la tinta) se integran en la sociedad como un negocio más, ocupando los bajos comerciales de algunas de las calles más concurridas por los compradores.

Pero ese es solo el caso de los centros ‘visibles’, ya que muchos de los profesionales que desarrollan su actividad en La Rioja advierten de la proliferación de clandestinos que tatúan en pisos sin las pertinentes garantías sanitarias para hacerlo. «Por cada uno de los que tenemos todo en regla hay tres que se dedican a tatuar en pisos», apunta Jesús Ruiz, propietario de Chus Tattoo.

Los tatuadores profesionales reclaman mayor vigilancia sobre la actividad clandestina en La Rioja

«Los tatuadores clandestinos utilizan la misma aguja que ya han usado con otro cliente; las limpian, las meten en una cazuela hirviendo y piensan que con eso ya están esterilizadas», critica, al tiempo que lamenta que «durante una inspección pregunté a los inspectores por qué no investigaban este asunto; me invitaron a denunciar, pero ese no es mi trabajo».

Óscar Camarero, de ADN Tattoo, recuerda que «centros como el mío tenemos que hacer frente a muchos gastos por tener nuestros papeles en regla, como la maquinaria para esterilizar el equipo, impuestos comerciales o recogida de residuos». La eliminación de estos costes es lo que rebaja notablemente el precio de un tatuador clandestino, que además no responde de los problemas que ese tatuaje o piercing pueda generar en el cliente. «Nadie va a denunciar a quien le ha hecho un tatuaje clandestino», apunta Camarero, quien revela que «a este centro vienen muchas personas para que le arreglemos el tatuaje que se han hecho en un piso».

La indignación de los profesionales homologados es común. Entienden que existe una competencia desleal en un asunto en el que la salud está por medio. Hay, incluso, tatuadores que prefieren ocultar su identidad para evitar posibles represalias de ‘clandestinos’.

«Es ahí donde tiene que fijarse la Administración, porque además son muchos los impuestos que dejan de recaudarse por esta actividad», apuntan. «Además es un problema que podría atajarse fácilmente, porque basta con poner en internet ‘tatuajes baratos Logroño’ y rápidamente das con los tatuadores clandestinos».

El precio como reclamo

Hacemos la prueba y seguimos las indicaciones de este profesional anónimo. En efecto, los resultados a la búsqueda no tardan en aparecer en la pantalla del ordenador. «Soy una chica de 20 años que lleva tatuando un año y algo; hago buenos tatuajes y bastante económicos», apunta uno de los reclamos, colgado en uno de los portales de anuncios más concurridos de la web. En el anuncio se adjunta un número de teléfono con el que solo se puede consultar por whatsapp y no hay referencias a ninguno de los 28 centros homologados en la región.

Otro de los reclamos sí hace alusión al aspecto sanitario: «Todo el material es desechable, máxima higiene», detalla, aunque los profesionales advierten de que solo un centro homologado y con todos los papeles en regla pueden garantizar al usuario las condiciones de higiene y salud imprescindibles.

Pero tampoco hay que obviar que las condiciones sanitarias no suele ser el primer condicionante para decidir dónde someterse al ‘arte corporal’. Así lo admite Sergio, que ya tiene tatuajes y ahora aguarda mientras su pareja se tatúa unos elefantes en el bíceps. «Yo acudí a un centro homologado porque lo primero que buscaba era calidad; es cierto que también miras precios, pero yo no quería estar arrepentido de por vida por ahorrarme 50 euros en el tatuaje», señala.

«La garantía que buscaba era la experiencia del tatuador, por encima de cuestiones sanitarias; de hecho, en ningún momento me ha preocupado la salud a la hora de hacerme un tatuaje», concluye.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate