Las chispas ocupan Olaguíbel

Los corredores se alejan del toro para evitar ser alcanzados por los petardos en la traca final. / FOTOS: HUGO MADARIAGA

Los toros de fuego asustan a niños y padres en las noches de La Blanca

CECILIA ALBÉNIZ VITORIA.

En las noches de fiestas, la calle Olaguíbel se traslada al Lejano Oeste. Niños con pañuelos en la cara simulando ser bandoleros miran desafiantes a los toros que, de un momento a otro, echarán a correr detrás de ellos. Y lo que les gusta. «A mí no me dan miedo, todos los años consigo tocarlos», presumía Dani Martínez, que estaba preparado para salir a correr el primero. Como él, otros tantos llenan todo el recorrido, «esta noche vamos a empezar fuerte, se nota que hay mucho ambiente», coincidían los portadores de las tracas.

Su funcionamiento es muy sencillo. La pirotecnia alavesa FML es la encargada de suministrar los ocho 'costillares' -estructura que se coloca en el lomo de los molde del toro- que se queman por noche. Compuestos de unos surtidores de chispas blancas que van sincronizados para que al terminar uno empiece el siguiente directamente para no dejar un respiro a los corredores que no paran quietos ni un segundo. Entre tanto, se colocan silbatos y petardos para que resulten más sonoros y consigan entretener a los 'korrikalaris'. Finalizan con una ruleta que expulsa chispas de forma circular y que «es con la que más cuidado hay que tener», avisaba el personal de seguridad.

A medida que avanzan los toros, las charangas que andan por la zona se arrancan a tocar y a amenizar las idas y venidas de los corredores. Algunos padres, siempre con un ojo puesto en los pequeños, se animan a bailar al ritmo de trompetas. Las chispas van saltando y los niños viendo cómo cada vez queda menos para disfrutar. «Es lo que más me gusta de las fiestas, vengo todas las noches con mis aitas y amigos», contaba Haizea Muguruza, de 8 años, que ya se había hecho con la primera corona de luces «y no me la voy a quitar ningún día», aseguraba.

«Como un centauro»

La seguridad nunca está de más, y el despliegue de bomberos, policía y personal cualificado es importante. Eneko Llinás lleva diez años portando los toros. «Ya soy como un centauro, pero en vez de mitad caballo, mitad toro», bromeaba. Con un peso de más de 25 kilogramos, cargar con ellos no es tarea fácil. «Muchas veces se complica porque los menores están tan ansiosos que se acercan demasiado y tenemos que controlar que no ocurra nada», aseguraba su compañero Unai Gómez. En total, se celebrarán seis 'encierros' que finalizan el día 9 con algo especial. «Nos gusta añadir bailes o salir en paralelo para dejar a todos con un buen sabor de boca», señalan.

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