Restaurante

Una ventana al mundo

Su carta tiene media docena de ensaladas -destacan la de pollo con aliño de mostaza o la de otoño con setas, parmesano, granada y nueces-, raciones para picar y algunos platos principales que bien valen una comida completa. Una baza a su favor es que la cocina permanece abierta de la mañana a la noche./MAITE BARTOLOMÉ
Su carta tiene media docena de ensaladas -destacan la de pollo con aliño de mostaza o la de otoño con setas, parmesano, granada y nueces-, raciones para picar y algunos platos principales que bien valen una comida completa. Una baza a su favor es que la cocina permanece abierta de la mañana a la noche. / MAITE BARTOLOMÉ
El Globo (Bilbao)

Nació con el Guggenheim y dos décadas después su manera de cocinar lo mejor de la despensa vasca con un toque cosmopolita sigue resultando original

GUILLERMO ELEJABEITIA

Enero de 1997. El metro de Norman Foster todavía huele a nuevo y faltan unos meses para que el museo Guggenheim consiga que el nombre de Bilbao se pronuncie en un sinfín de acentos. No sin cierto escepticismo, la villa de don Diego comienza a acostumbrarse a ver a guiris perdidos por sus calles. Les agasaja con lo mejor que tiene; una hostelería de la vieja escuela resuelta con mucho oficio pero algo escasa de originalidad. En ese contexto levanta por primera vez la persiana en una privilegiada esquina de la calle Diputación el bar El Globo. Un pequeño oasis cosmopolita, mucho antes de que esa palabra se convierta en un lugar común para definir Bilbao.

Enero de 2018. La capital vizcaína se prepara para recibir a millones de turistas atraídos no solo por el ‘Guggen’, sino también por jugosos eventos culturales y deportivos de alcance internacional que tendrán aquí su «marco incomparable». Pueden comer en una tasca tradicional, en alguno de sus restaurantes de prestigio o en una de esas cocinas exóticas que ya pueblan las calles de la ciudad. Y sin embargo El Globo sigue resultando igual de original. Es tan bilbaíno como el que más, pero tampoco desentonaría en Londres, Nueva York o Copenhague.

'El Globo' (Bilbao)

Dirección
Diputación, 8.
Teléfono
944154221.
Web
barelglobo.es.
No perderse
El txangurro gratinado.

Colores cálidos, ladrillo visto, apliques de aire retro y recuerdos colgados de las paredes. No es clásico, tampoco es moderno, pero 21 años después sigue intacto. Quizá sea el estilo tan personal que le han dado Mónica Padró y Luis Aranduri el que consiga que gente de todo tipo se sienta cómoda en El Globo, donde puede entrar un japonés con la guía en la mano a pedir «un vino y un txakoli» o una cuadrilla de txikiteros y arrancarse a cantar.

Nuevos clásicos

Su ubicación privilegiada junto al Palacio Foral le asegura un trasiego constante de clientes, pero es su poblada barra de pintxos lo que les hace volver. Cerca de 30 creaciones de cocina en miniatura que salen de la imaginación de Mónica. Cuando todo el mundo se lanzaba a mezcolanzas exóticas, esta enfermera reconvertida en chef se propuso «actualizar ingredientes muy de aquí como el bacalao, los chipirones o la txistorra con elaboraciones sencillas, ricas y fáciles de comer». Hoy, pintxos como su txangurro gratinado, su morcilla de León rebozada con cacahuete o el foie a la plancha con salsa de manzana y pimienta negra fresca se han convertido en clásicos que otros tratan de imitar.

Su barra está llena de propuestas originales pero sencillas, la clase de recetas que uno elaboraría en casa para agasajar a un grupo de amigos. Destaca un txangurro gratinado, que ya es un clásico por derecho propio. Levemente inspirado en el txangurro a la donostiarra pero renunciando al tomate, «que no le hace falta», Mónica se resiste a revelar su secreto. «Es algo tan sencillo que contarlo le quitaría la magia». Lo mejor es que lo prueben.
Su barra está llena de propuestas originales pero sencillas, la clase de recetas que uno elaboraría en casa para agasajar a un grupo de amigos. Destaca un txangurro gratinado, que ya es un clásico por derecho propio. Levemente inspirado en el txangurro a la donostiarra pero renunciando al tomate, «que no le hace falta», Mónica se resiste a revelar su secreto. «Es algo tan sencillo que contarlo le quitaría la magia». Lo mejor es que lo prueben.

Para los que un vino y un bocado les deje con ganas de más, el local cuenta con media docena de coquetas mesitas en las que sentarse a comer algo rápido antes de seguir con la jornada. En estos días de invierno apetece su ortodoxa sopa de cebolla a la francesa, una ensalada de otoño con setas crudas, parmesano, granada y nueces, o un plato de roastbeef con verduras al vapor y patata asada. Junto a la ventana, pueden entretenerse observando el trasiego del metro, que todavía huele a nuevo, o esas bandadas de guiris a las que seguimos sin acostumbrarnos del todo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos