Bizkaia Esnea, los últimos mohicanos

Ekaitz Setién y Eder Santisteban, junto a unas vacas en Karrantza./MAITE BARTOLOMÉ
Ekaitz Setién y Eder Santisteban, junto a unas vacas en Karrantza. / MAITE BARTOLOMÉ

Los ganaderos de Karrantza agrupados en esta cooperativa luchan por la supervivencia del sector en el territorio

GAIZKA OLEA

Son los últimos mohicanos, la tribu gala que resiste a los embates del César, que en este caso es la modernidad, un progreso entendido de aquella manera que, en lugar de enriquecernos, nos empobrece porque bajo los cascos de sus caballos no crece la hierba. O sí, crece hasta llenarse de matojos y zarzas, que vendrían a ser los heraldos del abandono rural. Lo explica muy bien el periodista y escritor Sergio del Molino en su exitoso libro ‘La España vacía’, un superventas sobre el fracaso de una sociedad que cimenta sus glorias sobre las ruinas del pasado. Nuestros irredentos galos son los ganaderos de Karrantza (vale para otros muchos profesionales del campo) agrupados en torno a la cooperativa Bizkaia Esnea. Habrás visto sus bricks de leche en los supermercados, en uno de cuyos laterales figura una niña sonriente que sostiene feliz un ternero.

La historia de esta cooperativa explica la evolución de los caseríos vascos: fundada hace dos décadas por un centenar de ganaderos bajo el nombre de Guvac, pronto bajaron a 78 socios y en 2009 se refundaron bajo su actual nombre con 35 integrantes. La crisis, la falta de alicientes, la edad de los baserritarras, los precios extremadamente ridículos dieron al traste con un modo de vida que ha sembrado las ciudades y los oficios más lustrosos de ‘desertores del arado’. En sus peores momentos, les pagaban la leche a 24 céntimos (mira en la cuenta del híper para ver qué te ha costado el brick), «así no se puede subsistir, porque necesitas 35 céntimos para cubrir gastos», explica Eder Santisteban, el presidente de la cooperativa. Ahora están pagando 39, lo que concede cierto beneficio.

Lanza o iceberg

Eder tiene 34 años, Ekaitz Setién, 31. Podríamos pensar que son la punta de lanza de una nueva generación de ganaderos que va a salvar el valle de Karrantza de su definitivo abandono, pero la verdad es que son la punta del iceberg. «La mayoría de los socios tiene más de 50 años», explica. Entre todos producen un millón de litros de leche al mes, aunque el tamaño de las explotaciones varía mucho: Eder tiene 140 vacas lecheras, Ekaitz, unas 70, pero la mayoría dispone de medio centenar de cabezas y hay incluso fincas con una veintena de reses. Y cuando se les pregunta por el futuro, no tienen respuesta, pues muchos de los descendientes de esos ganaderos de más edad ni siquiera viven en el valle que, no olvidemos, es la última reserva de la leche en Bizkaia: fuera de aquí, apenas quedan explotaciones.

¿Recuerdas el tiempo de las lecheras? ¿Cuando las mujeres del caserío recorrían los pueblos vendiendo la leche de sus caseríos y había que hervirla? ¿Te acuerdas de las natas de tu infancia? Ahora ni siquiera nos gusta eso, e incluso el sabor de esa leche nos parece muy fuerte; nos hemos acostumbrado a esos líquidos blancos en brick al que han quitado la grasa. Pues bien, para que nos hagamos una idea de a dónde hemos ido de la mano del progreso, ese proceso que arranca en las explotaciones de Karrantza tiene una parada imprescindible en Soria (a 260 kilómetros), donde se lleva el género para someterlo al proceso de UHT (hervir, enfriar de golpe, quitas las grasas).

Allí se llenan los bricks y se elabora el queso fresco, la mantequilla y la cuajada que llegan bajo su marca. Y en el futuro, quizá, yogures. Es en Soria donde Bizkaia Esnea culmina el proceso porque montar una planta de tratamiento y envasado «es caro, unos cinco millones de euros», calcula Eder Santisteban. Y eso, cuando el grueso de tus socios vuela hacia la jubilación, parece más que arriesgado.

«Un negocio como otro cualquiera»

Mientras pasa el tiempo, el camión cisterna de Bizkaia Esnea recorre a diario el valle para recoger cada día el fruto del ordeño hasta completar el lote de 25.000 litros que irán camino Soria. Las modernas técnicas de extracción de la leche han facilitado una barbaridad la tarea de las granjas, aunque este sigue siendo, de alguna forma, el mismo trabajo esclavo de siempre. «Es un negocio como otro cualquiera en el que el trabajador es autónomo: 24 horas al día, 365 días al año. Pero ahora puedes coger días libres, incluso vacaciones, porque contratas gente o te arreglas con tus familiares o porque Lorra, la cooperativa de servicios ganaderos, pone a disposición de los baserritarras ‘sustitutos’ para esos tiempos de descanso.

Es el signo de los tiempos y algunas cosas cambian, como que la trazabilidad (esa palabra mágica que significa quién ha hecho qué y por dónde anda lo que ha hecho) permite seguir el destino de la leche porque los depósitos de los caseríos tienen código de barras y la infomación se transmite a los organismos oficiales encargados de controlar la calidad del género.

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