Guía Michelin: La hoguera de las vanidades

Guía Michelin: La hoguera de las vanidades
Benjamín Lana
BENJAMÍN LANA

Los próceres de la Michelin habían anunciado una lluvia de estrellas, premios gordos de tres y pedreas de una, como en la lotería, pero nunca se sabe. Toda la tribu salvo Albert Adrià está en Tenerife. La tarde del miércoles se vive literalmente en el disimulo. Los que saben que les espera la gloria y no lo pueden contar responden con evasivas a los compañeros que les alientan o les hacen guiños cómplices. Los decepcionados que a estas alturas del día también conocen que no se dirá su nombre en la gala tratan de sobreponerse un año más y de no parecer derrotados, algunos con toda la entereza y dignidad del mundo, como los del Santceloni madrileño, aspirantes ya clásicos. Los nuevos, los invitados por primera vez, paladean cada minuto de esas horas mágicas previas a sentir el peso de una estrella en su chaquetilla. Una joven pareja cántabra ha llevado a su bebé. Luego están los purpurados que componen el senado de los triestrellados, los que nada tienen que temer, los que nada esperan y se dedican a arropar a los que gozan y a los que sufren.

Faltan solo tres horas. Junto a la piscina, en la terraza de la suite imperial del Hotel Abama, con vistas de ensueño, está sentado Jordi Cruz como un joven Lancelot, velando armas, sabiéndose uno de los protagonistas de la noche, escoltado por los caballeros Joan Roca y Quique Dacosta, recibiendo la bienvenida a ese privilegiado cuerpo de triestrellados al que solo pertenecen once, la crema de la crema. A veinte minutos al volante, en la terraza del restaurante El Templete de la localidad de El Médano, dentro de un centro comercial, se vive otra escena similar pero sin las sofisticaciones de la primera. Ángel León, a la postre el gran vencedor de la noche, arropado por Eneko Atxa, y Francis Paniego, se abraza con la anchura de un oso blanco a todos aquellos que ya intuyen lo que va a ocurrir y comparten su alegría en la intimidad junto con unas cervezas, raciones de papas con mojo y unos increíbles chicharrones de morena.

A la vista de todos

Las vanidades no son ignífugas. Todas son sensibles a las llamas. Unas se queman como el papel biblia y otras, en cambio, se inflaman y se hinchan. La gala de la Michelin se está convirtiendo en solo un lustro en un encuentro especial para la élite de la profesión, en una cita en la que todos saben que habrá triunfadores y heridos a la vista de todos, sin intimidad, en una auténtica hoguera de las vanidades, aunque solo sea por un día.

Diecisiete nuevos restaurantes con una estrella en España y dos en Portugal entran en la guía. Cinco nuevos con dos y, lo que es más inusual, dos nuevos con tres: Aponiente de Ángel León y ABAC de Jordi Cruz. Michelin cumple con su anuncio de año con buena cosecha. Su directora comercial, Mayte Carreño, subraya que han dado cien nuevos macarrones en cinco años. ¿Ha dejado la guía roja de ser cicatera con España? ¿Vivimos un nuevo ciclo?

En el final de la carrera del redactor jefe de la guía, Benito Lamas, en el puesto desde 2004, llega la reclamada generosidad, aunque no estén todos los que son ni probablemente son todos los que están. La polémica está servida. Duelen más los que no están. Atendiendo al criterio de la Michelin, la cocina española de la post-revolución no está decayendo en calidad. Hay más tres estrellas que nunca –aunque suena premonitorio que el director mundial de la guía, Michael Ellis, repita con mucho énfasis que los galardones no se ganan para toda la vida–, muchas novedades en los restaurantes de una, proyectos pequeños que arrancan con mucha fuerza como La Bicicleta, (Hoznayo, Cantabria) o Bardal (Málaga).

Momento entrañable

También están las segundas marcas de los últimos triestrellados convertidos ayer en tetraestrellados: Eneko, del cocinero de Larrabetzu, y Alevante, de Ángel León en Chiclana de la Frontera, de quien partió uno de los momentos entrañables de la noche al quitarse la chaquetilla con la primera estrella para ponérsela a Juan Domingo, el responsable habitual de la cocina chiclanera. Martín Berasategui oficia de padre del novio en una cena con noche mágica al aire libre y menú a la altura elaborado por Kabuki, Kazan, Martín Berasategui, MB y el rincón de Juan Carlos. Mayte Carreño, de madre de la novia.

Corre el champagne y la cerveza, según los barrios, como los armanis y los jeans. La fauna es diversa. Más tarde llegará el turno de los primeros destilados antes de que todo desemboque en la disco del hotel donde los triunfadores y los purpurados bailarán desatados al ritmo de la música. Suena 'Viva la vida' de Coldplay y saltan de alegría. Ya nadie disimula. Los otros duermen hace rato.

PD. Las cosas están cambiando. El primer estrella Michelin de Logroño es un japonés para 12 comensales lleno de espiritualidad. En San Sebastián, en menos de un año, un chef argentino de nombre Pablo Airaudo consigue una estrella con producto de temporada, armonías simples y vinos biodinámicos.

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