Jantour

Jantour

Gracias, turrón

Gracias, turrón
SR. GARCÍA
Benjamín Lana
BENJAMÍN LANA

La Navidad se asoma al tobogán del gélido enero en cuanto huele más a pólvora que a guiso, a Nochevieja más que a Nochebuena. El último día del año es duro para nosotros los gastrónomos confesos del mundo porque el péndulo se pone siempre del lado del confeti, la purpurina y las burbujas. La mayoría dedica más tiempo a la fiesta, al brillo del atuendo o al color de la muda que a lo que se oficiará en la mesa, a menudo puro trámite para enlazar la noche con el momento de las uvas y la fiesta o, su alternativa, el especial de la tele.

En la noche de Afrodita, Eros y Dionisio poco trabajo tiene la diosa Hestia, que es la de la cocina, la del fuego que da calor y vida a los hogares. Lejos de las tradiciones de la Nochebuena y la Navidad, del cardo, de los capones, de los corderos asados y el besugo al horno o alguno de sus primos y hasta del villancico, llega un tiempo imaginario de smoking con pajarita y coctel en Montecarlo, con sus recetas chic y aparentemente sofisticadas, casi siempre trasnochadas, con colas de crustáceos, vieiras u ostras, ensalada de pato y el impertérrito foie, ‘mi cuit’ en las familias pudientes y bloc en las demás. Francia no es ni color de lo que fue en el mundo de la manduca, pero cuando llega la fiesta o el amor sus recuerdos se vuelven imbatibles y nos afrancesamos como si nuestra noche se fuera a parecer a las del inicio de las cintas de 007.

Gracias a Dios, los turrones y todos sus colegas de la cofradía de la almendra y la miel hacen de hilo conductor para que no olvidemos que estamos en las mismas fiestas, aunque manden el confeti y la copa de flauta. Son pilares garantes del tiempo navideño. La mayoría vienen de Alicante como los Reyes Magos, que es donde hay palmeras, viven su ‘trending topic’ anual, su floración invernal antes de caer decrépitos en el olvido hasta el año próximo y hacen más por la Navidad patria que los abetos y los señores de barba blanca.

Fracasos maravillosos

No todos los fracasos son negativos. Hay algunos maravillosos y no me refiero solo al del Tercer Reich, sino al de los turrones ‘light’, bajos en calorías o como se quieran llamar en esta campaña, que no han conseguido penetrar en las guaridas familiares. Si las Navidades fueran en verano como en Chile y hubiera que celebrarlas en bikini otro gallo cantaría. Pero ya que las festejamos aquí, con todo a cubierto, que sea con todas las de la ley, con sus ingredientes analógicos y verdaderos. Un día es un día.

Va por barrios y regiones, pero resistimos bien apegados a los clásicos pero también al de yema, a los mantecados, al alfajor, al mazapán, al polvorón y al soconusco, ese turrón de chocolate tan de Bilbao que tiene su origen en la homónima región mexicana del estado de Chiapas y que llegara a la capital bilbaína en el siglo XVII, con sus pralinés, trufa y chocolate.

Pasado mañana es la única noche en la que la felicidad se decreta y se vive por obligación, la más difícil del año para los tristes y dolientes. Es un momento de suspensión colectiva del sentido de la realidad, de transmutación temporal en tipos como Jep Gambardella en ‘La gran belleza’, sin pensar en que el hechizo se romperá por la mañana, tiempo del ibuprofeno y de la edición y borrado selectivo de los recuerdos vividos en la noche. Si no fuera porque hay turrones no sabríamos ni de qué fiesta salimos.

Y gracias a las tabletas de Jijona y a las cajas de la Estepa la Navidad seguirá su curso sin apenas peligros, aunque alguno acecha porque ya se sabe que el demonio no descansa y menos en estas fechas: la manía que ha entrado por ‘desestacionalizar’ -como dicen los confiteros- el consumo del roscón de Reyes, ahora que se lleva la cocina de temporada. Si algún día triunfa esa idea de comerlo en agosto estaremos acercándonos al precipicio. Vale que aceptásemos los rellenos de nata y crema para que aquellos a los que no les gustan lo puedan disfrutar, pero de ahí a perder el apellido va un trecho, en esto y en la vida. Se empieza perdiendo el apellido y se termina no sabiendo quién es uno.

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