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Nutrición: comer placenta perjudica la salud

Nutrición: comer placenta perjudica la salud

Un estudio demuestra que la ‘moda’ de comerse la bolsa que contiene el bebé durante el embarazo no aporta beneficios para la salud; y los CDC de Atlanta van más allá y alertan de que esta práctica puede perjudicar al crío y a la madre

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

De todas las modas gastronómicas, la de comerse la placenta propia es seguramente la más caníbal y también la más tonta. Quizás hablar de moda parezca una exageración, pero no lo crea. No parece algo puntual un hecho sobre el que ya se han realizado varias investigaciones, los científicos de los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades CDC de Atlanta -que son algo así como el servicio público de salud de Estados Unidos- se pronuncian sobre los posibles peligros de esta práctica y, lo que más llama la atención, hay empresas en Reino Unido dedicadas a la manipulación y tratamiento del tejido placentario. ¿Cómo funcionan? Muy fácil.

Cuando una va a dar a luz, simplemente llama a una de esas compañías, que acude a la sala de partos y se ocupa de recoger los restos del alumbramiento. Con ellos, preparan batidos y pastillas que, supuestamente, aportan grandes beneficios para la salud, tanto de la madre como del bebé. Dicen que la placenta es un producto muy rico en vitamina K y que, por tanto, previene las hemorragias tras el parto. Además, en ella está presente una hormona llamada lactógeno placentario humano (HPL) que estimula la lactancia. Como tercera ‘gran ventaja’, se dice que la ingesta de este material de deshecho previene contra la depresión postparto. Ojo, porque en España ha habido médicos que han corroborado todo esto y multitud de páginas en internet dedicadas a explicar las bondades de los mil y un ‘potajes’ de placenta.

No es para tanto, sino más bien al contrario. La ciencia dice que es todo trola; y que -según se deduce de los últimos informes conocidos sobre la cuestión- tenía razón el Consejo General de Enfermería de España, cuando hace dos años presentó el llamado ‘Informe Doulas’ en el que alertaba de que estas mujeres «que se presentan como expertas y consejeras en el embarazo y el parto», estaban recomendando a las parturientas «comer su propia placenta cocida, triturada o encapsulada». Aquel documento apuntaba lo que ahora dicen tanto los CDC como la FDA, que es la agencia para la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos. No hay evidencia científica de que esta ingesta provoque beneficio alguno para la salud. De lo que sí hay es del riesgo de transmisión de infecciones de la madre al bebé a través de la lactancia materna.

Las ratas sí, los humanos no

La corriente ésta de jamarse la placenta comenzó a ponerse de moda cuando Kim Kardashian, más famosa como personaje público que como empresaria, reconoció que ella lo había hecho y que había aumentado su nivel de energía. La actriz Alicia Silverstone y la modelo de ‘Playboy’ Holly Madison también han cantado sus alabanzas a esta práctica que es muy común entre la mayoría de los mamíferos. Lo dice el neurocientífico de Las Vegas Mark Kristal, que ha desarrollado un estudio que demuestra que la placentofagia no produce beneficio alguno en la especie humana. En las ratas, según explica, estimula a las madres a cuidar de sus cachorros y alivia el dolor del parto, pero en los humanos no hay evidencia de que se produzcan ni éstas ni ventajas similares.

Nada de nada, a pesar de que el artículo en la revista ‘Science’ en el que se da cuenta de esta investigación señala que existen en el mercado internacional «libros de cocina que ofrecen pautas para el almacenamiento y preparación de batidos y comidas a base de placenta». Si hace caso al mensaje lanzado por los CDC de Atlanta hace escasas semanas en su histórica revista ‘Morbilidad y Mortalidad’, se le acabarán de quitar las ganas. El equipo norteamericano reportó el caso de una mujer de Oregón que había consumido pastillas fabricadas a partir de su placenta y que infectó con ellas a su bebé.

El crío nació saludable, sin complicación alguna, en septiembre de 2016. Poco después comenzó a experimentar problemas respiratorios. Según reveló un análisis realizado en el hospital donde le atendieron, el niño sufría una infección en la sangre causada por un estreptococo potencialmente mortal. Curaron a la criatura con antibióticos, pero unos días después, el bebé volvió a ingresar en urgencias otra vez con la misma infección. Entonces, se descubrió de dónde procedía el mal.

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