Gastroturismo

Zaragoza, borraja, ternasco y garnacha por un Tubo

Animación a las puertas del siempre concurrido Bodegas Almau, en la zona de bares de El Tubo./FABIÁN SIMÓN
Animación a las puertas del siempre concurrido Bodegas Almau, en la zona de bares de El Tubo. / FABIÁN SIMÓN

24 horas zampando a dos carrillos en la capital aragonesa, que se sacude el polvo sin perder sus raíces con garitos que le dan nuevos bríos

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Que si los milicos. Que si lo del milagro mariano de la bomba intacta del Pilar. Que si aquello tan escalifragilístico de la Expo del Agua -la verdad es que se quedó en algo un poco chof-. Que si el cabaré ibérico y kitsch de El Plata, con todas esas chicas de carnes prietas en tetas y todos esos efebos, embadurnados en aceite, enseñando el pito. Que sí. Hablemos claro: El vasco medio tiende a percibir a la muy noble, muy leal, muy heroica, siempre heroica, muy benéfica e inmortal Zaragoza como cubierta de una finísima capa de polvo y un sutilísimo olor a rancio y naftalina. Sirva esta escapada entre mesas y barras, a bocados de ternasco y a sorbitos de garnacha, para convencerle de que la ciudad curtida por el Cierzo es todo eso y todo lo contrario. Todo a la vez.

Vaya, vaya, visite La Seo y tenga una experiencia religiosa -a poco sensible que sea, saldrá con un Stendhal de manual-, pase después por la basílica a respetarle sus respetos a la Virgen del Pilar, suba a la torre y compre una medida (una cinta bendecida). Déjese caer por la hermosa Aljafería, siéntase un poco emperador en el museo del Foro romano (recuerde que Cesaraugusta se fundó 13 años y 364 días antes de que Cristo viniera al mundo). Pase por el Museo Provincial para disfrutar de una de las mejores colecciones dedicadas a Goya. Haga todo eso, disfrute de la ciudad a sus anchas, que, mientras, un servidor les aguarda en algún garito con un buen tinto de Cariñena -pero uno de verdad: nada que ver con ese brebaje sacrílego y dulzorrón de las barracas- acompañado de una salmuera carnosita. ¿Ha terminado ya de hacer de turista? Estupendo, porque aquí hemos venido a comer a dos carrillos.

Desayunaremos fuerte, almorzaremos recio y no perdonaremos la hora del vermú. Visitaremos el muy castizo Casa Paricio (Coso, 188), donde no se ha dejado nunca de servir directo del grifo, casero y con sifón y donde rulan que da gusto unas adictivas bolitas de bacalao. A tiro de piedra, trataremos de hacernos un hueco en la barra de zinc de El Circo (Jerónimo Blancas, 4) para pedir, a grito pelado, una ración de su contundente ensaladilla y quizás un pincho (sí, con ‘ch’) de tortilla que, a pesar de no ser -ni de lejos- la mejor del mundo mundial, para muchos maños tiene un poquito de magdalena proustiana. De paso, cogeremos resuello en el local de al lado, en Los Portadores de Sueño, sin duda la mejor librería de la ciudad. Después atacaremos a un ‘guardiacivil’, sin riesgo alguno de ser acusados de agresión a la Benemérita. Es éste un bocadillito de arenque (por allí, sardina rancia), tomate, pimiento y pepinillo. Ahora mismo, el bocado está en pleno ‘hype’ tras años condenado al ostracismo y se despacha en cualquier bareto, pero el canónico se toma -sostienen los puristas- en el Lince (Plaza Santa Marta s/n).

Restaurantes

Quema
Quizás sea uno de los locales más de (merecidísima) moda en la capital del Cierzo. Manuel Barranco (aka Chef Manolito) oficia en sus fogones altísima cocina a precio imbatible con un servicio de sala im-po-lu-to... hasta el menú de diario. Y no nos estamos viniendo arriba. De su propuesta, destaca el pescado a la brasa con jugo de melón y cebolla de Fuentes (prodigiosa ella, que no pica) y esa lengua de ternera del Pirineo con puré de garbanzos y mole que está para darle lametazos. Dónde Museo Pablo Serrano (paseo María Agustín, 20). Teléfono 976439214. Web restaurantequema.com.
Las Armas
Moderneo sin imposturas en el rehabilitado barrio de El Gancho. Es uno de los locales más efervescentes de la ciudad, donde de cuando en cuando, organizan el evento ‘My’, un planazo de cine, cena, concierto y farra dedicado a un icono pop. El de mañana (corra, que llega) está dedicado a Tarantino y propone la proyección de las dos de Kill Bill, seguido de una cena con (al loro) un tataki de atún rojo con frutos rojos, una sopita de miso rojo y una sopita de lichis y rosas. Con bien de sangre. Dónde Plaza Mariano de Cavia, 2. Teléfono 976978195. Web www.alasarmas.org.
La Prensa
El único Estrella Michelin de Zaragoza es un antiguo despacho de vinos, muy de barrio él, reconvertido en restorán de campanillas. Marisa Barberán, que lleva dándole a los fogones desde hace más de 30 años, catapultó al garito con propuestas como sus celebérrimos garbanzos con bacalao. ¿Rudos? En absoluto. En su carta se pueden encontrar bocados como el kebab de ternasco, del que también sirven un estupendo jarretito con menta. Dónde José Nebra, 2. Teléfono 976381637. Web www.restaurantelaprensa.com.
Casa Lac
Ver-du-ra. Sin complejos, ni disfraces, ni purpurinas. El templo verdulero de Zaragoza, en pleno Tubo, es una de las mejores opciones para ir de tapeo (tienen tríos que no llegan a los diez euros) con propuestas como el canelón de longaniza, la penca de acelga rellena y esa careta de cerdo que está como para ponerle un piso. De su carta, no se debe perder las cebolletas confitadas, los puerritos y -siempre- las láminas de patata en aceite de codillo de jamón con borrajas. Saldrá verde. Dónde Mártires, 12. Teléfono 976396196. Web www.restaurantecasalac.es.

Apurando la hora de cierre, de un salto, nos pasaremos por el modernista Mercado Central. Conviene visitarlo ahora, en un día de labor, tan destartalado él, con sus olores (a ratos hedores) y su griterío, antes de que lo perviertan con una reforma que parece inminente y que amenaza con colgarle el prefijo de ‘gastro’. Allí, las verduleras más verduleras despachan a destajo ejemplares espinosos y nada espigados de la modesta y gloriosa borraja, esa verdura que hierve casi a diario en las perolas de las casas aragonesas y que se saca a la mesa apañada con un chorretón generoso de aceite (del Bajo Aragón, faltaría más) en crudo. Pero como esto va de comer en plan un poco finolis, lo suyo es proponerle que se acerque al Palomeque (Agustín Palomeque, 11) donde la ponen con almejas, la mar de ricas, en una receta de esas de día de guardar. También la sirven rebién en Casa Lac, apócrifo templo de la verdura en la capital aragonesa. Quizás uno de sus platos más sugerentes dedicado a la borraja sea el arroz meloso (y verdoso) con atadillo de la idem.

Modernos y madejas

Hasta no hace tanto, había que tener arrestos para adentrarse por El Gancho, también conocido como San Pablo o el barrio chino de Zaragoza, allá donde las putas, los camellos y los yonquis babeantes. Pero en los últimos años la zona ha mudado de piel, con iniciativas como el centro Las Armas, que huye de las poses y las imposturas gentrificadas a la vez que representa esa Zaragoza efervescente a la que muchos expatriados anhelan regresar. Como uno de esos juegos de matrioskas, el complejo alberga una escuela de rock, una sala de conciertos por donde pasa lo más granado del moderneo patrio y uno de los restaurantes más interesantes de la nueva hornada de garitos modernillos que están abriendo en la ciudad. En su carta, unos tacos de ternasco pibil -que más que fusión, son pura fisión- y un tartar de ternera con mayonesa de tuétano pinturerísimo.

Haremos la digestión para zambullirnos en El Tubo, la zona de tapeo por excelencia de Zaragoza. Nos pasaremos por el Méli (Libertad, 12) tan bonito, tan cuco él, pero también por el carpetovetónico Texas (esq. Libertad), en el que (si no tiene demasiados remilgos), se dejará aconsejar y pedirá unas madejitas de ternasco churruscaditas. No nos marcharemos sin acodarnos largo rato en la barra de Bodegas Almau (Estébanes, 10) y pediremos una copa de buena garnacha -¿qué le parece un Tres Picos?- con uno de esos salazones con queso y chocolate, primero, y una explosión de vinagre, después. Entonces comprenderá por qué conviene (más bien urge) cambiarle el sentido al adjetivo avinagrado: aquello es pura y ácida felicidad.

A la hora de la cena, el muy exigente disfrutará en La Prensa, de momento único restorán con estrella Michelin de la ciudad. O quizás en el más accesible (pero no menos glamuroso) Novodabo (plaza Aragón, 12). Pero lo suyo es hacer caso a este consejo de amigo y pasar por el Museo de Arte Contemporáneo Pablo Serrano y despedirse de la ciudad en el Quema, un garito de nivelón que reinterpreta los clásicos del terruño. ¿Quién se acuerda ahora de los milicos?

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