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José Antonio Hormaetxe: «Nuestro txoko es parte de la ermita de San Antón»

José Antonio Hormaetxe: «Nuestro txoko es parte de la ermita de San Antón»
MAITE BARTOLOMÉ
Txoko San Antón

ANE ONTOSO

Hay que rozar el polígono Belako, en Mungia, para llegar hasta los barrios de Atela e Iturribaltzaga. Allí mismo, en un sutil promontorio, se halla la ermita de San Antón. A simple vista el visitante no le da mayor importancia, salvo para admirar su belleza. Hay un detalle, sin embargo, que invita a la curiosidad: su modernidad. No será hasta salvar un desnivel cuando se disipará la incógnita. El txoko con el que comparte nombre además de muros, se encuentra debajo, literalmente, del templo.

En él nos reciben Aitor Ayarza, el presidente; José Luis Román, el tesorero; y José Antonio Hormaetxe, vocal y alma mater del txoko. Lo dicen sus compañeros: «Es el fundador, el aita de todo esto». Cuál es la sorpresa cuando ese ‘todo’ no solo abarca la sociedad gastronómica, sino también la ermita. De hecho, nada de lo que viste la estancia, ni las mesas, ni los fogones, ni las cazuelas, estarían allí si no fuera por la edificación que lo envuelve. «A raíz de empezar con la ermita surgió el txoko, que se destinó como salón de reuniones y un local en el que poder continuar organizando actividades».

Lo rememora Hormaetxe, que lleva casi medio siglo comprometido con su barrio. Menciona las fiestas de San Antontxu, que antes se celebraban en aquellas tres campas que en hilera tapizaban el lugar, cuando había estradas en lugar de carreteras y con la lluvia se convertían en auténticos «barrizales», como le contaban su padre y su abuelo. Resulta que hace «un montón de años» hubo en el barrio una ermita que se cayó; estaba adosada a un caserío en ruinas. La guerra quemó las escrituras y pasaron al inquilino anexo.

«Fue una época en la que no hubo ermita. José Ignacio Ibáñez, entonces concejal del Ayuntamiento y luego alcalde, luchó allá por 1993 hasta que consiguieron comprar la propiedad», cuenta. La construcción, sin embargo, era inasumible por aquel entonces. Hasta que años después Hormaetxe encontró la ocasión de conseguir buena piedra, en Loiu, cerca del aeropuerto. Y gratuita. «Nos la cedió Ixidor Etxebarria, que había tenido la idea de venderla a buen precio -agradece-. Pero una culebra apareció entre ellas y su mujer, Miren Edurne Orozko, le dijo que todo aquello ‘fuera de ahí’, porque podría haber más. El aviso me lo dio Juan Legarreta, que andaba con excavadoras».

Cursillos de cocina

Treinta viajes después, se trasladaron los cantos. Corría el año 1996 y no fue hasta 2001 que se puso la primera piedra. Una foto lo atestigua hoy en el txoko San Antón que se inauguró en 2003, cuando se terminó de construir la ermita, un acontecimiento que anhelaban todos los parroquianos, unidos en la Asociación de Vecinos Eneperi, impulsada por Hormaetxe. «En el txoko empezamos 33 socios y Aitor ha sido el último que se apuntó. Subió al número 36», cuenta Román.

-¿Cómo suelen vestir el mantel?

-Un socio tiene unas huertas bastante grandes en Lezama y aporta pimiento, tomate... Hay otro que trae setas. Y nos gusta cocinar bacalao, chuletas troceadas, cordero...

-Aunque no solo cocinan.

-Aquí se dieron cursillos de un Centro de Iniciación Profesional de Mungia durante cuatro años todos los días. Y hacemos cursos de hacer panes, de setas con la sociedad micológica para distinguirlas y cocinarlas... y el 17 de enero -«el día de San Antontxu, que se pasó al 18»- se prepara un lunch para quienes vienen a misa, para que haya una tertulia entre la gente del barrio.

En el pequeño promontorio aparece la ermita de San Antón, en la que una placa anclada en la piedra agradece a Ixidor y su mujer Miren Edurne. Del antiguo templo solo queda una ventana (siglo VII-VIII), que incluso «la quisieron llevar al Museo de Bellas Artes». La reliquia mira hacia la terraza, que taconea sobre los fogones del txoko que bulle debajo.

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