El Correo

El valor de un cero a la izquierda

Ainhoa y Aitziber, en un risueño posado.
Ainhoa y Aitziber, en un risueño posado. / IÑAKI ANDRÉS
  • Ainhoa Álava y Aitziber Sáez comercializan a diario desde Orduña 400 docenas de huevos ecológicos

El sol calienta las praderas de Lendoño de Arriba, barrio de Orduña que descansa bajo los farallones de Sierra Salvada, la pared casi vertical que marca el límite entre el País Vasco y Burgos. Como una proa, las cimas de Txolope y Bedarbide empujan hacia el norte mientras el Gorbea exhibe, al fondo, las últimas manchas de nieve. Las gallinas de Ainhoa Álava (oilobide.com) tienen abiertas las puertas del pabellón en el que descansan y ponen sus huevos; fuera hay un tentador prado de hierba fresca pero parecen remisas. Son aves jóvenes y parecen temerosas de salir. Aunque no lo sepan, no les faltan motivos: fuera hay zorros, jinetas, milanos...

Ainhoa y Aitziber Sáez producen huevos ecológicos en sendos pabellones rodeados de prados y colinas boscosas, unas 400 docenas al día que consiguen colocar en tiendas de delicatessen y productos ecológicos, mientras se abren camino en la hostelería. «Nos da para vivir, el mercado funciona y va a más», afirma Ainhoa. Admite que no era buena estudiante y que trabajó en la carnicería de su hermano en Vitoria hasta que hace cinco años se arriesgó a poner en marcha el negocio. «No tenía ni idea, ni siquiera miré cómo estaba el mercado», afirma.

Esta particular industria requiere tener en cuenta que las ponedoras tienen una 'vida útil' de un año. Luego se venden para carne y la actividad se detiene durante un mes para desinfectar el pabellón antes de introducir nuevos ejemplares.

Son de la raza Lohmann Brown (más de 5.000 entre ambas) y se alimentan de piensos ecológicos y pasto, todo ello certificado por las mismas instituciones que le ayudaron a poner en marcha la granja. La sustitución de toda su 'plantilla', la necesidad de detener durante un mes la producción, la animó a sumar fuerzas con Aitziber, de modo que el mes que una carece de huevos para vender, los compensa con los de la otra.

De cero a tres

Son mujeres decididas, tienen que serlo cuando el invierno se ceba con las estribaciones de Sierra Salvada e incluso es complicado desplazarse hasta la granja, algo que deben hacer al menos una vez al día. No tienen comerciales ni un sistema de distribución, sino que ellas mismas llevan las bonitas cajas de Oilobide a sus clientes. Y son ingeniosas, como prueba el cartel que un día colocaron en una feria con el lema 'El orgullo de ser un cero a la izquierda'. El cero a la izquierda, el primero de un número más largo, indica que los huevos son ecológicos; el 1 designa a los camperos, con animales que reciben otra alimentación, en tanto que el 2 se refiere a las gallinas 'de suelo', que no salen de la nave. El 3, en vías de extinción, alude al viejo sistema de las jaulas.

Ainhoa y Aitziber, queda dicho, lo hacen todo por su cuenta y reconocen que su tarea no conlleva «un trabajo físico fuerte». Y siguen pensando. Ahora planean elaborar caldos ecológicos con la carne de las gallinas retiradas. «La carne no tiene salida, prácticamente regalamos las gallinas para que se las lleven al matadero», asegura Ainhoa. Su objetivo es quedarse con la carne, o parte de ella, y cocinarla con verduras para elaborar caldo.

El pabellón donde descansan las gallinas, de unos 600 metros cuadrados, se compone de filas de barras donde duermen las aves y en medio queda el espacio donde ponen los huevos. El profano pregunta cómo saben estas aves con fama de ser tan poco listas dónde deben poner y las socias señalan unas redes que ‘atrapan’ a las gallinas para que hagan su trabajo donde corresponde.

Las gallinas, que esa parte de su trabajo lo dominan bien, siguen renuentes a salir al prado. Ainhoa y Aitziber cuentan con la colaboración de sendos perros para ahuyentar a las alimañas. «Es la única manera», recalca Aitziber, que no hace tanto descubrió que el zorro le había matado de una tacada medio centenar de gallinas. Los más viejos del lugar dicen que el zorro acude con sus crías para adiestrarlas. Después de cada ataque se suceden el caos y el estrés, lo que es, obviamente, malo para la producción.

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