Viaje a las cenizas del Califato

El periodista Mikel Ayestaran, corresponsal de este periódico en Oriente Próximo, camina por una céntrica calle de la ciudad de Alepo, destruida tras una de las últimas batallas entre las fuerzas sirias y el Estado Islámico./Fady Maruf
El periodista Mikel Ayestaran, corresponsal de este periódico en Oriente Próximo, camina por una céntrica calle de la ciudad de Alepo, destruida tras una de las últimas batallas entre las fuerzas sirias y el Estado Islámico. / Fady Maruf

Cuando acaban las batallas, los focos se apagan y ya no hay periodistas para contar lo que queda: muerte y destrucción. Mikel Ayestaran recorre las ciudades de Siria e Irak que el Estado Islámico ha dejado en ruinas y lo cuenta en un nuevo libro de reporterismo de guerra

MIKEL AYESTARAN

Estamos frente a la puerta de una vivienda a las afueras de Deir Hafer, población al norte de Siria que hasta marzo de 2017 estuvo bajo el control del grupo yihadista Estado Islámico (EI). Aquí vive Farida al Ahmad. Es un lugar humilde, como todos los que se ven en esta zona rural. Llamamos y, después de esperar durante un rato, nos abre un niño con una jarra de agua en la mano. Inmediatamente, aparece una mujer cubierta de negro. Llora. No puede ni saludar. Llora. El niño sirve agua en un vaso y nos lo ofrece. Explicamos a la señora que soy un periodista que llega desde muy lejos para hablar con ella de su hijo Osama… Pronunciar este nombre es suficiente para que la mujer aparte la mano con la que se cubría la cara. Sin secarse las lágrimas, exclama con fuerza: «¡Nos declaramos inocentes de sus actos! ¡Es un castigo de Dios!».

Después de tres años de mandato, con una bandera y unas fronteras marcadas, el califato establecido por el EI entre Siria e Irak es historia tras su derrota militar. Yo estaba en Bagdad la mañana en la que un entonces desconocido grupo que se presentó al mundo como Estado Islámico de Irak y Levante tomó Mosul y Tikrit, y tres años después fui testigo directo de la caída de Mosul, la que fue su capital en Irak. Sobre el terreno no hay nada que celebrar. La herencia del califato son cientos de localidades y ciudades fantasma a las que los civiles no pueden regresar debido a la destrucción, la falta de servicios y, sobre todo, al miedo y la inseguridad. Durante todo este tiempo, desde el verano de 2014, he esperado las derrotas del EI para poder viajar a las zonas liberadas en Siria e Irak y cobertura a cobertura he preparado un libro que es un viaje por las ruinas del califato de la mano de aquellos que han sobrevivido al califa, a la guerra y que ahora luchan por recuperar unas vidas robadas por la violencia.

Este es un viaje de la muerte a la supervivencia en el que he tocado las puertas de casas como la de Farida al Ahmad en Deir Hafer. Me quedo sin palabras ante una madre que habla así de un hijo. Osama tenía 27 años y era profesor de inglés cuando se estableció el califato. Participó de forma voluntaria en los cursos de arrepentimiento que los yihadistas organizaban, y así comenzó su vinculación al grupo. «No empuñó ningún arma. Osama era predicador y se sumó a ellos porque le lavaron el cerebro; no fue por dinero. Después de hacer uno de esos cursos en Al Bab, regresó al pueblo y era una persona distinta al Osama que conocíamos antes. Rompió con todo, hasta con su familia», relata Farida, más tranquila que al comienzo de la conversación, pero con una especie de furia interna que duele escuchar.

Las cenizas del califato

Autor:
Mikel Ayestaran.
Editorial:
Península. 239 páginas.
Precio:
17,90 euros.

La guerra no se apaga

Los protagonistas son todas las personas con nombre y apellido, como Farida y su hijo Osama, que me he encontrado y que, con sus testimonios, dibujan el escenario después de la batalla. 'Las cenizas del califato' está repleto de lugares, grupos y algunos nombres que nos han acompañado a diario en las noticias desde 2014 y que, una vez proclamada la victoria final, han desaparecido para no volver nunca a nuestras vidas. Esa es la tiranía de la actualidad. Los focos se apagan, pero eso no significa que la guerra se apague.

He terminado este viaje con más preguntas que respuestas respecto a un grupo eternamente rodeado por alguna teoría de la conspiración, siempre presentes en Oriente Medio. Pero, por encima de todas las teorías y explicaciones de grandes analistas o servicios de inteligencia, me quedo con las palabras, las miradas y los silencios de todos los sirios e iraquíes que me han dedicado parte de su tiempo.

El final del califato ha sido una orgía militar con ofensivas por tierra y aire a gran escala, en las que todos los que han participado han superado cualquier línea roja imaginable en nombre de la «guerra contra el terrorismo». La misma guerra que lanzó George Bush tras el 11-S y cuya última consecuencia ha sido el EI. A la victoria militar sobre el califato no se le puede poner un punto final. Por más banderas negras del EI que borremos de las paredes, su mensaje sigue vivo; tanto que incluso puede llegar a resurgir de las cenizas y los cascotes que conforman ahora sus antiguos bastiones.

Desde marzo de 2017, cuando el ejército recuperó el control de Deir Hafer, Farida no sabe nada de Osama: «He perdido toda la esperanza. Es como si te arrancaran una parte de tu vida para siempre. Yo he perdido a un hijo por culpa del Dáesh (acrónimo en árabe del EI)».

Los vecinos miran desde las ventanas; algunos pequeños se han acercado para ver lo que pasa a las puertas de la casa de los Al Ahmad. Farida no tiene problemas con el vecindario porque «la culpa es de mi hijo, no mía. No hay deseo de venganza, ni tengo miedo de que me pase algo. Hay familias que sí estuvieron muy involucradas en el califato y salieron de aquí para no regresar, pero no es nuestro caso». El califato es historia, pero la guerra sigue.

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Siria, Irak

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