Mosul: un viaje al infierno yihadista

El 'freelance' Miguel Gutiérrez, que entró dos veces en Mosul en las divisiones iraquíes, relata cómo la ciudad se convirtió en un escenario del horror con mercados de esclavas, desapariciones y un odio étnico sin precedentes

Una refugiada aguarda ayuda en las afueras de Mosul.
Una refugiada aguarda ayuda en las afueras de Mosul. / REUTER
MIGUEL GUTIÉRREZ GARITANO

Las imágenes que me han acompañado tras mis dos estancias en Iraq son atroces; los negros cielos de Al Qayarah, envenenados por los incendios de sus campos petrolíferos; los otrora pueblos cristianos de Bartela y Qaraqosh -auténticas aldeas fantasma- destruidos y llenos de bombas trampa colocadas por el Estado Islámico (EI); las fosas comunes y los horrendos 'violaderos' de Sinjar, donde -por orden desu dirigente, Al Bagdadi- se fusilaba a los hombres y las mujeres mayores y se compraba y agredía sexual y masivamente a las adolescentes, todos ellos de la minoría yazidí; y al fin la ciudad de Mosul, un puro escombro donde decenas de miles de civiles atrapados sufrieron el fuego cruzado. Los mosulíes apoyaron en masa al Estado Islámico en los primeros días y lo han pagado muy caro. La estrategia de los yihadistas ha sido -sobre todo al final- disparar sobre los civiles para colapsar la logística y los medios del enemigo.

De todos estos horrores, hay uno que me empeciné por desentrañar; ¿Cómo pudo ser? ¿Cómo es posible que hombres y mujeres normales apoyen un horror como el Estado Islámico? La respuesta la busqué entre los refugiados que escapaban de Mosul; entre los que agitaban banderas blancas entre los escombros del barrio de Aden, o los que se hacinaban en campos de refugiados como Hassan Sham, o Kazher. Hombres mujeres y niños flacos y ateridos, deambulando y haciendo cola, entre hileras de lonas que les sirven de casa.

«Cuando llegaron decían que venían a liberarnos» -comenta un larguirucho y madurón embutido en un chándal- «Yo soy un transportista de Mosul, del barrio de Samaha Alto; y le aseguro que les apoyamos en un 98%, pero a día de hoy esa simpatía está al 3% y bajando». Para explicar esa desafección postrera el hombre, que se llama Ahmed Tarji Mahmood, critica el supuesto programa social del EI; «solamente los muy afectos tenían derecho a la educación» -se queja-. «Es cierto que con ellos el tráfico mejoró algo, pero lo demás era un desastre. Venían a tu casa y se llevaban lo que querían. Y cuando empezaron a tirar cohetes contra el ejército no les importó nada matar a civiles. Destruyeron mi casa el 3 de noviembre y tuvimos que huir».

Al poco de empezar la conversación se nos une Shihab, un parado de 48 años oriundo del barrio de Hay Samah.

-«Verás» - me explica- «antes de la llegada del EI, la policía del Gobierno, muchos de ellos chiitas nos pegaba; nos trataba muy mal. Pero con los yihadistas es peor, la gente desaparece».

«Antes vendían helados y hoy son esclavos»

Pronto un coro de hombres vienen a quejarse del EI. Protestan porque les prohibían jugar a los naipes, o porque les ponían multas por no dejarse la barba o no llevar recogidos los pantalones; también por el robo de electrodomésticos con la excusa de la guerra, o porque los imanes aseguran querer dinamitar la Kaaba de la Meca. ¿Qué ocurre con las niñas yazidíes y cristianas esclavizadas?¿O con las ejecuciones de homosexuales o infieles? recorro los campos y los barrios de Mosul con estas preguntas. La mayoría calla o asegura no haber sido testigo personalmente aunque corrobora estos horrores. «Es culpa de los combatientes extranjeros», es el soniquete habitual. Todos se exculpan. «Había chechenos, uigures, japoneses, marroquíes y hasta un oficial alemán muy rubio».

En una tienda comunal, al fin, un hombre mayor explota y riñe a los oyentes:

- «Por favor, todos lo sabíamos. La esclavitud era lo normal y se llevaba a cabo en la vía pública, sin disimulo ninguno. ¿Sabe?» -me dice-, «frente a los juzgados es donde ponían los carteles con las fotos de las esclavas y sus precios. Vendían a las cristianas y a las yazidíes por una cantidad que iba de 1.000 a 10.000 dólares. En mi barrio una familia vendía helados y hoy sabemos que son esclavos».

Arriba, un peshmerga camina junto a una pintada contra el Estado Islámico en la ciudad liberada. Abajo, soldados iraquíes y vecinos de Mosul celebran la victoria. / MiIGUEL GUTIÉRREZ/ REUTER

Hoy la propia sociedad sunita iraquí está dividida, las tribus que no apoyaron al Estado Islámico han pedido pena de muerte para los hombres de las clanes que lo hicieron y destierro para sus familias. Al mismo tiempo todos son odiados profundamente por gran cantidad de los chiitas. «Los odio, nos traicionaron, siempre lo hacen», me confesaba una mujer chiita en Erbil. Las minorías cristiana (asiria) y yazidí ya no confían en nadie. Y los kurdos solamente buscan solidificar su propio proyecto nacional. En Iraq ya no hay ciudadanos, solamente tribus, sectas y etnias que se odian entre sí.

Todo este horror nació el 29 de junio de 2014, cuando Abu Bakar Al Bagdadi proclamó el caifato en Mosul. Su historia es un prototipo de todos los dramas de ascensión y caída. Tras derrotar a un ejército iraquí veinte veces más poderoso, comenzó la ocupación de gran parte de Irak y de la vecina Siria. Llevó el terrorismo a unos límites que no se conocían hasta entonces y tuvo la osadía de desafiar a las principales potencias mundiales. Rusia, Estados Unidos, Europa -antes más preocupadas de salvar los muebles y prevenir atentados en su suelo que de acabar realmente con el movimiento político-terrorista islamista- apuntaron hacia el mismo corazón del mal: el 24 de febrero de 2016 un ejército combinado de unos 100.000 soldados iraquíes, peshmerga kurdos y milicianos chiitas Hasdh al Saabhi, apoyados por la aviación y los cuerpos especiales de una coalición de países liderados por EEUU, se lanzaron desde el sur y el este en dirección a Mosul.

Como los nazis en 1945 en Berlín

El avance fue fulminante. Los cuerpos de élite del ejército de Iraq, las denominadas ISOF -entre las que destaca la famosa División Dorada- llegaron a las afueras de Mosul en octubre de 2016. Pero los yihadistas hicieron honor a su ideología apocalíptica de culto a la muerte y resistieron hasta el final, como hicieran los nazis en Berlín en 1945. La toma de Mosul llevó ocho meses de durísimo combate callejero. La estrategia de los salafistas pasaba por el uso de suicidas y coches bomba, drones bomba, explosivos trampa (IEDS), fuego de mortero y de misiles Katyusha, túneles y la acción móvil de un nutrido cuerpo de francotiradores, muchos de ellos chechenos. Se ha demostrado además el uso masivo de civiles como escudos humanos, en una ciudad que nunca fue evacuada por la imposibilidad de acoger a un millón y medio de personas, muchas de las cuales simpatizaban con el enemigo. La degollina fue tal que algunos de los mejores regimientos iraquíes sufrieron bajas cercanas al 50%. La División Dorada quedó muy mermada y la IX División sufrió una terrible derrota en una batalla por la toma del hospital del vecindario de Wahda en diciembre de 2016. Esto llevó al Primer Ministro a meter toda la carne en el asador, recurriendo a la policía Federal Iraquí y a unas milicias chiitas sospechosas de protagonizar actos sangrientos contra una población mayoritariamente suní. El resultado se vio enseguida; primero cayó la orilla oriental, después le tocó el turno a la ciudad vieja, que se erige en la ribera oeste del Tigris.

Una mujer de Mosul espera la ayuda humanitaria en un barrio de Mosul. / REUTER

A todas luces, la caída de Mosul augura que el EI va a desaparecer como Estado para regresar a su orígenes como grupo terrorista en la clandestinidad; es cierto que los yihadistas todavía conservan Al Raqa y su feudo sirio, además de algunas ciudades iraquíes como tal Afar y Hawijah. La guerra convencional no ha terminado pero se puede decir ya sin dudar que el EI la está perdiendo. Mosul era su capital, su ciudad más populosa; y su mayor símbolo porque en su día acogió a Nur Al Din, el azote de los cruzados; y porque en la misma mezquita mandada construir por el viejo guerrero en el siglo XII, Al Bagdadi se autoproclamó califa de todos los creyentes. Un ataque aéreo ruso -según asegura el Kremlin- acabó con el líder terrorista, poco antes de que sus acólitos detonaran la gran mezquita de Al Nuri, como anuncio de su derrota. Los últimos resistentes se ahogaron en el Tigris el pasado 8 de julio, mientras trataban de escapar de un enardecido ejército iraquí.

La cabeza de la hidra

Pero la caída de Mosul no supone la desaparición del fenómeno. Iraq y Siria son ya dos territorios desarticulados donde el odio religioso y étnico ha prendido para décadas. El descontento del mundo musulmán, las expectativas frustradas tras el fracaso de las primaveras árabes, las guerras en Mali, Libia, Somalia, Yemen, Afganistán, etc., han contribuido a generar un caos difícil de controlar y donde la semilla del odio germina sin cesar. Nos enfrentamos a una hidra a la que no se le puede cortar una cabeza sin que dos ocupen su lugar. No nos engañemos: tenemos yihadismo para rato. Un yihadismo global con capacidad de golpear en todas partes. Y en ningún sitio está escrito que esta guerra se vaya a ganar.

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