El Papa visita Birmania, escenario del holocausto rohinyá

El Papa, recibido por niños en Birmania./Efe
El Papa, recibido por niños en Birmania. / Efe

Cientos de miles de musulmanes perseguidos se hacinan en los campos cerca de Cox’s Bazar, un apreciado enclave turístico de Bangladesh

DARÍO MENOREnviado especial

Mariam Khatum deja pasar el tiempo esperando en cuclillas. Las mujeres y los niños forman a su alrededor largas colas frente a la tienda de campaña del Programa Mundial de Alimentos para recibir su ración de comida diaria, pero ella no se inmuta. Está medio ciega y parece ya septuagenaria, a pesar de que dice que tiene 55 años. Vestida con una raída túnica negra y un pañuelo blanco sobre la cabeza y los hombros, lleva en el rostro marcado el hambre y el sufrimiento acumulado durante décadas por su pueblo, los rohinyá. «Escapé a Bangladesh hace un año porque el Ejército atacó la aldea donde vivíamos. Quemaron las casas y mataron a mucha gente, entre ellos a mi nuera. Tuvimos que caminar durante 5 días sin parar hasta que cruzamos la frontera. Espero que un día nos permitan volver».

Junto a los otros supervivientes de su familia, Mariam acabó en el campamento de refugiados de Kutupalong, cerca de la localidad de Cox’s Bazar, donde malviven entre 350.000 y 400.000 miembros de esta minoría musulmana de Birmania. El relato de lo que dicen que sucede en su tierra es calcado: asesinatos, torturas, violaciones, secuestros, quema de casas. Las acusaciones no pueden verificarse porque las autoridades impiden el acceso a observadores internacionales a la región oriental de Rakhine, donde antes de las persecuciones vivían alrededor de 1,2 millones de rohinyá. Tampoco se sabe la cifra de muertos.

El papa Francisco llegó este lunes a Birmania para una visita de tres días que se anuncia muy delicada en una nación mayoritariamente budista. Los católicos birmanos (el 1% de la población) temen represalias de las autoridades si Francisco se pone abiertamente al lado de los perseguidos y sigue denunciando su situación. Charles Maung Bo, el primer cardenal de este país, incluso le pidió que no utilizara la palabra 'rohinyá'.

Kutupalong es un lugar terrible, aunque estar allí significa haber escapado del horror. Tiene una densidad de población por kilómetro cuadrado de récord y no cuenta con condiciones dignas para acoger a tanta gente, la mayoría mujeres y niños de corta edad. Las familias viven en humildes chozas hechas con adobe, palos y plásticos, pero lo que más pesa es el trauma general: todos han perdido a algún ser querido en los ataques del Ejército y de los paramilitares budistas.

En Kutupalong resulta además insuficiente la atención médica y tampoco existe un sistema para desaguar las aguas fecales, que acaban pudriéndose en alguno de los pequeños lagos junto a los que se han excavado los pozos. Alrededor de ellos los niños se lo pasan en grande jugando con el agua. No hay mucho más que hacer aparte de ir al colegio, un privilegio del que no gozaban en Birmania pues las autoridades niegan a los rohinyá todos los derechos al considerarles inmigrantes ilegales de Bangladesh. Poco importa que llevaran asentados desde hace generaciones en Rakáin.

Mariam Khatum escapó a Bangladesh hace ya un año.
Mariam Khatum escapó a Bangladesh hace ya un año. / D. M.

«Este es hoy el campamento de refugiados más numeroso del mundo y donde con mayor rapidez está aumentando su número. Eso hace que empeoren las condiciones. El agua está contaminada y hay muchos casos de diarrea y de cólera. La gente está hacinada, lo que la hace más vulnerable a las enfermedades», explica Mohammed Abu-Asake, portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados en los campamentos de Cox’s Bazar.

Organizaciones humanitarias intentan socorrer a más de 925.000 personas desplazadas

En total en esta región al sur de Bangladesh viven más de 925.000 rohinyá, de los que 640.000 llegaron después del 25 de agosto, cuando se agudizó la persecución. La excusa se la pusieron en bandeja los rebeldes del Ejército de Salvación de los Rohinyá de Arakan al atacar varios puestos militares y de policía. Considerados terroristas por las autoridades birmanas, los milicianos acabaron empeorado la situación y propiciando una «limpieza étnica de libro», según Naciones Unidas. Estados Unidos adoptó el pasado miércoles el mismo término y amenazó con sanciones internacionales, una posibilidad que rápidamente descartó Rusia. No es el único apoyo de Birmania: cuenta además con el sostén de China, a la que le importan mucho más sus intereses económicos en el país que la situación de esta minoría.

El silencio de 'la Señora'

En la crisis de los rohinyá hay una clave difícil de entender: el papel desempeñado por Aung San Suu Kyi, galardonada con el premio Nobel de la Paz en 1991 y líder de facto del Gobierno. Su silencio frente a la persecución ha sido muy criticado por la comunidad internacional, que no ha tenido en cuenta que ‘la Señora’, como la llaman sus compatriotas, afronta una difícil convivencia con el Ejército. Pese a los avances democráticos, los militares controlan los tres ministerios ligados a la seguridad: Interior, Defensa y Asuntos Fronterizos.

«¿Cómo vamos a volver si nos siguen matando?», dicen los rohinyás sobre el pacto para su repatriación

La implementación del reciente acuerdo entre Bangladesh y Birmania para repatriar los rohinyá brinda a Suu Kyi una nueva oportunidad para mostrar que de verdad le preocupan los derechos humanos. De momento, en el campamento de Kutupalong nadie se cree que se vaya a respetar el pacto. «¿Pero cómo vamos a volver si siguen matándonos? Queremos regresar, pero tienen que garantizarnos la seguridad y el respeto a nuestros derechos como minoría», dice Jabeda Begun, una chica de 24 años que vio cómo mataban a su suegra y a sus dos hijos pequeños y luego quemaban sus cadáveres.

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