Decisiones ARRIESGADAS en Arabia Saudí

JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGOR

Lo que sucede en Arabia Saudí debería preocuparnos porque puede afectarnos mucho más que las extravagancias de Trump, las frías intrigas de Putin o el embrollo catalán.

El Estado saudí surgió en 1744 cuando un predicador intransigente, Muhammad Ibn al-Wahab, unió fuerzas con un caudillo tribal ambicioso, Muhhamad Ibn Saud. Desde entonces el poder ha estado doblemente repartido: primero dentro del clan familiar de los Saud, hasta el extremo de que el consenso de los líderes del linaje puede derribar a un monarca reinante, como le sucedió al rey Saud en 1964. El heredero al trono tampoco sigue la línea de primogenitura, sino que debe consensuarse.

Al mismo tiempo, la Casa de Saud comparte el poder con los clérigos wahabíes, que fiscalizan todos los actos del gobierno para asegurarse de que se ajustan a su muy peculiar visión de la doctrina islámica. El wahabismo se escuda detrás del Corán y la Sunna, pero en la práctica reproduce un esquema recurrente en múltiples épocas y lugares, incluso en ideologías abiertamente ateas: todo está mal, todo es pecado, todo está prohibido, todos los que no sean de nuestro grupo carecen de derechos, y las mujeres menos todavía, cualquier innovación es sospechosa o directamente maligna, el inmovilismo es un ideal y, por supuesto, el sistema político ha de ser jerárquico y totalitario.

Durante casi cien años el reino saudí ha estado condicionado por un regateo constante entre las tendencias modernizantes y tecnocráticas de la dinastía real frente al inmovilismo intransigente de los clérigos wahabíes, que se ha opuesto sistemáticamente a cualquier influencia extranjera y a cualquier clase de innovaciones, como la extracción de petróleo, la radio, la prensa, la televisión, el teléfono, los cines, los espejos, la escolarización de la mujer, internet, la libertad de prensa, los sindicatos, las peluquerías, la banca con intereses, el trabajo femenino, las bicicletas...

La Casa de Saud estaba atrapada: el clero wahabita les estorbaba a cada paso para las tareas más elementales de administración y gobierno del reino, pero eran los que legitimaban la dinastía real y la existencia misma del país. Por otra parte, la propia dinastía creía en los dogmas wahabíes. Lo único que exigían era que los clérigos cediesen lo indispensable para mantener el tinglado en marcha. Todos los monarcas de los últimos cincuenta años -Faisal, Jalid, Fahd y Abdalah- fueron wahabíes devotos que emplearon sumas colosales para expandir el rigorismo wahabita y convertirlo, de secta excéntrica y minoritaria, en la tendencia hegemónica del islam suní.

El rey Abdalah murió en 2015, a los 90 años. No le sucedió ninguno de sus hijos, sino su octogenario medio hermano Salmán, quien al principio gobernó como sus antecesores, con represión y duros castigos contra cualquier discrepancia. La única diferencia fue una política exterior más agresiva y belicista que en reinados anteriores.

Todo cambió el 21 de junio de 2017, cuando Salman pasó por encima del consenso familiar y nombró heredero a su propio hijo Mohammad bin Salman, de 32 años. Al principio el cambio fue interpretado como una mera disputa interna por el poder, con el monarca reinante y su hijo cambiando las reglas del juego en beneficio propio a costa del resto del clan familiar. Las sucesivas purgas dentro de su propia familia, por espectaculares que sean, encajarían en este esquema y no merecerían mayor análisis.

Sin embargo, el príncipe Mohammad también ha realizado cambios inéditos y sumamente arriesgados. Permitir que las mujeres conduzcan podría ser desdeñado como una simple medida cosmética, pero Mohammad declaró públicamente su voluntad de instaurar un islam moderado y atacó abiertamente al wahabismo al decir que: «No vamos a gastar treinta años más de nuestras vidas en ideas destructivas. Vamos a eliminarlas.» Y no eran palabras vanas, porque varios clérigos influyentes fueron arrestados pese a contar con millones de seguidores en las redes sociales. Otro cambio espectacular es el acercamiento diplomático al archienemigo iraní o a su satélite, el Gobierno chií de Irak. También ha cortejado a Rusia, llegando al extremo inaudito de comprarle armas.

Es indiscutible que el príncipe busca el poder absoluto para sí mismo. Los arrestados de los últimos días no lo han sido por decisión de un tribunal, sino por orden directa del príncipe, a través de su recién creada oficina para la lucha contra la corrupción. Junto a los clérigos fanáticos también fueron detenidos decenas de opositores laicos y liberales. Sin embargo, parece claro que el príncipe no es creyente del wahabismo y busca suprimirlo. ¿Por qué?

Lo cierto es que el modelo saudí es un sistema disfuncional y arcaico que se mantiene artificialmente por los inmensos ingresos petrolíferos. Pero los bajos precios del crudo y los grandes gastos militares obligan a ajustar cuentas, eliminar subvenciones a los productos básicos y reprimir las endémicas corruptelas, antes toleradas, para incrementar los ingresos. La intervención militar en Yemen ha sido humillante, porque pese al desmesurado gasto en armamento y el inmenso arsenal disponible, las fuerzas armadas han demostrado ser inoperantes en combate.

El príncipe Mohhammad parece haber entendido que el wahabismo es un callejón sin salida y que la supervivencia del Estado saudí depende de su eliminación. A corto plazo eso no significa liberalismo o democracia sino absolutismo laico. Por lo tanto se avecina una época de turbulencias, porque los clérigos wahabíes, cuya influencia entre las masas es grande, se negarán a ceder el poder y no dudarán en recurrir a la violencia.

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