El botón rojo es un maletín negro

El maletín nuclear. Un militar de EEUU transporta la valija con las claves para un lanzamiento atómico. /EFE
El maletín nuclear. Un militar de EEUU transporta la valija con las claves para un lanzamiento atómico. / EFE

El lanzamiento de un ataque nuclear es mucho más complejo que apretar un botón. Se requieren unos códigos que siempre acompañan al presidente. Salvo cuando los pierde, como Clinton

MIKEL FONSECA

Hay formas y formas de felicitar el año nuevo, y luego está la de Kim Jong-un. El 1 de enero, en su habitual mensaje de principios de año, el líder norcoreano advirtió al mundo entero y que «siempre hay un botón nuclear» en su escritorio». La respuesta de su homólogo estadounidense no se hizo esperar, y el pasado miércoles, Donald Trump aseguró en Twitter que también tiene «un botón nuclear, que es más grande y más poderoso. ¡Y mi botón funciona!». Lo curioso es que ambos presidentes se refirieran a la posibilidad de un apocalipsis atómico con una imagen que forma parte del imaginario colectivo pero que es totalmente falsa. No, no existe ningún «botón nuclear».

Es dificil rastrear el origen del término. El diccionario político de William Safire, redactor de discursos de Richard Nixon, recoge la expresión como una metáfora «de miedo, usada para atacar a los candidatos». Desde los fatídicos bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki durante la II Guerra Mundial, muchos presidentes americanos han utilizado el término en sus campañas electorales. La última, Hillary Clinton, que opinó que el actual presidente de EE UU «no debería tener el dedo sobre el botón, o las manos en la economía».

Lo que sí existe, sin embargo, es un maletín, que ha acompañado a cada presidente desde 1962, durante la época de J.F. Kennedy y la crisis de los misiles en Cuba. Una sencilla bolsa de aluminio recubierta de cuero negro, de los medios americanos bautizaron como ‘nuclear football’ por su parecido con una bolsa de gimnasio. Habitualmente, es un militar quien transporta la maleta, y siempre tiene que estar a corta distancia del presidente. Un modelo retirado se encuentra expuesta en el museo Smithsonian. Vacío, claro.

En el interior de este maletín se hallan, como explica en sus memorias Bill Gulley, director de la Oficina Militar de la Casa Blanca durante los mandatos de Nixon y Johnson, cuatro elementos muy importantes: un librillo negro de unas 75 páginas con instrucciones para un lanzamiento nuclear, un listado con todos los lugares seguros en los que el presidente puede resguardarse,un dosier con el procedimiento para alertar a la población civil y una imprescindible tarjeta de códigos que el presidente debe utilizar para identificarse como tal al ordenar el ataque. Con esto, se soluciona uno de los mayores quebradreros de cabeza para Kennedy durante la Guerra Fria: «Si ordeno un ataque nuclear, ¿Cómo puede la base militar verificar mi identidad?», se preguntaba el presidente.

A esta tarjeta, por su forma rectangular, se la conoce familiarmente como la ‘galleta’. El presidente Clinton, según relata el militar Hugh Shelton en su autobiografía, perdió dicha tarjeta durante varios meses. «Fue un problema enorme, gigantesco», recuerda. Ronald Reagan también perdió la ‘galleta’ en los días posteriores a su intento de asesinato, pero fue recuperada en el hospital donde había sido atendido.

Lanzando el ataque

Suponiendo que Donald Trump tomase la decisión de desatar «un fuego y una furia como jamás se hayan visto» –como ya ha advertido a sus enemigos en alguna ocasión–, debería seguir unas pautas muy concretas, según explica Bruce G. Blair, antiguo militar responsable de la oficina de lanzamiento de misiles, en un artículo para el medio ‘Bloomberg’. Tras tomar la decisión, el presidente debe reunirse –fisicamente o por vía telemática– con un grupo de asesores políticos y militares de confianza, entre los que debe encontrarse obligatoriamente el jefe de Centro Nacional del Comando Militar del Pentágono, popularmente conocida como ‘Sala de Guerra’.

Si el presidente de EE UU, que es quien tiene la última palabra, decide seguir adelante con el ataque (la deliberación pude durar menos de un minuto o alargarse indefinidamente, según la situación de peligro), el mencionado jefe del Pentágono es quien debe verificar la identidad del presidente. Para ello, le comunica dos letras, por ejemplo, ‘Charlie-Eco’. El presidente debe encontrar la respuesta en la tarjeta de su maletín, y da la contestación, por ejemplo, ‘Alfa-Tango’.

El Pentágono emite entonces un mensaje cifrado, una cadena de 150 caracteres, a todos los operativos militares implicados en el ataque. Dicho mensaje incluye qué misiles deben ser lanzados, hacia dónde, cuándo, y una clave de seguridad para activar el lanzamiento. Los responsables de cada base, sea ésta terrestre o se encuentre en un submarino, abren una caja sellada que guarda otro código. Si éste coincide con el del primer mensaje, los misiles se desbloquean y se procede al lanzamiento.

La rigurosa cadena de mando americana establece que siempre debe haber, al menos, dos militares al mando simultáneamente. Es lo que se conoce en la jerga como la «regla de los dos hombres», una medida preventiva para evitar el lanzamiento accidental o malicioso de un ataque nuclear. La caja sellada antes mencionada se encuentra cerrada con dos cerrojos, y los dos militares de mayor rango de la base disponen cada uno de una llave para abrirla. Con esta norma, además, se evitan consecuencias fatales de posibles amotinamientos.

Actualmente,, más otros 7.000 almacenados u obsoletos, según las estimaciones de la BBC. Lo único que los separa del Armagedón, por tanto, es una decisión y un proceso de apenas 15 minutos.

En otros países

Si, por el contrario, fuese Kim Jong-un quien lanzase la primera piedra (nuclear), el proceso a seguir sería una icógnita debido al hermetismo de su régimen militar, aunque la opción de un botón rojo para iniciar el ataque es también bastante dudosa. Los misiles exhibidos por el régimen norcoreano iban propulsados con combustible líquido, lo que descarta que puedan ser almacenados preparados para un ataque instantáneo. De momento, porque el ‘amado líder’ de Corea del Norte puede guardar un as atómico en la manga.

En el caso de otras potencias nucleares como Rusia o Francia, también se ha visto a sus presidentes acompañados de una valija similar. Rusia –que cuenta con casi 2.000 misiles nucleares desplegados– tiene un sistema de lanzamiento muy similiar al estadounidense, con otro maletín de cuero negro bautizado como ‘Cheget’, en honor a un monte homónimo situado en el Cáucaso norte. Su génesis se remonta a principios de los años 80, durante el mandato de Andropov, aunque fue visto por primera vez en público acompañando a Gorbachov. En el caso galo, su existencia nunca ha sido confirmada oficialmente, y los medios suelen referirse a ella sencillamente como ‘base móvil’.

A pesar del riguroso procedimiento establecido para el lanzamiento de un ataque nuclear,existe otro riesgo, inherente desde la concepción misma de semejante arma de aniquilación masiva. Un riesgo que podría suponer la «destrucción mutua asegurada» que profetizaban consejeros de ambos bandos durante la Guerra Fría, y que finalmente evitó un ataque a gran escala. Un riesgo resumido por Harold L. Hering, oficial de las Fuerzas Aéreas durante la guerra de Vietnam, en una frase que podría aplicarse tanto Donald Trump como Kim Jong-un: «¿Cómo puedo saber que la orden de lanzar un ataque nuclear viene de un presidente en su sano juicio?».

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