El café iraquí que nunca cerró

Al-Khashali, el dueño del Shabandar, y el retrato de los cuatro hijos y el nieto que perdió./Mikel Ayestarán
Al-Khashali, el dueño del Shabandar, y el retrato de los cuatro hijos y el nieto que perdió. / Mikel Ayestarán

La tetería Shabandar en Bagdad celebra un siglo con las mesas a rebosar, señal de que el terror en el país da paso a la vida

MIKEL AYESTARÁNCorresponsal. Bagdad

Imposible encontrar un hueco para sentarse a tomar un té o fumarse una pipa. La tetería Shabandar, situada a pocos metros del lugar en el que la histórica calle Al Mutanabi de Bagdad se encuentra con el Tigris, está llena. Su dueño, Mohammed Al-Khashali, pide paciencia y su voz es muy respetada. Desde 1963, este hombre no ha abandonado su posición a la entrada de un café abierto en 1917 y que estos días cumple cien años de historia. En el último siglo, el Shabandar ha sido testigo de la presencia de los británicos en Irak, la caída de la monarquía, las décadas de gobierno de Sadam Husein, la invasión de Estados Unidos, la guerra sectaria entre suníes y chiíes o la amenaza del grupo yihadista Estado Islámico (EI). Al-Khashali no sabe qué vendrá ahora que la guerra contra el califato está en su recta final, pero asegura que «las cosas están mejorando y la mejor señal para comprobarlo es que la cafetería y la calles Al Mutanabi están a rebosar».

El veterano propietario, de 85 años, se sienta en la puerta de acceso y su función principal es la de cobrar las consumiciones. Los camareros reparten aquí y allí los pequeños vasos de té negro y dulce que toman los iraquíes. Los vasos queman y hay que cogerlos con cuidado. Cientos de fotografías decoran las paredes, son retratos en blanco y negro de escritores, poetas, actores, cantantes… toda la bohemia iraquí del último siglo ha frecuentado este local. Pero entre todos los retratos destacan cinco, con un crespón negro en su parte superior izquierda. «Son los cuatro hijos y el nieto que perdí en el atentado de 2007… Me queda un hijo vivo, pero se fue a Turquía a vivir después de sufrir un secuestro y ahora no tengo a nadie al que pasar el testigo del Shabandar», lamenta Al-Khashali mientras hace cuentas y da el cambio a los clientes. Hace siete años, el terror golpeó de lleno a la calle Al Mutanabi, sede de este café y del mítico mercado de libros de Bagdad, y la explosión de un coche bomba dejó más de cien muertos. Desde entonces las fuerzas de seguridad controlan todos los accesos y solo se puede entrar caminando.

La gente disfruta de su té ojeando los libros recién adquiridos. A diferencia de otras teterías, aquí no se puede jugar al dominó o a las cartas «porque este es un lugar para hablar e intercambiar ideas, no un salón recreativo», sentencia Al-Khashali. Los primeros títulos sobre el EI aparecen ya en el mercado y en una de las mesas ojean un ejemplar de 'Mi novio es de Daesh', una de las novelas de moda en Irak. Bagdad no ha sufrido grandes atentados desde mayo y sus habitantes aprovechan cada día de tregua que les concede un terror instalado en sus vidas desde la invasión estadounidense de 2003. El Shabandar es uno de esos espacios de libertad que los bagdadíes han arrebatado al dolor, «es un espejo de Irak y si lo veo lleno, yo me siento feliz», sentencia Al-Khashali.

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