El secuestro de la democracia

Diego Carcedo
DIEGO CARCEDO

Nicolás Maduro, el exaltado presidente venezolano, acaba de secuestrar la democracia a la que ya mantenía bajo arresto prácticamente desde que heredó el poder de su venerado caudillo Hugo Chávez. Entre férreas medidas de seguridad, aunque quizás sea más preciso decir estrategias de guerra frente a una sociedad desarmada y desesperada, se entronizó la llamada Asamblea Constituyente -cuyos miembros fueron rigurosamente seleccionados entre sus fieles y elegidos de forma ostensiblemente fraudulenta– con el encargo de perpetrar el último acto de un burdo golpe de Estado.

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Todos los intentos por encontrar una salida democrática a la crisis creada por el chavismo que encabeza Maduro fracasaron ante la obstinación del bronco dictador vocacional para quien no existen ni principios de respeto a la división de poderes ni a la libertad política que una mayoría aplastante de la población defiende, como lo ha demostrado en las elecciones legislativas, todavía recientes, que dieron la victoria a la oposición, un resultado que el Presidente siempre desdeñó y ahora acaba de invalidar.

Las mediaciones realizadas por personalidades extranjeras –entre ellas el expresidente español Rodríguez Zapatero– apenas sirvieron para que el conflicto abierto llegase a mayores en algunos momentos y la oposición se relajase de vez en cuando mientras el chavismo de Maduro avanzaba hacia el control total del poder. Su modelo es el cubano a pesar de que el que encabezan en La Habana los hermanos Castro ya ha demostrado sobradamente su inviabilidad y empieza a reflejar síntomas claros de que su etapa ya está pasando a la Historia.

La puesta en marcha de una pantomima de elecciones constitucionales, cuando realmente existía una Constitución manipulada ya a la medida del bolivarismo en tiempos de Chaves, y su chapucera ejecución y recuento de votos, ha despertado todas las alarmas internacionales. Tanto en la ONU, como la OEA, la Unión Europea, Mercosur –organización de que probablemente Venezuela sea expulsada -, o el Papa, cuya firme condena se ha saltado todas las sutilezas de la diplomacia vaticana, han expresado su rechazo. Prácticamente todos los países democráticos, empezando por los más próximos como Colombia, Perú, Panamá o Argentina han anunciado que no reconocerán semejante engendro.

Con seiscientos presos políticos y una lista más que centenaria de víctimas en su mayor parte como consecuencia del salvajismo de los matones del Régimen, la sociedad venezolana se halla peligrosamente dividida –incluso dentro de la propia oposición- y enfrentada en la calle de manera violenta además de decepcionada y sumida en la pobreza generalizada a que la actitud populista y demagógica del gobierno con sus veleidades extemporáneamente revolucionarias les ha conducido. Entre tantos afectados está la mayor parte de la numerosa colonia española que sufre la inquietud que les ofrece su futuro.

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