El vino de Haro, en la pista central

El vino de Haro, en la pista central

El espectáculo de Los Agustinos pierde fuelle y aforo, pero sigue ofreciendo el aliciente de tomar pulso al vino con música y color

Roberto Rivera
ROBERTO RIVERA

Van pasando los años y con el tránsito del tiempo las temáticas elegidas para dar contenido al encuentro, los artistas que aderezan el espectáculo contratado para la ocasión y hasta los espectadores que, en muchos de los casos, siguen mostrándose fieles a la convocatoria que nació, años atrás, a rebufo del Plan de Dinamización Turística del que tanto se acuerdan los jarreros.

Y, sin embargo, uno es consciente de que todo pasa porque hay algo que permanece y sirve de referencia, de esa manera, para la próxima edición del Carnaval. La base de todo el ingenioso invento que sigue adquiriendo forma en el claustro de Los Agustinos curso tras curso. El vino.

La presentación de las añadas que sacan al mercado las bodegas implicadas en la convocatoria sigue constituyendo la base firme de un evento que se mueve de aquí para allá, con vaivenes en los precios de las entradas, las condiciones a cumplir por los asistentes, la mecánica que pone en marcha la organización en busca del ajuste definitivo, los temas que otorgan estética final a la celebración...

Sin ellos, parece evidente, que nada se sostiene sobre esa red de seguridad.

Ayer, de suyo, arrancó una edición aferrada a a la romántica imagen de los circos decimonónicos, de época, aunque al final llegase a colar una baticada, sin que nadie acabe de entender en realidad a que respondía el injerto, anacrónico en el relato propuesto a los asistentes, menos que nunca.

Y sin embargo, en los pasillos, seguía habiendo muy buen vino.

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