Los tambores y cornetas de Haro, en papel

En el centro, de uniforme, Emigdio Villanueva, uno de sus fundadores./E. C.
En el centro, de uniforme, Emigdio Villanueva, uno de sus fundadores. / E. C.

La agrupación musical presenta el libro en el que se recogen, de la mano de Cegarra, sus cuarenta años de historia

ROBERTO RIVERA

Joaquín Cegarra pone letra a la música que viene interpretando en tono marcial la Agrupación de Cornetas y Tambores de Haro desde hace cuarenta años. De su mano ha acabado tomando forma el libro que resume todo ese maratoniano recorrido por plazas, calles y rincones de decenas de localidades del país, más de la jarrera que de ninguna otra, comprimiendo tanta historia y tantos nombres propios en apenas ochenta y ocho páginas en blanco hasta ayer mismo.

Para tomar conciencia de lo que ha supuesto ese ejercicio de condensación.

A día de hoy son treinta los integrantes de la formación que levanta el estruendo de sus timbales y cajas, enredadas en la aguda melodía de sus instrumentos de viento y metal. A lo largo de todo ese tiempo, sin embargo, han llegado a integrarse en su estructura más de 250 músicos, todos ellos alineados en la relación que se detalla al cierre del trabajo por orden alfabético. Y en la que los promotores de este documento asumen la posibilidad de haberse dejado algunos más en el tintero.

Cuatro décadas, demuestra el autor del volumen, dan mucho de sí.

Punto de partida de ese relato planteado en orden cronológico. «La Agrupación nace en la sede local de Cruz Roja Española de Haro, sita en un edificio histórico», el antiguo hospital del siglo XVIII que se levantó en la Calle Siervas de Jesús y que, después de muchos otros usos, llegó a albergar en 1977 la sede de esta institución.

Sus salas de curas y primeros auxilios, lugar de descanso y habitaciones para la soldada que realizaba el servicio militar dentro del cuerpo, lindaban «en su lateral con los locales de ensayo de la Banda Municipal de Música. Y fue allí», refrenda Cegarra, «dónde Rodolfo Merino, Egmidio Villanueva, Eduardo Castillo y Julio Ángel Martínez, engendraron la idea de formar una banda de tambores y cornetas».

La teoría del caos, siempre caprichosa pero resolutiva, jugó, ciertamente, a favor de esa iniciativa y acabó imprimiéndole un espectacular impulso desde el punto de partida.

Entre los responsables de la asamblea local se encontraban, por entonces, los hermanos Agustín y Pantaleón Olmos, y este último ejercía, además, como director del Colegio Comarcal de la Vega. La coincidencia jugó a favor del proyecto porque «un buen número de niños y niñas de entre siete y catorce años» pertenecientes a la matrícula del centro educativo pasaron a formar parte de la banda en un tiempo en el que, «afortunadamente, los escolares no estaban tan desbordados con actividades no lectivas, ya que en tan sólo diez días habían conseguido más de cincuenta inscripciones».

«Los ensayos destinados a su bautismo artístico» comenzaron de inmediato. Y el el 16 de noviembre de 1978 consiguieron crear, ya de forma oficial y con todas las bendiciones administrativas, la Banda de Cornetas y Tambores de Cruz Roja Juventud.

Aunque «no todo fue un camino de rosas», apunta el autor. «Se partía de cero y los costes tuvieron que ser sufragados por las familias de los niños que debían disponer de un instrumento, corneta o tambor, y además el uniforme de la banda». Ellas realizaron el primer esfuerzo, titánico en muchos casos, y con ello se propició la puesta de largo de la formación musical. La entidad asumió el reto contra viento y marea y se convirtió en «un gran ejemplo de aquellas inquietudes que se plasmaron en un 12 de Abril de 1979, cuando sus componentes por primera vez actuaron dentro del desfile procesional de Semana Santa, cosechando un espectacular éxito».

Se daba el primer paso. Quedaban muchos por dar. Se confía en que el camino que queda por delante tenga definido el horizonte al que dirigirse, pero que no llegue a tener fin.

Porque el repaso que se hace en las páginas del libro, mostrado formalmente ayer en Los Agustinos, se presenta en realidad como un estímulo para el futuro, repasando para ello las diferentes etapas y anécdotas que han ido engrosando el diario de lo que dio en llamarse Bacota a medio recorrido y hoy se conoce como Agrupación de Cornetas y Tambores de Haro.

La clave de la evolución

Julio Ángel García Gamarra, a día de hoy máximo representante de la entidad en calidad de presidente, «recuerda cómo todas estas actuaciones fueron ese bálsamo de satisfacción que tanto necesitaban los niños y niñas por todo su esfuerzo y, cómo no, sus familias que veían así el merecido reconocimiento a sus desvelos y su constante apoyo a una noble causa. A día de hoy», defiende al hacer memoria de todo lo vivido, «la Banda de Cornetas y Tambores es, sin lugar a dudas, la agrupación cultural jarrera con mayor capacidad de adaptación y participación que ha existido nunca en Haro. El secreto de la supervivencia es la evolución, y eso implica afrontar nuevos retos, sin por ello renunciara a los orígenes. Evolucionar», concluye Joaquín Cegarra, «es crecer, vencer la adversidad y ante los problemas, crear soluciones».

Las claves para lograrlo se detallan, capítulo por capítulo, entre el vuelo de los folios que dan sentido a los 500 ejemplares de su libro sobre estas primeras cuarenta décadas de la asociación jarrera.

Pero esos apuntes, que van del blanco y negro hasta la gama de colores en alta definición, quedan para ustedes. Sin duda alguna, merece la pena echarle un vistazo. Traten de leerlo.

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