La Semana Santa gira en Rioja Alta hacia dentro

Hasta seis de los nueve disciplinantes que se flagelaron durante la procesión de Jueves Santo en San Vicente coincidieron al mismo tiempo en el tramo de la Calle Mayor del municipio sonserrano./
Hasta seis de los nueve disciplinantes que se flagelaron durante la procesión de Jueves Santo en San Vicente coincidieron al mismo tiempo en el tramo de la Calle Mayor del municipio sonserrano.

El silencio envuelve las procesiones de Haro y San Vicente, referencias de una expresión religosa llena de tradiciones

Roberto Rivera
ROBERTO RIVERA

Entre Haro y San Vicente fluye la corriente del Ebro que cruza de Norte a Este del país como una cuchillada que, de cerca, se traza en recovecos de agua pausada, serena. Y se adivina en el oxígeno, que toma impulso para hacerse corriente fría a pesar del guiño del sol que se va por capricho, el recuerdo de Castilla y Navarra que asoman en sus tradiciones. Tan próximas en el espacio, tan alejadas en el tiempo.

Y, sin embargo, la cadencia con la que retumban sobre los muros de sus callejeros el azote sobre la pelleja del timbal y el lomo de la espalda, parecen acompasar los pasos de sus respectivas procesiones en esta Semana Santa tardía que parece llegar envuelta en los inesperados vaivanes de un clima que no acaba de asentarse porque no se reconoce del todo.

En uno y otro espacio urbano se intuye el decidido empeño de los protagonistas de sus peculiarísimas historias por abstraerse de lo que pasa más allá del carril que ocupan las tallas de las comitivas, y los fieles que forman para aportar algo de serenidad y sacrificio a una marcha que el resto sigue desde la curiosidad y la admiración, algunos incluso desde la fe que les llegó de los mayores, recuerda la saeta.

Miradas hacia dentro. Desde el corazón de las procesiones que parecen ajenas a lo que se mueve alrededor porque sus miembros se sienten lejos de lo evidente para asomarse a lo deconocido. Desde las aceras y arrabales para tratar de entender y descubrir qué energía empuja la maquinaria de quienes mueven todo ese flujo de sentimientos arropados por el golpeo incesante y armónico de los tambores, y la melodía sin bemoles ni sostenidos de las cornetas, a falta de banda musical en la compaña de la Cofradía de la Vera Cruz de Haro, que airea los pasos más teatrales de su patrimonio.

Es un relato que se entiende en viñetas resaltadas por el silbido de la luz que juega a crear sombras y volúmenes sobre las andas.

Desde la oración en el Huerto de los Olivos, hasta el prendimiento, el recorrido por el Calvario con la cruz a cuestas, la crucifixión y la evidencia del dolor en el corazón de la madre a la que en esta ocasión no aliviaba la sinfonía de los instrumentos que tanto quiere.

Silencio y giro de la mirada hacia la esencia de todo, por el callejero de Haro.

En el de la Villa Divisera, que se perfila orgullosa frente a las crestas de Sierra Cantabria, giro hacia uno mismo, hacia el resuello que se atraganta bajo la caperuza de una túnica impoluta que envuelve la identidad de los disciplinantes y descubre, sin embargo, su dolor como una espalda generosa sobre la que descargar todos los truenos del año.

En San Vicente de la Sonsierra, nueve ‘picaos’ se encerraban en sí mismos asestando golpes precisos sobre sus lumbares, descargando la caricia dura de la madeja de lana para tensar la piel que se entrega a la ‘pica’ de cristal de cera para desparramarse como un borbotón rojizo que se siente como un alivio.

Desde las paredes de las calles Zumalacárregui y Mayor se aislan de lo que hay más allá de ese preciso punto de fricción, toda una muchedumbre. Y se dibujan gestos contraídos que se asoman a un sacrifico que parece sentir el público como suyo, porque se adivina en sus rostros.

La Semana Santa, demuestra de esa manera, une en la distancia a jarreros y sonserranos porque comparten el mismo alma, sin que nadie se atreva a concentrar en una sola palabra los motivos que acaban forjándola en una misma escena.

Basta con ver para sentir.

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