La pérdida de otro insigne ignorado

El artista con sus familiares a la puerta de su residencia en Haro./E. C.
El artista con sus familiares a la puerta de su residencia en Haro. / E. C.

Jorge Dóñiga ilustra el recorrido por la vida del artista, sirviéndose para ello de los fondos que se exponen al público enel Museo del Torreón

ROBERTO RIVERA

Enrique Paternina llegó a la vida en el número 4 de la Plaza de la Paz de Haro, acompasando los pasos de ese primer viaje hacia lo desconocido de la mano de su hermana gemela, María Dolores, el 15 de julio de 1866. Y se lo llevó una congestión pulmonar, cuando apenas contaba 51 años, el 27 de octubre de 1917.

Fue un adelantado a su tiempo, desde el primero hasta el último de sus días. Incluso a la hora de definir su calendario vital. Nació a las diez y media de la mañana; la ciudad jarrera perdió al más ilustre de sus pintores a las siete, antes de la alborada. Faltaban aún once años para que Fleming descubriese los efectos terapeúticos de la penicilina. Y, sin tratamiento de choque que permitiese aplacar la agresiva infección que padecía, fue ésta la que acabó por derrumbarle después de haberle postrado en cama durante una tensa e interminable semana.

Las esquelas publicadas, al día siguiente, en la prensa de la época informaban de la muerte del Caballero de la Orden de Carlos III, título que recibió de la reina madre María Cristina durante la regencia de Alfonso XIII, «en la ciudad de Haro» donde descubrió el secreto que se esconde entre dos luces (el amanecer en primavera, el ocaso sobre el tapiz de los viñedos en otoño). «Sus hermanos doña María de los Dolores Paternina García Cid, don José María, don Francisco, don Juan, doña Teresa, doña Magdalena y don Ricardo Paternina Salinas Medinilla, hermanos políticos, sobrinos, primos y demás familia» rogaban de sus amigos que tuviesen «la caridad de encomendar a Dios el alma del finado». Y en la capital del vino, donde desarrolló trabajos centrados en la recuperación del viñedo desde sus plantaciones, se organizaron exequias a la altura del personaje, toda una referencia para el arte del país.

Alumbrado en el seno de la familia más acaudalada de la ciudad del vino, y bajo la tutela de su tía Saturnina García Cid, de niño comenzó a mostrar virtudes excepcionales para el dibujo y la pintura que desarrolló y enriqueció de la mano de las grandes firmas de la época, llegando a establecer vínculos de profunda amistad con artistas de la talla de Fernando Amárica, Gonzalo Bilbao, Darío de Regoyos, Joaquín Sorolla, Pablo Uranga e Ignacio de Zuloaga, entre otros.

Que lograse el segundo premio en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Madrid de 1893 y la medalla de plata en la Muestra de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona de 1896, con tan sólo 27 y 30 años, gracias al óleo de gran formato ‘La visita de la Madre’ que forma parte de los fondos del Museo del Prado, revela la enorme valía del creador de Haro que llegaría a establecer contacto, años después, con los grandes modernistas afincados en París y con todas las vanguardia de finales del siglo XIX, estableciendo contacto con el propio Picasso al que llegaría a inspirar, incluso, con algunas de sus obras.

Alimentó sus inquietudes artísticas estableciéndose durante largas temporadas en las principales ciudades del país, y en otras capitales europeas como Roma, donde recibiría clases del pintor Vicente Palmaroli González, o Venecia, además de la urbe gala. Y en algunas de ellas estamparía su rúbrica en trabajos imprescindibles para entender su etapa costumbrista, como ‘Las cigarreras’ y ‘La novia del picador’ que imaginó en Sevilla.

Acabó instalado en su residencia de la Plaza de la Paz, dedicándose al mantenimiento de los viñedos y pagos de la familia, y alimentando horas de trabajo en el estudio del palacio que, como demuestra la postal que ilustra esta crónica, se conoce desde siempre como ‘de Paternina’ en la ciudad que le vio nacer, crecer y difuminarse, como las trazas del carboncillo con el que jugueteó en su primera etapa creativa, ahora hace cien años.

Allí, asomado a la plaza mayor desde la balconada mudéjar que la decoraba y la decora, llegó a recibir la visita de grandes de la cultura española como Zuloaga, Tuya y Pío Baroja que conocieron Haro por la estrecha relación que mantenían con el jarrero.

De todo esto y más, en un tono mucho más ameno y apasionante, también mucho más didáctico, habló ayer el profesor logroñés Jorge Dóñiga, aportando contenido a la visita que Fundación Madre de Dios y Dirección General de Cultura organizaron con motivo de la celebración del centenario de su muerte. Sobre los fondos, obras y pertenencias personales del artista, se hizo comprensible el relato de otro de los insignes ignorados de esta ciudad. En este caso, el Concejo tampoco ha programado nada en su recuerdo.

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