Mila deja huérfano al comercio de Haro

Mila, durante 38 años junto a su madre, en el interior de la tienda./E. C.
Mila, durante 38 años junto a su madre, en el interior de la tienda. / E. C.

Su pérdida implica el cierre de una frutería con cerca de cien años de trayetoria; se fue con Juan Madurga, el zapatero de la Cruz

ROBERTO RIVERA

La Calle de la Vega siente el portazo final de La Carpa como si se le fuera un chorro de historia. Otro más que sitúa en la UVI al comercio jarrero, tal y como fue concebido en aquellos años que asistieron a su imparable crecimiento sobre las ruinas de un país de postguerra; y asentado sobre el diseño urbano de una ciudad que no llegaba más allá del Cerrado de San Agustín.

A Milagros Alonso se le paró el reloj después de toda una vida de tendera y, asomando la sonrisa al mostrador que enmarcaban como colgados del cielo todo tipo de embutidos y adobados, dijo a la clientela que era el momento de bajar la persiana del escaparate que convertía cada jornada en bodegón de frutas, verduras, encurtidos, frutos secos, conservas y legumbres. Así que, con 82 años a cuestas, volvió a colocar los cuarterones de la puerta de entrada para volver a cerrarla.

Esta vez para siempre. Su hija Mila, con Vicente y José María lo mejor de su matrimonio con José María Iburo, asume la imposibilidad de seguir adelante con una tienda que ha sido para todos ellos, y más para ella, su verdadera casa.

Allí, en la trastienda dl negocio en realidad, se queda «toda una vida». En la cocina y en el saloncillo donde se consumía el cierre del mediodía, entre charlas y repaso a lo que dio de sí la mañana. Y treinta y ocho años de trabajo al lado de una madre que le enseñó a colocar los productos de forma milimétrica, a seleccionar lo mejor para ofertarlo en exposición y a generar conexión con quien cruzaba el umbral del comercio.

«Ha permanecido abierta al público durante cerca de cien años», calcula tomando como referencia al tío Manolo. Pero, por encima del tiempo, hay muchas más cosas que ayudan a entender, o a intuir al menos, lo que siente Mila cuando pasa junto a la fachada del negocio, ya fuera de servicio. «No lo puedo evitar. Me da un vuelco el corazón. Ahí he hecho toda mi vida», recuerda abrazándose a la nostalgía. Desde que nació. Y la historia sabe más de sensaciones y experiencias que de años, por muchos que sean.

Se quedan todas ellas con el recuerdo de Félix Alonso, que levantó el telón junto a la abuela Milagros Díaz, a la que no quedó más remedio que apechugar con la venta cuando enviudó al perder a su marido con tan sólo 59 años. Y con el más reciente de Milagritos Alonso que deja más triste la Vega y se fue, curiosamente, al mismo tiempo que otro de los comerciantes más reconocidos de aquel otro Haro que mostraba ilusión por arrobas con mucho menos. Le siguió los pasos un día después, con 85 años de edad. Y con su marcha se fue difuminando, al mismo tiempo, la imagen del taller de zapatería que ocupaba, como tantos otros comercios de los cincuenta y sesenta, un portal de la Plaza de la Cruz bajo la denominación El Rápido.

Es ley de vida. Cuestión de ciclo. Pero un proceso que, inevitable en esencia y consecuencia de la evolución de los mercados, parece no encontrar visos de continuidad para los cierres que se han ido produciendo, a veces en cadena, en el corazón de la localidad jarrera, allá donde reside su esencia misma, la que le distingue de cualquier otra ciudad hecha de ladrillo caravista.

Establecimientos de siempre

Décadas atrás, la Vega no dejaba de ser sino la prolongación del espacio comercial que se arremolinaba alrededor de la Paz y el Arrabal, un hervidero de locales y profusa actividad económica de la que participaban las peluqueríasde los hermanos Crespo y Fonso, el almacén de aceites de Bernal y San Ildefonso, la jguetería y venta de electrodoméstivos de los hermanos María, la librería Montoya que tenía réplica de identidad en la Vega con venta de periódicos y revistas, los comercios de Cavero e Hilario del Val, los textiles de Cantera, las telas de Santos y Ángel Campo, Aguirre con droguería como Octavio y farmacia como Grande, el quiosco móvil de Fortunato, Olarte y Berrozpe con venta y alquiler de bicicletas y hasta motocicletas, la sastrería de Solana, los artículos de regalo y floristería de Bengoa, el almacén de frutas de San Juan, la pescadería de La Guapa en Prim, los coloniales de Juan de Pedro o de Lacuesta y Vargas, o las carbonerías de la Calle Mayor, regentadas por los hermanos Fernández, Frutos y Marino.

Sin olvidar recuerdos que siguen presentes para los sentidos como el olor a mantequilla en la pastelería La Mallorquina, el continuo 'runrún' en la frutería de Fausta, la atención a todas las horas del día en el pequeño comercio de Vega, el colorido de los tejidos y mantas que se ofertaban en Casa Víctor, la perspectiva visual del cajonero imponente e intermimable de Felipe Pérez, o la atracción del hospedaje al sol en el jardincillo del Hostal Higinia, considerada una residencia de postín en aquella época. Y las referencias de un amplio listado de zapaterías en el que aparecían Lezana, Gil y El Sol.

De todo aquello queda tan sólo el rescoldo que alimenta poco más de una veintena de románticos que siguen aguantando el tipo aunque para ello tengan que nadar contra corriente, apurando las horas y aceptando un deselance previsto, a corto o medio plazo.

Porque ese espacio que perdió fuelle al caer la antigua Plaza de Abastos, tan añorada después del destrozo, siempre fue recordado con el taller de fotografía de Donézar, la moda de Monte Carmelo y Barado, los asados de Terete, los escaparates de El Sol que ahora renueva Ana De la Fuente, los zapatos en el escaparate de Cabezón y Prieto, el taller de zapatero de José Luis, la tienda de los hermanos Arenal, las frutas y verduras que Mariaje vende en el local de Gabi, y establecimientos hosteleros como El Sol, El Suizo, Beethoven, Madrid, La Tiriquilla, Nelson, Virginia o Los Caños que han sobrevivido al cierre de otros clásicos, en aquel tiempo, como El Arbejilla, La Bombilla o El Oñate que en muchos casos han encontrado relevo.

Aunque se hacen cada vez más patentes los vacíos y parece perder ritmo el tirón que tuvo la ciudad, considerada entonces 'puerto seco'.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos