«La lucha era diaria para que nos respetaran»

Ana Alberdi, Carmen Retenaga e Iciar Badiola muestran el trato que recibían en las industrias que trabajaron /Félix Moquecho
Ana Alberdi, Carmen Retenaga e Iciar Badiola muestran el trato que recibían en las industrias que trabajaron / Félix Moquecho

«Hasta que no llegó la democracia no se les obligó a los mandos a cumplir los derechos laborales»

ALBERTO ECHALUCE

No se podría entender la historia industrial de Eibar sin la presencia de la mujer. Las fotografías antiguas nos transportan a una villa llena de oficios femeninos hoy casi desaparecidos (molineras, seroras, lavanderas...), pero con el surgimiento de las fábricas se llenaron de operarias y trabajadoras que fabricaban, todo tipo de productos, codo con codo con los hombres, pero con una lucha diaria dirigida a conseguir «a igual trabajo igual salario», es decir la equiparación salarial, «y si nos enterábamos que en algún sitio se cobraba más hacíamos huelga para tratar de conseguir eliminar las diferencias», señalaba, Ana Alberdi, trabajadora, primeramente, de Guisasola y Cia, a partir de 1967, y después de Electrociclos, en 1971 hoy bajo el nombre de Rothenberger, hasta que se jubiló en el 2009.

Sin embargo, Iciar Badiola, con 40 años de trabajo en la Monroe, en Ermua se sentía muy molesta del maltrato laboral que sufría la mujer. «Teníamos un encargado que odiaba a la mujer, como figura humana. Nos hacían limpiar las secciones de los hombres, con ellos comiendo el bocadillo. Abofeteaba a las mujeres si no estaban a la hora. A nosotras no nos dejaban ni movernos. Esto generaba una excesiva sumisión, por miedo, de las mujeres a los encargados que les hacía aceptar todo». Igualmente, Badiola, recordaba las categorías existentes, entre directivos, encargados de sección y obreros cualificados y el resto de la plantilla, «en donde hombres y mujeres que llegaron a Ermua con la maleta ocupaban los peores trabajos, y si estabas enfermo o tenías algún accidente, o estabas embarazada no existía ningún derecho y tenías que seguir al pie del cañón. Nuestra lucha diaria consistía en que respetaran como personas». En esta vida dura a la que se refiere Badiola estaba incluso en la diferencia de calzado. «Los hombres tenían botas de seguridad, pero las mujeres estábamos en el abandono. Y, si te mostrabas contraria a los atropellos todas las represalias caían sobre tí», decía Badiola. No obstante, los cambios llegaron en plena transición democrática. «Hasta que no llegó la democracia no se obligó al cumplimiento de los derechos laborales. Empezó a regir el Estatuto de los Trabajadores y todo fue diferente».

En fábricas como Beistegi Hermanos S.A. era conocido el trabajo de las mujeres hasta el punto que la fama les hacía ser acreedoras de ser las que mejor acabado daban a los punzones. Muchas trabajaban fabricando sopletes y elevando piezas de considerable peso, pero una vez contraído matrimonio acostumbraban algunas a dejar la empresa, aunque otras muchas seguían en ella,y por aquel entonces los sábados y domingos también se solía trabajar.

«Paga extra a la espalda»

Igualmente, las condiciones de trabajo eran muy duras, especialmente en todas aquellas que trabajaban con materias contaminantes y sin medidas de protección. «Hasta el año 1944, en el que se estableció la seguridad social, los trabajadores no cotizaban, con todos los riesgos que ello contaba. Muchas se ocupaban de bañar en níquel, estaño y plata los reflectores de las cafeteras, tostadoras y calefacciones, por lo que en cuanto el líquido se les derramaba encima podían producirse quemaduras», expresa Arantza Lasa, en su libro `Historia de las Mujeres en Eibar´.

Las empresas de bicicletas BH, GAC, Etxabe, Arizmendi y Cía, SL empleaban un elevado número de mujeres fabricando carretes de las ruedas y pedales para las bicicletas, así como en la fábrica de Mateo Careaga, en labores de pantografía. A partir de esta época la grabación se erigió con fuerza en Eibar, si bien posteriormente estas fábricas introdujeron modificaciones para convertirse en joyerías. «A partir de 1975 cuando llegó la democracia la mujer empezó a desempeñar labores directivas», decía Alberdi, aunque también decía que «las que trabajábamos en oficina nos consideraban las chicas monas y no recibíamos mucho sueldo. Una vez se negoció una paga extra a nuestras espaldas, asunto que nos molestó muchísimo».

Por su parte, Carmen Retenaga, hablaba de la existencia de mucha flexibilidad en Alfa, en donde trabajó a lo largo de 39 años. «Me llamaron para trabajar en la microfusión y les pedí si podía disfrutar de las vacaciones e incorporarme a finales de agosto y aceptaron no sin ponerme cara de sorpresa». También Retenaga decía que trabajaba con otras 35 mujeres en la fabricación de piezas de cera. Tras unas dolencias en los huesos pudo cambiar de sección. «Recuerdo que el que metía más horas cobraba primas. Siempre recibí un trato respetuoso. No me puedo quejar».

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