Valls

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Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Empiezo a pensar que el cine policiaco nos ha hecho mucho daño. De todas esas series y películas que nos tragamos de niños y adolescentes, la única frase que podría repetir de carrerilla es esa de: «Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra». Y me temo que no he sido la única en interiorizarla. En estos tiempos esa muletilla es el lema universal. Hoy cualquier cosa que diga un personaje público y que se salga un milímetro del margen de lo considerado correcto no es que pueda, es que sin ninguna duda va a ser utilizada en su contra. Y de la manera más feroz e irracional. Es lo que le ha pasado a Arturo Valls, que ahora va por las emisoras de radio justificando sus palabras en la alfombra roja de los Goya. A Valls le han condenado a llevar una letra escarlata: la M de machista. Y todo porque dijo que en noches como esa era mejor hablar de cine y de lo que cuesta hacer una película y no «marear» con otros temas. La verdad es que lo de marear podría habérselo ahorrado, pero yo juraría que, con palabras más suaves y quizá más acertadas, le escuché declarar algo muy parecido a Leonor Watling... Y nadie la ha acusado de insolidaria con su propio género.

Estamos en lo de siempre. Se ha establecido un catecismo de lo políticamente correcto y no es que no se permita la disidencia... Es que no se admiten ni siquiera los matices. Por supuesto que no es de recibo que un ser humano gane más dinero que otro por realizar el mismo trabajo. ¿Pero acaso defendió eso Arturo Valls? No le conozco, así que no descarto que en la práctica trabaje por la igualdad más que muchos otros a los que se les llena la boca de grandes palabras. De hecho, cada vez que oigo a un hombre dárselas de gran feminista me echo a temblar. Dime de qué presumes...

Y luego está lo de Leticia Dolera. Ella también ha tenido que matizar sus palabras. Por querer lanzar un dardo a los hombres («Esto es un precioso campo de nabos») ha herido de rebote a las mujeres con pene... El supuesto patinazo de la megafeminista Dolera demuestra que, como diría aquél, ya no hay para dónde hacerse. Que efectivamente todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra. Porque hoy el mundo no es un lugar con 7.000 millones de habitantes, sino un planeta con 7.000 millones de aludidos.

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