pulserita

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Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Cada vez que alguien me habla de patria me echo la mano a la cartera», le oí decir una vez a Pedro Ruiz. No podría estar más de acuerdo. Son muchos los que se envuelven en la bandera de su terruño después de haberlo esquilmado. A excepción de la famosa alfombra voladora (y no está demostrado que exista) no hay pieza de tela con más poderes mágicos que una bandera. Limpia mejor que un Spontex, sirve para correr un tupido velo, para tapar las vergüenzas, para investir de autoridad y para cargar de razón a quien la ondea o se la pone de capa. Es apta para cualquier temporada del año y nunca pasa de moda. Además, como cualquier prenda clásica de fondo de armario dispone de complementos a juego. Entre ellos, la socorrida pulsera.

Ricardo Costa, ex secretario general del PP valenciano, ha exhibido estos días durante el juicio del caso Gürtel una cinta en la muñeca con la bandera de España, que era verla y ponerte a canturrear ‘Pulserita tú eres roja, pulserita tú eres gualda’. ¿Cuál sería el mensaje?, me pregunto. ¿Yo por mi patria mato, como Belén Esteban por Andreíta? No. Creo que más bien: Yo por mi patria mango, desvalijo, defraudo y extorsiono... Y luego me arrepiento. Todo (lo que te puedas imaginar y más) por la patria. Recuerdo que en un viaje a Miami una amiga catalana (muy catalanista ella) me comentó el asqueo que le producía la exagerada exhibición que hacían los yanquis de su bandera. «Eso de ponerla en el jardín me parece el colmo», protestaba. ¿No sueles colgar tú la senyera en tu balcón?, le pregunté. «Yo sí, muchas veces. Pero no es lo mismo», me dijo. Comprendí entonces que quienes ejercen de patrioteros tienden a no reconocerlo ni reconocerse entre ellos... Ahora observo con pasmo y ternura esas banderitas de juguete que Puigdemont y los suyos colocan en la mesa cada vez que se reúnen en Bruselas. Una es la europea. La otra es la catalana. La de España por lo visto la dejan para que Costa se la ponga de pulsera... A los que pasamos de patrias no nos queda otra que refugiarnos en la república independiente de nuestra casa. Nuestro único estandarte: el felpudo. A estas alturas, mucho menos pisoteado y más higiénico que muchas banderas.

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