Nieve

Nieve
Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

En mi ciudad, que es Bilbao, nunca ha nevado mucho. Al menos, desde el 60 para acá. Hay gente que recuerda la primera vez que vio el mar. Los que nacimos a dos pasos de la costa éramos demasiado bebés como para acordarnos de aquel primer impacto. Nos fuimos acostumbrando a la inmensidad, la sal y las olas sin apenas darnos cuenta. Igual que nos acostumbramos al sol, la niebla o el sirimiri. Sí recuerdo en cambio la primera vez que vi nevar, al menos de forma consciente. Se me ha quedado grabada porque salimos a la ventana mi hermano y yo. Dos niños ilusionadísimos. La nieve (como el arco iris) suele producir ese efecto euforizante. Consciente de ello, mi madre nos dio a cada uno un colador para que pudiéramos recoger los copos. Que estaban fríos, que caían mansamente, que eran blanquísimos...

Ahora la nieve cobra proporciones de destructiva amenaza. Se ha convertido en un fenómeno que, lejos de ilusionar, atemoriza. Ocupa dos tercios del telediario. Más incluso que el ‘procés’, lo cual le otorga proporciones de hecatombe apocalíptica. La sensación es que vivimos inmersos en una película de catástrofes. No hay semana en que no estemos en algún tipo de alerta: naranja, roja, amarilla... Cuando no es por lluvia es por viento, cuando no es por viento es por olas, o por frío o por granizo... Una especie de semáforo del desastre que debería tenernos paralizados pero que más bien, por constante y repetido, consigue el efecto contrario: que oigamos esas advertencias como quien oye llover. Y, como ocurrió el día de Reyes, no les hagamos ningún caso.

Ya sé que hoy todo es espectáculo. Que el ‘show’ debe continuar y que, en este decorativo contexto, el clima, con sus vistosos efectos especiales, no podía quedarse fuera de la representación. Pero conviene no exagerar. Nevar ha nevado siempre, como intentan advertir los más viejos del lugar a esos recién llegados reporteros que absurdamente se empeñan en retransmitir una granizada sin paraguas. Algunos parecen tan poco habituados a la nieve como mi hermano y yo en la remota tarde de los coladores. ¿No hay una forma de tomarse el clima con más naturalidad y menos sensacionalismo? Porque la nieve sigue cayendo igual, mansa y silenciosa... Pero nunca había hecho tanto ruido.

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