LAVADORA

LAVADORA
Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Recuerdo que en una entrevista el escritor Francisco Ayala, ya hacia el final de su vida, me confesó que cuando acudía a una oficina bancaria o a la sede de un organismo oficial para realizar una gestión siempre buscaba con la mirada, tras la ventanilla o el mostrador, a alguna mujer. Y se dirigía a ella. «Las encuentro más resueltas, más vivaces», me decía. No pude evitar darle la razón. Yo también he pensado muchas veces que las mujeres tenemos un plus especial, que somos la sal de la Tierra. Veo esa imagen de la colombiana Jessica Hernández recorriendo las calles de su barriada con la lavadora al hombro para alquilarla de casa en casa y siento orgullo. Me parece la metáfora perfecta del coraje que es capaz de echarle una madre o cualquier mujer para salir adelante.

Hoy es nuestro día y está bien que estemos encantadas de conocernos. Pero conviene también que no se nos vaya la mano. En el mundo existen (y lo digo porque vivo rodeada de ellos) hombres sensibles y evolucionados. Algunos más feministas que muchas mujeres. Hombres que comparten las tareas con toda naturalidad, que son nuestros compañeros y nuestros iguales. Entre los progres de los 80, cuando me tocó ser universitaria, por suerte abundaban... Por eso me sorprende tanto esta involución y no acabo de entender de dónde ha podido brotar esa mata de jovencitos energúmenos, machistas y controladores que tan ridículos, trasnochados y patéticos nos hubieran resultado hace treinta años.

No soy partidaria de ese feminismo revanchista, ‘hooligan’, en plan ‘semos’ las mejores y hay que aplastar al equipo rival; el que pretende dar la vuelta a la tortilla y hacerles a ellos lo que durante siglos nos hicieron a nosotras. Ni por supuesto el que criminaliza a cualquiera que, como ahora la cantante Bebe, ose introducir la mínima disidencia o matiz; ese feminismo tan sobrado de razón y tan falto de autocrítica... Pero sí creo que hoy nos toca alzar la voz. Porque veo la imagen de Jessica Hernández por las calles de ese arrabal de Bogotá y siento rabia. Es la perfecta metáfora de cuántas mujeres (inteligentes, competentes) tienen que ir todavía por el mundo con la lavadora a cuestas.

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