El juez Castro cuelga la toga

El juez Castro, a su salida del juzgado en la moto con la que solía ir a trabajar. / ÚLTIMA HORA

El instructor del ‘caso Nóos’ se jubila hoy tras haber sentado en el banquillo a la infanta Cristina. «No me gustaría pasar a la historia por eso», confiesa a sus 72 años, 40 de ellos en el oficio

SUSANA ZAMORA

No le gustaría pasar a la historia como el juez que sentó en el banquillo de los acusados a una infanta de España, Cristina de Borbón, y a su marido Iñaki Urdangarin por el ‘caso Nóos’, ni ser recordado con esa «etiqueta» después de 40 años de oficio. Ayer, José Castro Aragón (Córdoba, 1945) hacía su último paseíllo por la segunda planta del edificio que alberga los juzgados penales y de instrucción de Palma de Mallorca para celebrar, con inusitado interés, tres juicios rápidos. Hasta tuvo que disculparse, haciendo gala de su afabilidad, con uno de los condenados por los ‘flashes’ que le perseguían y que asistía atónito a tanto revuelo mediático. Pero todavía habrá de volver una vez más a los juzgados. Seguramente en su vetusto deportivo BMW-Z3 después de tener que dejar la conducción de motos de gran cilindrada por prescripción médica. Será hoy, cuando ya sólo acuda «a firmar» su jubilación, que, «de no haber sido forzosa», le habría mantenido unos años más al pie del cañón. «No estoy preparado anímicamente para despedirme de mis compañeros; llevan 27 años soportándome, una de las condenas más duras que se han impuesto en Baleares», ironizó ayer a su salida del juzgado.

Separado y con tres hijos, Castro debía haberse jubilado en 2015, cuando cumplió 70 años, pero una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial le permitió solicitar una prórroga de dos años, que le fue concedida, para poder acabar con la instrucción de todas las piezas que aún estaban abiertas por el caso Palma Arena. Una macrocausa, que estalló en 2009 y que acabaría con el Gobierno autonómico del popular Jaume Matas, acorralado por la investigación que llevaban a cabo el juez Castro y su inseparable compañero, el fiscal anticorrupción Pedro Horrach. La dimensión que alcanzó este proceso judicial, en el que se investigaba el sobrecoste en las obras de un velódromo, fue tal que tuvo que dividirse en 27 piezas. Aunque la gran sorpresa llegó cuando un expediente hallado durante el registro del velódromo puso sobre la mesa el nombre de Iñaki Urdangarin. El juez Castro empezó a tirar del hilo y a investigar los pagos, supuestamente irregulares, del Gobierno balear a la empresa Nóos Consultoría Estratégica (Urdangarin fue su socio fundador) y el papel que jugaba la infanta Cristina en todo el entramado. 71.000 folios de causa, 329 personas entre testigos e imputados y un alcance institucional y mediático, no exento de presiones y pactos en la sombra, que puso a prueba la honestidad de Castro.

Hecho a sí mismo

Hoy se jubila siendo el magistrado que más tiempo ha estado al frente del mismo juzgado de instrucción en Palma, al que llegó en 1991 tras pasar por varios destinos y tras una etapa como funcionario de prisiones. Este periodo le marcó para siempre y le enseñó a reflexionar cada vez que mandaba a alguien a la cárcel. Niega una y otra vez que llegara a ser juez por el cuarto turno. «Fue por oposición y a la primera», tal y como recoge Pilar Urbano en su libro ‘Pieza 25. Operación Salvar a la Infanta’, en el que la periodista disecciona el caso de corrupción descubierto en Mallorca. «Fue un niño que creció en la opulencia, gracias a las tres herencias que recibió su padre. Sin embargo, éste no supo administrar la fortuna y arruinó a la familia, tanto que Castro tuvo que estudiar por libre a la vez que trabajaba para poder sacarse la carrera», asegura Urbano a este periódico.

De las múltiples entrevistas «casi clandestinas» que mantuvo con el juez, la escritora saca tres conclusiones: el desacuerdo de Castro con la sentencia; su convencimiento de que había habido un complot de Estado para salvar a la hija del rey emérito, y el de que, pese a su absolución, la infanta Cristina había sido cooperadora necesaria «para que Urdangarin delinquiese».

Castro niega que sea un juez valiente (le horrorizan las culebras), «sólo hay que ser honrado», puntualiza en el libro. «Debo de ser bastante insensible cuando las presiones no me han hecho mella», confiesa el magistrado. Dice que en la ‘pieza 25’ no veía más reto que el de cualquier otra instrucción: hacer justicia sin lesionar la verdad. «Por eso, ley en mano y en conciencia, decidí imputar a la hija del rey Juan Carlos». La decisión le costó su amistad con el fiscal Horrach, cuya oposición a imputar a la Infanta tomó Castro como una «traición». Sin embargo, su imagen de juez íntegro le hizo ganar popularidad y ser reconocido el pasado mes de octubre como Hijo Predilecto de su ciudad.

Aunque en su día Podemos le llegó a proponer ser su líder en las islas, Castro descarta ahora adentrarse en la política. Seguirá dando clases, escuchando a Sabina y canturreando fandangos y coplas. Por fin tendrá tiempo para aprender a tocar esa guitarra que tantos años lleva colgada en la pared, y quién sabe si cumplirá ese sueño de ser camionero y viajar por el mundo.

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