Burka

Burka
Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Agatha Ruiz de la Prada está talibanizando su divorcio. Se lo está tomando demasiado a la tremenda. Hace unos días acudió a firmar los papeles envuelta en un burka. Y no es la primera vez. Ya fue al juzgado de esa guisa en verano, que tiene más mérito. Lo raro es que desde agosto hasta aquí no se le haya ocurrido personalizar tan siniestra prenda con alguna flor de fieltro amarillo canario o con un corazón rosa chicle, que es la marca de la casa... Burka y Agatha Ruiz de la Prada son dos conceptos antagónicos. O eso creíamos. Pero está claro que una nunca se conoce lo suficiente. A Agatha ha tenido que dejarla plantada el marido para que le salga la viuda italiana (o talibana) que lleva dentro. Dice que el burka se lo puso porque no quería que él la volviera a ver. Y lo que ha conseguido es justo lo contrario: que la vean él y todo el mundo, haciendo el ridículo.

La diseñadora no se cansa de repetir que a ella no le importa el qué dirán. Pero sí le importa, y mucho, el ‘que digan’. Que se hable de ella, incluso bien. Antes de dedicarse a la ropa (o a lo que se dedique) Agatha iba para psiquiatra; por lo tanto, no se le escapará que la maniobra del burka sigue la contradictoria lógica del adolescente que se esconde para llamar la atención. Lejos de ocultarla, el burka le ha dado una visibilidad tremenda. Tal vez eso pretendía su herido subconsciente, que Pedro J. se fijara en ella por primera vez en muchos años. Porque, no nos engañemos, llega a presentarse Agatha en el juzgado con maxiabrigo de peluche verde loro y un enorme corazón de lentejuelas en la cabeza y habría pasado totalmente inadvertida para su ‘ex’, que a estas alturas ya debe de ser inmune a las fosforescencias.

Al revés que en la novela de Reyes Monforte, lo de Agatha es un burka por desamor, por despecho. Aunque quién sabe si el divorcio no habrá sido una revancha de Pedro J. contra la mujer que durante tantos años le eligió las corbatas... Como escribió García Márquez, los matrimonios suelen pasar media vida «pastoreando rencores». Aún así, lo del burka sobraba. Primero, porque no conviene frivolizar con un atuendo que esconde tanta humillación e injusticia. Y segundo, y principal, porque el burka entorpece la visión y los papeles del divorcio hay que mirarlos con lupa.

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