La bestia

La bestia
Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Un pavo real encaramado a la copa nevada de un árbol. Si tuviera que elegir una imagen poética, evocadora y risueña de las muchas que dejó ayer la gran nevada en el parque de mi ciudad me quedaría con esa. En segundo lugar, un naranjo cuajado de enormes naranjas coronada cada una de ellas por una gruesa capa de helado de nata y, en tercero, esa altiva palmera tropical travestida de nórdico abeto navideño. Como todo en esta vida, la nieve también tiene su cara B, su lado oscuro... Ayer mismo, por ejemplo, desde mi ventana presencié el embarrado ‘chof-chof’ marronáceo en el que pocas horas después degeneró aquel acolchado e impoluto manto blanco. La nieve causa contratiempos y accidentes, es cierto. Pero su cara A es encantadora.

No sucumbiré a la cursilería de afirmar que la nieve nos hace mejores. Pero sí diré, porque ayer lo comprobé empíricamente, que de alguna manera nos devuelve a la infancia, sobre todo en los lugares donde solo nieva en serio cada 30 años. Cuando empiezan a caer los copos, quizás por la lentitud y levedad con la que se precipitan, nos dejan medio alelados. Amnésicos. Como si cada vez que nevara fuera la primera que vemos nevar. Y ese manto blanco que todo lo iguala y amortigua detiene por un ratito a nuestro peor enemigo: la prisa. Esa que literalmente no nos deja vivir. Nieva mansamente y es como si el tiempo se acomodara de nuevo a su ritmo real, volviera a su ser. La gente camina por una vez despacio (aunque solo sea por miedo a resbalar) y por un momento deja de consultar el móvil o el reloj para abrir los ojos de par en par al singular espectáculo que se despliega a su alrededor. Un minuto después, por supuesto, comienzan los ‘selfies’, los vídeos y el envío de whatsapps.

Ayer había que inmortalizar a la temible ‘bestia del Este’. Pero en el parque, esa bestia era tan fotogénica como el monstruo de ‘La forma del agua’. Era una madre transportando a su alborozado hijito en un improvisado trineo o los escolares resbalando por la pendiente entre carcajadas para celebrar que no había clase o esa batalla campal de bolazos (una de las pocas guerras en las que solo puedes morirte de risa) y esos risueños muñecos de nieve... Tiene razón Guillermo del Toro. A veces la bestia es bella.

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