Un líder sabio y un virtuoso

Dos buenas bandas apoyaron las actuaciones de un Larry Carlton magistral y un Stanley Clarke un tanto cansino

Larry Carlton ofreció un recital memorable sobre la tarima de Mendizorroza.
Larry Carlton ofreció un recital memorable sobre la tarima de Mendizorroza. / Jesús Andrade
Natxo Artundo
NATXO ARTUNDO

La altura musical del Festival de Jazz de Vitoria fue muy elevada en la primera jornada dedicada a este género que da nombre al ciclo. Pero desigual. O, tal vez, no. La explicación puede residir en que la primera parte —protagonizada por Larry Carlton y su banda— tuvo a un público fresco y la segunda —con la Stanley Clarke Band— tenía una audiencia ya en buena parte saciada con la excelencia musical del californiano y sus tres músicos germanos. La cuestión estaría en la respuesta a una pregunta: ¿Dónde está el umbral de saturación de cada oyente? Esto es algo que varía tanto en función de la velada, del nivel de atención a las propuestas musicales, de lo que se implique cada cual o de si se escuchan composiciones más o menos conocidas, entre muchas otros aspectos. Lo cierto es que los programas dobles del festival pueden jugar a la contra de quien cierre una noche con un grandioso comienzo.

Carlton es guitarrista más versátil que ha pisado la tarima de Mendizorroza en un festival de jazz

En cualquier caso, la cuestión la tendrán que valorar los aficionados que tan sólo llenaron tres cuartos del polideportivo que, en su arranque jazzero, contó con el inigualable ‘Mr. 335’. Tan sólo utilizó Larry Carlton una guitarra Gibson de esa numeración en todo el concierto. El bonito instrumento, con unos años ya de carretera a tenor de su ‘vintage’ acabado en tres tonos, fue más que suficiente para que el maestro de Torrance diera toda una exhibición de su saber musical y de su toque virtuoso. El arsenal sonoro, con pedales de delay, chorus y otras herramientas, tan sólo le permitía matizar un sonido que él tiene en sí mismo. Y es que, a riesgo de repetir la idea, se trata del guitarrista más versátil que ha pisado la tarima de Mendizorroza en un festival de jazz —en dos ediciones ya, y que vengan más—, ni más ni menos.

Suaves arpegios

Pero vamos a ver qué hizo el señor que mañana estará tocando en California con Steely Dan. Empezó con modestia, solo con su guitarra eléctrica a base de suaves arpegios para hacer una balada llena de detalles. Como unos toques de ‘tapping’ —sutiles, con el índice derecho sobre el diapasón— o unos suaves matices aquí y allá. Ataviado con una camiseta que rezaba ‘Tiki Resorts’ de color amarillo —nada de supersticiones en escena, como algunos peninsulares—, unos vaqueros con rotos y unas zapatillas de lona azul, soltó tras los aplausos unas frases musicales inequívocamente bluseras y se lanzó al ritmo funk. Ahí le acompañaba Claus Fischer con un bajo con peso y autoridad, mientras Hardy Fischötter tocaba una batería efectiva, pero no efectista.

Tras una demostración de uso de acordes arriba y abajo del mástil, la guitarra de Carlton desarrolla el material marca de la casa. Luego, Wolfgang Dahlheimer inicia un riff en su teclado Nord Stage 2 —tenía también un par de yamahas, pero para el sonido de piano eléctrico, el sueco es de lo mejor— para que el grupo aporte una base perfecta para las seis cuerdas, que utilizan las intensidades y dinámicas como herramientas para crear música e impactar en el oyente. Las dosis de electricidad e incluso los intercambios de frases de las teclas y el guitarra estaban bien medidas, dentro de un concepto jazzístico clásico, donde el tema principal deja paso a algunos solos y se retoma para el cierre.

Y el cierre de la primera parte incluyó el material más conocido, con el ‘Josie’ de Walter Becker y Donald Fagen o el clásico ‘Sleepwalk’ (de Santo & Johnny, versionado también por otro gran guitarra como Brian Setzer). El segundo tema del bis fue el ‘Room 335’, donde hubo unos pequeños acoples. Y es que la perfección no existe.

Claro que la banda de Stanley Clarke prometía algo cercano a lo mágico sobre el papel. Y el arranque eléctrico con el bajo Alembic —una maravilla de más de 10.000 euros— tocado por tan magistrales dedos prometía mucho. Sonó funk y ‘slap’ con apabullantes ráfagas de notas graves y no tan bajas, en un riff con un ostinato en plan ‘Third Stone From the Sun’ de Jimi Hendrix. Beka Goschiaschivili, piano y teclados; Mike Mitchell, batería, y Cameron Graves, teclados, completaban la formación. Y el cuarteto entró ‘con todo’, como un demoledor coloso en lugar de buscar la progresión como Carlton.

El baterista de Dallas, Texas, vestido con una camiseta de hockey, fue impresionante en todo momento, con recursos e intención sobrados. Lo de los teclistas fue un tanto desigual: son magníficos ambos, pero el georgiano —impecable con el piano— pudo cargar un poco con los solos de sintetizador —sí, con ese sonido que desde hace décadas ha saturado al oyente, lo tocara Chick Corea o Joe Zawinul— y el «príncipe planetario», como lo presentó Clarke, tuvo también sus más y sus menos.

El señor Clarke se gusta demasiado con el contrabajo y tiende a ponerse un tanto cansino en plan virtuoso

Pero el principal problema fue el de siempre con el señor Clarke: se gusta demasiado con el contrabajo y tiende a ponerse un tanto cansino en plan virtuoso. Y en un concierto de jazz no resulta buena idea que sobre el escenario se lo pasen mejor que en los asientos del recinto. En fin, que sonaron temas de Joe Henderson, Charles Mingus o George Duke, detalles que remitían a Zappa o a Star Trek e incluso un arpegio pianístico que a más de un guitarrista —y había muchos allí— le sonaba a ‘Ballerina’ de Steve Vai.

Al final, recobró Clarke su Alembic pero ya la suerte estaba, más que echada, recostada. Algunos hasta se preguntaron qué hace un tipo así de alto y con esos dedos tan largos tocando bajos eléctricos de escala corta. Pues hace música, mucha música.

Festival de Jazz de Vitoria 2017

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