El señorío de Izki
PABLO MARTINEZ ZARRACINAÁNGEL RESAVITORIA.
Varias comarcas de Álava han firmado una alianza con la naturaleza que les reporta beneficios económicos y espirituales. Los primeros proceden de ese ejército desarmado de visitantes que convierten pueblos como, por ejemplo Maeztu, en un lugar muy concurrido los domingos. De ello se aprovechan, y hacen bien, los restaurantes habituados a alimentar festejos familiares. Los segundos guardan relación con el chute diario de serenidad que debe deparar la contemplación de tan extensos bosques frondosos en torno a este enclave de la Montaña Alavesa. De aquí parte uno de los accesos importantes al parque natural de Izki, emblema paisajístico de la zona con una de las mayores extensiones europeas de roble marojo.
Maeztu vivió tradicionalmente de un cóctel que incluía la siembra de cereales y patatas como ingrediente fundamental, combinado con los abundantes empleos que generaban las minas de asfalto y las empresas dedicadas a los materiales de construcción. Para voces muy autorizadas, la cantera de Laminoria es reponsable directa de la buena calidad de vida en el municipio porque el dinero fluye cuando hay estabilidad laboral. Sin embargo, hace medio siglo Vitoria y La Llanada agitaron sus imanes industriales y parte de los moradores de la Montaña atendieron los cantos de las sirenas fabriles. Sobran dedos de una mano para contar el personal que se nutre ahora únicamente de la labranza.
El municipio se despobló entonces, hasta el punto de perder la farmacia por falta de habitantes, pero ya hace un tiempo que el vértice de inflexión derivó en un repunte demográfico. Parejas jóvenes se asentaron en los adosados junto al Ayuntamiento -la antigua estación del ferrocarril vasco-navarro de estética regional- y no sólo detuvieron la caída, sino que dotaron de savia nueva al pueblo. Ese rejuvenecimiento se traduce en agudas voces infantiles, sesenta niños, alumno arriba o abajo, que brotan desde el interior del colegio de Primaria. La escuela comparte plaza con el frontón al aire y sin pared izquierda que corona la ikurriña y el cubierto, que anuncia la participación de parejas masculinas, femeninas y mixtas en el campeonato de frontenis.
Como dice un antiguo regidor de la localidad, Maeztu es un lugar «muy cuidadito». Al visitante lo recibe una hornacina de San Cristóbal talla XL que admite limosnas por la ranura. Se encamina uno a la calle Resbaladero, qué atinado el nombre, y deja a la derecha el amplio consultorio médico. La postal desprende aromas de pueblo verdadero, de casas auténticas sólo alteradas por la acristalada oficina de la Caja Vital. El Papamoscas aguarda el cambio de hora para saludar desde el reloj parroquial de la Invención de la Santa Cruz. Una callejuela umbría posterior desemboca en la Casa Consistorial, los chalés mancomunados y el moderno multiusos desde el que Epi guitarrista, rey de la ludoteca, mira con sus ojos de fieltro la inmensidad frondosa del monte.
Al juntaletras le interesa conocer si Maeztu es o no inmune a la recesión económica que zarandea cualquier navío. «Tenemos un pequeño polígono industrial al que la puñetera crisis ha afectado mucho. Pero la calidad de vida es alta. ¿Paro? La gente de aquí no se apunta a las ofertas del Ayuntamiento». Las mismas fuentes claman, no obstante, por «alguna empresa que fije a la gente en el pueblo». Los chiquillos de Primaria gritan a su manera que tal objetivo va camino de cumplirse.
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