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Elecciones EEUU

Eterna derrotada

Hillary Clinton.
Hillary Clinton. / AP
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  • Hillary Clinton dice adiós a su sueño de romper el último 'techo de cristal' tras una campaña que ha puesto de manifiesto sus numerosos puntos débiles

  • Figura poralizante desde hace más de un cuarto de siglo, la antigua primera dama no ha sabido combatir a un candidato que desafió todas las convenciones

Hillary Clinton se queda sin entrar en la historia. La demócrata ha fracasado de forma definitiva y apabullante en su afán de convertirse en la primera mujer en ser elegida para el cargo de presidenta de Estados Unidos. No ha podido romper el último 'techo de cristal' que aún quedaba sin pulverizar en la primera potencia mundial. Noventa y seis años después de que la décimo novena enmienda a la Constitución se convirtiese en ley, dando a las mujeres el derecho al voto, seguirá sin poder verse el rostro de una de ellas en los retratos presidenciales.

Clinton lleva más de un cuarto de siglo en la primera línea política. Un tiempo en que ha sido fustigada por los conservadores con una animosidad que tiene poco parangón en la historia. La animadversión que genera entre los sectores más a la derecha resulta visceral y data de los tiempos en los que su esposo, Bill Clinton, la situó al frente de su truncada reforma sanitaria.

Nacida en el seno de una familia de clase media de Chicago, su infancia estuvo marcada por la fría relación con un padre de adscripción republicana que se labró camino en la industria textil. Las disputas de Hugh Rodham con su madre, Dorothy, la convirtieron en una joven un tanto retraída que se volcó en sus estudios, en los que pronto destacó. Fue la primera estudiante que tomó la palabra en la ceremonia de graduación del prestigioso Wellesley College, centro en el que ejerció como presidenta de los Jóvenes Republicanos. El discurso que pronunció aquel día en respuesta a la intervención del invitado estrella, el senador afroamericano por Massachusetts Edward Brooke, atrajo el interés de la prensa nacional, que puso por primera vez sobre ella los focos.

Cambio de chaqueta

Especializada en Ciencias Políticas, Hillary Rodham comenzó a desencantarse de los ideales republicanos a raíz de la guerra de Vietnam y las turbulencias raciales vividas en la década de los sesenta. El juego sucio empleado por Richard Nixon contra Nelson Rockefeller en la campaña por la nominación republicana a las elecciones de 1968 provocó que abandonase definitivamente su simpatías por el 'Grand Old Party'.

Tras salir de Wellesley ingresó en la Facultad de Derecho de Yale, donde conoció al que poco después se convertiría en su esposo, Bill Clinton. Miembro de la comisión editorial de la revista 'Yale Review of Law and Social Action', su principal objeto de interés eran los casos de protección a la infancia y los temas sanitarios. En 1974 formó parte del equipo de la comisión de investigación que aconsejaba al Comité Permanente sobre Asuntos Judiciales de la Cámara de los Representantes durante el 'caso Watergate', que desembocó en la dimisión del presidente Nixon. De aquellos tiempos data su obsesión por el secretismo.

Cuando se le auguraba una brillante carrera en Washington, Hillary Rodham optó por hacer las maletas para mudarse a Arkansas con Bill, quien iniciaba por entonces su carrera política. "Elegí seguir a mi corazón en lugar de a mi cabeza", respondió en referencia a una decisión que asombró a sus más íntimos. Se instalaron en Fayetteville y se casaron el 11 de octubre de 1975. Tres años después, Bill se convertía en gobernador, con su esposa como principal asesora. Pero Hillary era vista como una extraña en la rural Arkansas y su decisión de mantener el apellido de soltera y su papel prominente contribuyó poderosamente a la derrota de su esposo dos años después. Aprendió la lección. Optó por dar un paso al lado, aceptando tomar el apellido Clinton. El fin justificaba los medios.

La 'Satanás' de los conservadores

En 1982 ambos regresaban a la mansión del gobernador, de la que no saldrían sino para mudarse a la Casa Blanca en 1992. La contienda con George H. Bush hizo aflorar los primeros escándalos sexuales de Bill, personificados por mujeres como Gennifer Flowers que hicieron tambalear su candidatura. La crucial intervención de Hillary saliendo al paso de las acusaciones en una entrevista en televisión antes de las cruciales primarias de New Hampshire salvaron las opciones de Bill. "No estoy aquí pegada a mi hombre como si fuera Tammy Wynette", subrayó Hillary, aludiendo a la cantante country y su tema 'Stand by your man' (Pégate a tu hombre). "Estoy aquí porque le quiero y le respeto y tengo en cuenta por lo que ha pasado. Y si eso a la gente no le parece suficiente pues, demonios, que no le voten", agregó desafiante. Los medios conservadores se cebaron con ella, pero los votantes aplaudieron su gesto, otorgando a su marido un segundo puesto en ese estado de Nueva Inglaterra cuando parecía acabado. Si alguien esperaba que se amoldase al tradicional rol de primera dama, podía esperar sentado.

Tras jurar el cargo el 20 de enero de 1993, Bill asignó a Hillary un papel central en uno de los proyectos estrella de su primer mandato, la reforma sanitaria. Los republicanos vieron una oportunidad de golpear al presidente allí donde más dolía y cercenaron la propuesta. El fracaso de Bill volvía a reposar sobre sus hombros. Y, una vez más, quedaba relegada por consejo del controvertido asesor Dick Morris, al que la pareja había recurrido ante la furia de parte de la Administración. La 'revolución republicana' comandada por Newt Gingrich, que devolvió a los conservadores el control del Capitolio en 1995, puso en jaque al presidente, cuyos logros económicos y esfuerzos en pro de la paz en Oriente Próximo quedaron oscurecidos por el 'escándalo Lewinsky'. Bill mintió al pueblo y a su esposa, que pese a ello permaneció junto a su marido en medio del escarnio público. Otra vez salvó su carrera. Y pese a que sus enconados adversarios atribuyeron su postura a un frío cálculo político producto de su desmesurada ambición, la popularidad de Hillary se elevó en medio de la tormenta.

Nunca más en segundo plano

Hillary marcó un nuevo hito al convertirse en la primera esposa de un presidente que lograba un puesto en el Senado mientras su marido aún estaba en la Casa Blanca. Pese a no haber residido anteriormente en Nueva York, los electores de ese estado le dieron su beneplácito, y Clinton se labró una imagen de centrista durante sus años en el Capitolio. No destacó especialmente en ningún aspecto legislativo, nadando siempre entre dos aguas para evitar crearse más enemigos de cara al futuro.

Parecía la candidata inevitable de los demócratas en 2008, pero un poco experimentado senador por Illinois la descabalgó. Barack Obama apagó su sueño presidencial, contraponiendo su mensaje de esperanza y cambio con la defensa del 'establishment' que parecía representar Hillary Clinton. Acabó claudicando tras una batalla feroz en la que incluso llegó a defender su empeño de mantener su candidatura cuando sus opciones habían quedado sepultadas aludiendo a la posibilidad de que su adversario fuese asesinado, como le ocurrió a Robert F. Kennedy cuando peleaba por la nominación en 1968.

Contra todo pronóstico, Obama le ofreció el puesto de secretaria de Estado y ella aceptó. El cargo de jefa de la diplomacia estadounidense le granjeó una popularidad mucho mayor de la que nunca hubo gozado. Y pese a que no pudo apuntarse ningún gran tanto en la esfera internacional y a lo reducido de sus atribuciones con un presidente que en muchos aspectos seguía recelando de ella y quería ser su propio secretario de Estado, salió reforzada de cara a un futuro nuevo intento por alcanzar la Casa Blanca que muchos daban por seguro.

El desgaste que su intensa actividad diplomática había causado en su salud resultó decisivo en su decisión de no repetir en el segundo mandato de Obama, retirándose del primer plano político y consagrándose a la Fundación Clinton y a sus actividades como conferenciante altamente remunerada. Pero el 12 de abril de 2015 anunció su intención de postularse para la nominación demócrata. Las encuestas daban por segura su victoria tanto en las primarias como frente a cualquier adversario republicano. Pero lo que parecía una coronación acabó tornándose en calvario ante el desafío planteado por el senador Bernie Sanders. Socialista confeso, Sanders se convirtió en el candidato predilecto por los sectores más a la izquierda del Partido Demócrata, presentando a Clinton como la favorita del 'establishment' y la abanderada de Wall Street frente a Main Street. Hillary debió fajarse mucho más duro de lo que los analistas habían vaticinado, pero finalmente logró la candidatura, convirtiéndose en la primera mujer designada por uno de los dos grandes partidos para la presidencia.

Despojada de la calidez y el don de gentes de Bill, a Hillary le costaba conectar con su audiencia. Sus detractores la presentaron como una figura fría, cínica, carente de empatía, desmesuradamente ambiciosa, deshonesta e incluso corrupta. Sus partidarios resaltaron su inteligencia, coraje y capacidad de trabajo. Los resultados electorales de este martes ponen de manifiesto que han pesado más en la mente de la mayoría de los votantes el primer grupo de características que el segundo. Obligada a batirse contra el candidato más imprevisible de la historia, un hombre que no ha reparado en medios para desacreditar a su rival, a la que llegó a tachar en el tercer debate presidencial de "mujer asquerosa" y que defendió que debía ser procesada por el caso de los correos electrónicos, la demócrata no ha sido capaz de capear todos los vendavales desatados tanto por el republicano como por el FBI, que le propinó el mayor golpe al reabrir la investigación sobre el uso de un servidor privado de correo cuando era secretaria de Estado. Una 'sorpresa de octubre' que ha contribuído a disipar para siempre su anhelo presidencial.

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