Cuando el despido llama a tu puerta

Tres trabajadores de empresas en crisis relatan su calvario ante su incertidumbre laboral. En Euskadi peligran alrededor de 4.000 empleos de compañías en dificultades, pese a la bonanza económica que dibujan las estadísticas

Manifestación de los trabajadores de la papelera CEL contra los despidos en las Encartaciones. /Iñaki Andrés
Manifestación de los trabajadores de la papelera CEL contra los despidos en las Encartaciones. / Iñaki Andrés
JOSÉ V. MERINO y JUAN CARLOS BERDONCES

En Euskadi hay registrados algo más de 132.000 parados en las listas de Lanbide, el Servicio Vasco de Empleo. Y siguen siendo muchos, aunque hace un año, cuando la recuperación económica aún no era un hecho tan evidente como lo es ahora, fueran bastantes más las personas atrapadas en el desempleo: otras 12.000.

En los últimos meses, el País Vasco está viviendo una situación notablemente contradictoria: en general las cosas van bien, sí, pero hay una decena de empresas industriales en los tres territorios vascos -algunas de ellas muy emblemáticas- que han entrado de nuevo en el bucle de la crisis, lo que pone en peligro sus 2.000 empleos directos más otros tantos indirectos.

Algunos datos

132.000
es el número de parados registrados en las oficinas del Servicio Vasco de Empleo.
33%
El PIB de Las Encartaciones es un 33% más bajo que la media de Bizkaia.

Son otros 4.000 dramas en potencia particularmente concentrados en tres zonas vizcaínas, la Margen Izquierda, la Zona Minera y Las Encartaciones. En el primer caso la sombra de La Naval es muy alargada, ya que el astillero sestaoarra, en concurso de acreedores aunque ahora en una especie de punto muerto porque hay numerosos movimientos para intentar la resurrección, es vital. En la Zona Minera, General Electric, al borde del cierre, está poniendo a prueba de nuevo a la comarca. Y en Las Encartaciones, la papelera CEL, también con la clausura sobre la cabeza, supone otro mazazo. Sobre todo porque la zona, para la que se ha puesto en marcha un plan de estímulo con doce medidas concretas que se aplicarán a partir de enero, tiene un PIB un 33% más bajo que la media del territorio. Y llueve sobre mojado, al haber sido particularmente golpeada por la última recesión.

Rubén trabaja desde hace más de diez años en la papelera. :: f. gómez
Rubén trabaja desde hace más de diez años en la papelera. :: f. gómez
Rubén Peña | Papelera CEL «Te preguntas ¿dónde voy a ir, habrá algo bueno?»

Mediados de noviembre. Entonces puede llegar lo peor para 211 de los 254 trabajadores de la papelera CEL, con plantas en las localidades vizcaínas de Zalla y Güeñes y en la alavesa de Artziniega. Rubén Peña San José tiene 35 años, lleva algo más de diez en el mantenimiento de Ecofibras de Aranguren, una de las divisiones, y es la primera vez que encara una situación ante la que «no sabes qué hacer»: estar al borde de quedarse sin trabajo.

- ¿Cómo lo lleva?

- Uff. No muy bien. Hay mal ambiente. Y aunque parece que no te afecta, lo cierto es que sí te afecta. La procesión va por dentro.

- ¿Y la familia?

- Se preocupan por ti, te tienen que echar una mano para organizarte. Mi padre trabajó en la planta de Artziniega y ya está jubilado. Te pregunta: '¿Qué negociáis, qué hacéis?'

Él, como sus compañeros, acumula muchos meses de zozobra, porque aunque la comunicación del ERE fue en agosto, para entonces la sociedad ya llevaba un mes en concurso de acreedores y, desde junio, con algunas factorías sin luz. Situación grotesca que incluso ha motivado una denuncia sindical: los vigilantes de Güeñes realizan el turno de noche sin corriente eléctrica, con lo que «tampoco funcionan los sistemas de alarma, entre ellos el de incendios».

A Rubén se le está haciendo todo «muy largo y muy duro. Todo es tiempo, tiempo, tiempo... Quieres que esto se acabe, para bien o para mal, hombre mejor para bien, para ver por dónde tiras. Que salgan las cosas por algún lado, pasar página». Y a veces, ser miembro del comité de empresa, en su caso por UGT, supone una carga añadida: la gente te mira porque cree que «sabes, que manejas». Y nada más lejos de la realidad. «Mi futuro será como el de los demás».

Los trabajadores de CEL, que exigen al Gobierno vasco -fue accionista- y a la Diputación de Bizkaia -dueña de terrenos y máquinas- que hagan frente a sus compromisos, están pendientes de que fructifique alguno de los proyectos interesados en la papelera: uno catalán, otro chileno y un tercero italiano. Las ofertas presentadas «son pobres» porque están basadas en «destrucción de empleo, rebajas salariales y condiciones malísimas, algo inaceptable porque esto es viable, genera dinero y hay que hacerlo valer».

¿Y si todo sale mal? Rubén, con casa en Aranguren, una mujer que tiene trabajo y un crío pequeño que atender, tendrá que «salir al mundo laboral y ver si hay algo bueno para nosotros, porque la situación de las empresas es complicada, y más en Las Encartaciones, donde ya hay mucha gente en la calle. Te preguntas, ¿dónde voy a ir, lejos de mi casa?» Al menos, la edad le acompaña. «Peor sería que todo esto me hubiera pasado con 45 años».

Igor frente a General Electric, donde lleva quince años.
Igor frente a General Electric, donde lleva quince años. / Pedro Urresti
Igor González | General Electric «No soy pesimista, siempre que llueve escampa»

«Si llegamos a febrero, llevaré aquí quince años. Primero entré en Alstom, que luego fue cambiando de nombres hasta llegar hace 18 meses a ser General Electric. Y aquí estamos». Pues sí, con un ERE que amenaza con llevarse por delante a Igor González Villegas -miembro del comité de empresa por CC OO- y a otras 114 personas de las 137 de la plantilla de la empresa en Ortuella, que cerrará. Las 22 que se salvarán serán ubicadas en otros emplazamientos. La planta, dedicada a la fabricación de pequeños generadores para centrales hidroeléctricas, es nuevecita, pero sus responsables norteamericanos creen que ya no hay negocio para su división en Europa, con multimillonarias pérdidas: 230 millones de euros el pasado ejercicio.

Igor, que trabajaba en la fábrica, con barras y bobinas, recuerda cómo empezó todo. «Primero hubo rumores, chismes de pasillo, que venían vacas flacas. Luego, la desaparición de alguna máquina y el desvío de trabajos. Después, que si el gerente se iba. Y por fin, que iba a haber una mala noticia». Vamos, que «era verdad». Porque en esas llegó Bill Amstrong, el responsable para Europa de la división Renewable Hydro de la multinacional americana, se subió a una tarima y en inglés -traducía el gerente- puso el despido colectivo encima de la mesa.

- No es normal que un directivo dé así la cara.

- Pues no. Y la verdad es que olé, con dos cojones. Pero él ya lo había hecho en Barcelona. No fue tenso, sino un discurso sin preguntas. Y...

- ¿Y ahora?

- Pues el lunes nos volveremos a reunir con la empresa. El otro día nos dieron documentos que pesan entre todos tres kilos, difíciles de entender para la gente de a pie.

Igor, que vive su primera huelga, su primer ERE y su primer cierre -se espera para finales de enero-, es de Ortuella, pero vive en Barakaldo. Con su mujer, que tiene trabajo y que no deja de animarle . Y con dos mellizas de casi seis añitos que, «gracias a Dios, no se enteran de lo que pasa». «Cuando me voy al piquete, les digo que aita se va al trabajo». Su madre, viuda, lo lleva peor. «Me dice 'hijo, tú duerme que yo tengo dinero para echarte una mano'».

Él, aunque la situación le está pasando «factura», se abona al optimismo. Con 35 años, sabe que tiene por «delante otros 30 de trabajo», y aunque no sabe de qué trabajará, una reunión que mantuvieron con la Diputación de Bizkaia le llenó de esperanza. «Tras cursos de reciclaje, de 80 habían recolocado a 57». «No soy pesimista. Hay alguna amistad, gente que te echa un cable...». Y por supuesto, está la familia. «Tengo hermanos y hermanas. Siempre que llueve escampa y hay que tirar adelante».

García confía en su experiencia para regresar al mercado.
García confía en su experiencia para regresar al mercado. / J. Andrade
Lucio García | Grupo Alber «Es difícil volver a encontrar un trabajo a los 60 años»

Cada mañana se levanta con un objetivo claro en su cabeza: encontrar un trabajo. Así lleva un par de meses, desde que el 31 de agosto conoció que su contrato por obra se rescindía. «La empresa tenía menos trabajo que en fechas precedentes y los jefes me dijeron que ya no contaban conmigo», explica Lucio García. Su labor, que venía desempeñando desde hace más de dos años, ya no era necesaria dentro del Grupo Alber, empresa dedicada al sector cárnico y ubicada en el polígono de Júndiz, en Vitoria.

- ¿Se lo esperaba?

- Hombre, ves en el día a día que la carga de trabajo y los pedidos son menores. Entonces te puedes hacer una idea.

- ¿Y cómo se encaja la noticia?

- Mal, muy mal. Los jefes me dijeron que iba a haber salidas de trabajadores y en mi caso yo había sido el último en entrar y, por lo tanto, el primero en salir.

Con 60 años, este vitoriano asume que su situación no es sencilla «y volver a encontrar un empleo con mi edad es una misión complicada». Pero no va a dejar de intentarlo «porque creo que todavía puedo aportar muchas cosas como mi experiencia y sigo teniendo ganas de trabajar». Además, no le gustaría cerrar con un despido -aunque su contrato no fuera indefinido sino por obra- su trayectoria profesional de «muchos años», añade, «porque nunca había tenido que pasar por esa desagradable situación de tener que escuchar que ya no cuentan conmigo».

Este oficial de primera trabajó como autónomo en una carnicería, recuerda, y luego estuvo otros veinte años empleado en una empresa también del sector. Hasta que entró a formar parte del Grupo Alber. «He trabajado a gusto, de cuatro de la mañana a doce del mediodía, despiezando carne para hacer productos frescos como chuletas, costilla... y también para embutidos elaborados como jamón o chorizo», relata García.

Su mujer y sus dos hijas -que también viven con ellos- sí tienen trabajo y, en este sentido, «la situación no es tan mala porque entran ingresos en casa». Pero él mantiene su disposición a volver a formar parte del mercado laboral, «pero no a cualquier precio. Lo que no hay derecho es que aún siga habiendo empresas que pagan sueldos muy por debajo de los mil euros», cuando la situación económica ha mejorado «de manera considerable o eso dicen, al menos, los que entienden».

Él hace cálculos entre ese sueldo que cobraría y «lo que me retendrían para la Seguridad Social» para aceptar una oferta laboral. Porque Lucio García también reconoce que su horizonte profesional «no va a muy largo plazo» y tampoco descarta pensar en una prejubilación una vez acabado el paro. «Porque ya me plantaría en los 62 años».

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