Un recorte terrible

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La decisión tomada por Siemens Gamesa de eliminar 6.000 empleos en su plantilla supone un auténtico bombazo. No hay duda de que estar presente en el mercado global impone una serie de restricciones, la mayor parte de ellas relacionadas con la coyuntura mundial, que provoca estos terribles espasmos. Una primera constatación es que la experiencia demuestra que los dirigentes, sobre todo si son nuevos, aprovechan el primer año de cualquier fusión o adquisición para embellecer a la empresa, despojándola de cualquier adiposidad y realizando toda posible provisión que limpie el pasado. De tal manera que el segundo año, este ya de su plena responsabilidad, se inicie de la manera más confortable posible.

La segunda constatación es que las plantillas no son ‘seguras’, por más que aspiremos a ello, como consecuencia de que la coyuntura es fluida e inestable. Lo que un día es un tamaño adecuado, al siguiente se convierte en una carga imposible de soportar. En consecuencia, tanto la flexibilidad como la adaptabilidad son exigencias de la supervivencia externa y no caprichos de la dirección interna.

Una tercera es que el arraigo (ese concepto un tanto etéreo del que tanto nos satisface alardear) es importante, pero no definitivo. En efecto, las mayores pérdidas de empleo se van a localizar en Alemania y en Dinamarca, mientras que en el País Vasco, en donde hay poco empleo industrial, y en Navarra, parece que permaneceremos bastante al margen de la terrible poda. ¿No hubiesen preferido los dirigentes alemanes de Siemens salvaguardar el empleo ‘próximo’? Seguro que sí. Pero, si bien es cierto que el empleo de proximidad acostumbra a estar más salvo en los momentos de turbulencias, en última instancia es solo la productividad y la competitividad las que determinan la localización final de los puestos de trabajo.

Una decisión que las empresas de implantación mundial, como es Siemens Gamesa, verifican cada día y por tanto nunca está ganada de manera definitiva. La seguridad no la da la presión, la da el buen hacer. Una lección dura y desagradable que conviene aprender lo antes posible y, luego, ser consecuentes con ella.

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