'Yo rato, tú bobo'

Rodrigo Rato./
Rodrigo Rato.
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Rodrigo Rato es un hombre muy inteligente y cuenta con amplia formación técnica en las materias de las que ha sido responsable. Es muy difícil llegar a ser un ministro de Economía exitoso, un vicepresidente del Gobierno poderoso, un director del Fondo Monetario Internacional indiscutido y un presidente de Bankia admitido sin oposición, si eres un zote. Pero es más cosas. También es un ejemplo clamoroso de soberbia, un alarde de engreimiento y un campeón de chulería. Por eso, todo lo que en su día fueron reconocimientos y alabanzas se han tornado hoy en varias acusaciones delictivas y en alguna sentencia condenatoria. En medio, una actuación inesperada y dañina en el FMI, que abandonó sin excusa satisfactoria; un comportamiento impropio como presidente de Bankia y unas prácticas fiscales que la Hacienda investiga, de momento con desproporcionada relación entre acusaciones y pruebas.

No sé cual será el destino judicial final de Rodrigo Rato, pero de momento tiene ya una condena por el uso fraudulento de las tarjetas ‘black’ y otros dos frentes abiertos en Bankia y en la presentación de sus impuestos. Tiene también, y esta está dictada sin posible revisión, la condena popular. Se ha convertido en uno de los mejores exponentes de la cultura del pelotazo, del funesto capitalismo de amiguetes y del desprecio hacia los reguladores que él mismo puso para regular lo que luego no cumplió. Este país soporta mejor la torpeza expresada con bondad y la ineptitud relatada con gracia que la insoportable altanería de un ser inteligente que sucumbió al mal de altura.

Su actuación de ayer fue lamentable. Él no tiene la culpa de nada y todos los demás son culpables de todo. Él lo hizo todo bien. Si González le dejó una herencia envenenada, Zapatero dilapidó la abundante herencia que él dejó. De Guindos -a quien en su día abrigó- hundió a Bankia por quitarle a él, y no al revés, y favoreció descaradamente a sus competidores. Se olvidó de contar a quién y por qué aupó a la presidencia de varios de esos competidores que luego, en su opinión, carroñearon a la entidad. Ni el Banco de España ni los auditores, probablemente ni los conserjes del ministerio, cumplieron con su deber que, al parecer, era darle la razón y seguir sus dictados.

Ayer, Rato ajustó cuentas... con sus fantasmas. ¿Mejoró su imagen? No. ¿Ganó amigos? Ni uno. ¿Calmó a la audiencia? Ni un gramo. Ayer Rato se gustó a sí mismo y se quedó vacío de reproches ajenos y ahíto de complacencia propia. Ayer Rato se hundió un poco más a los ojos de los españoles. ¿Cuántas toneladas de humildad se podrían comprar con un gramo de su soberbia?

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