La rebelión de los pensionistas

Diez jubilados reflexionan sobre su pasado y la «humillación» de que ahora «nos tiren un euro a la cara»

La rebelión de los pensionistas
LUIS LÓPEZ | SALVADOR ARROYOBilbao | Vitoria

La grandeza de un país y la dimensión de su progreso social pueden medirse por cómo trata a sus mayores. Por cómo trata, al fin y al cabo, a quienes construyeron esa sociedad. Pues bien, aquí y ahora, nuestros mayores están enfadados porque se sienten maltratados. La indignación es tal que por primera vez desde que se tiene memoria miles de ellos han salido a las calles para protestar y van a seguir manfestándose. Y quieren seguir haciéndolo hasta que el Gobierno les escuche. ¿Qué piden? Que sus pensiones se revaloricen según el IPC (el 1,1% en 2017) y no únicamente el 0,25% que les condena a ser más pobres. Y les pasa a ellos, que han puesto los cimientos del Estado del Bienestar, que han sido el sostén de miles de familias durante la crisis, y que ahora ven que todo eso se les agradece con copagos, con el encarecimiento de las medicinas, con recortes en las pensiones...

Es verdad que el sistema está en crisis y que la Seguridad Social arrastra un déficit de más de 18.000 millones al año. Pero los pensionistas no entienden que deban ser ellos los paganos. La rabia llevaba mucho tiempo ahí, latente, pero se desbordó a principios de año, cuando un llamamiento anónimo por las redes sociales los convocó cada lunes ante los ayuntamientos. La bola fue creciendo entre el temor de unos, la ilusión de otros, y la sorpresa de todos. Hasta que el pasado jueves 22 una marea tomó las calles de 70 ciudades españolas. La más caudalosa estuvo en Bilbao, donde 35.000 viudas y jubilados protagonizaron una exhibición de fuerza inédita y que puede ser todavía mayor en la manifestación del 17 de marzo.

De repente, los pensionistas han tomado conciencia de su capacidad de presión, de su poder para tumbar y levantar gobiernos, porque son nueve millones en España y 500.000 en Euskadi. Esos gobiernos lo saben, y aunque Mariano Rajoy sigue descartando subir las pensiones, el ministro Montoro ya abrió la puerta a cambios fiscales en favor de los contribuyentes de más edad.

Nadie sabe si va a cambiar algo. Pero los protagonistas de estas movilizaciones mantienen el ánimo en alto. Con sus historias a sus espaldas y un reto a la vista, diez de ellos hacen memoria y reflexionan sobre su situación. Uno de esos protagonistas, Fernando Fernández, lo dice muy claro: «Lo que duele es la humillación de que te tiren un euro a la cara» (es lo que supone al mes el 0,25% de subida para las pensiones más bajas). «Pero bienvenido ese 0,25%, porque ha sido la chispa que ha encendido esta mecha».

Ana María Beasoain de Paulorena (68 años)

«Trabajé desde los 14 años, ¿y ahora esto?»

Ana María Beasoain de Paulorena sonríe mucho pese a todo. Nació en Mendigorria (Navarra) hace 68 años. A los 14 su padre la mandó «a servir», primero a Pamplona y luego a Tafalla. También trabajó en el campo y en alguna fábrica, hasta que se sacó el título de auxiliar de enfermería. Entonces «me salió un empleo en una residencia» en Bilbao, donde vive desde 1972. Entraba a las 10 de la noche y salía a las 8 de la mañana. «Luego iba a Zabalburu a limpiar en una tienda, y por la tarde hacía las cosas de casa». Los fines de semana «iba a cuidar a una señora». Había que arañar cada peseta porque tenía que mantener a su marido, que la maltrató desde la noche de bodas, y a sus tres hijos. En 1990 no aguantó más la violencia y denunció a «aquel hombre. No le he visto desde entonces».

Anamari se jubiló con 63 años porque «tengo la espalda bastante mal», y se llevó la sorpresa de que sólo tenía 15 años cotizados porque sus primeros empleadores no habían cumplido. Así que se las arregla con una pensión de 800 euros. Sus hijos se han independizado y vive con su gata. «No pongo la calefacción por miedo a que no me dé para terminar el mes. No me gusta acabar en números rojos. Y de luz gasto poco porque tengo los libros en la ‘tablet’». Anamari es una mujer encantadora, activa, curiosa y muy enfadada. «¿Es de sentido común que suba todo, y las pensiones sólo el 0,25%? ¿Acaso no comemos? Trabajé desde los 14 años, ¿y ahora esto?».

Fernando Fernández (64 años)

«No nos dedicamos a mirar obras»

Borja Agudo

«Ahora todo parece enfocado a demostrar que los pensionistas somos una carga. Pero no es así. El dinero para las pensiones no es un gasto, es una inversión». Fernando Fernández, jubilado bilbaíno de Telefónica de 64 años, es un buen ejemplo de ello: colabora con ONGs que llegan hasta donde no llegan las administraciones y ha participado en cursos para mujeres con el fin de eliminar la brecha digital, ha trabajado con discapacitados intelectuales, con jóvenes con problemas de desestructuración familiar, ha colaborado en la recuperación de vías verdes... «Los abuelos no nos dedicamos a mirar obras», brama. «Hay que desterrar la imagen que tenemos de personas que cuentan batallitas y miran hacia el pasado».

Y no es solo eso. «Somos una pata esencial del Estado del Bienestar, aunque se nos quiera presentar como quienes lo están dilapidando». Se refiere a que ellos ofrecen respaldo económico a unos hijos a quienes cada vez les cuesta más independizarse, cuidan a los nietos... Son, en fin, el refugio al que, en tiempos duros, siempre se puede regresar.

«Yo soy un privilegiado, cobro casi la pensión máxima (2.580 euros). Pero hay gente que lo está pasando muy mal. Y vienen con la subida del 0,25%... Es una tomadura de pelo, y no por la cantidad, sino por la humillación. Es ridículo». Como tantos otros miles, Fernando se ha echado a la calle, filma vídeos, sube fotos a las redes... «La manifestación del jueves 22 en Bilbao fue un acontecimiento mundial. Y no será el último».

Maite Bilbao (64 años)

«Es vergonzoso que te suban un euro»

Sandra Espinosa

«¿Tú sabes qué angustia le entra a una mujer viuda que cobra una miseria cuando le mandan una carta para decirle que le han subido la pensión un euro? Es vergonzoso». Maite Bilbao lo sabe muy bien porque ella, a sus 64 años, lleva un cuarto de siglo de viudedad. Con 38 años se quedó sola y con dos niños pequeños, «así que empecé a trabajar en lo que fuese». Durante años había estado preparando oposiciones y cubriendo interinidades, pero en su nueva situación no podía estudiar y tuvo que buscarse la vida: en el comedor de un colegio, como empleada de hogar... «Dejé de trabajar hace tres años y cuando haga los 65, tras 26 años cotizados, me corresponderá una pensión de unos 400 euros. Unido a lo de viudedad, será algo...».

Pero Maite conoce casos mucho más dramáticos porque es la presidenta de la asociación de viudas de Euskadi y, desde octubre, de la española. «La situación es muy clara: hay mujeres viudas que viven gracias al banco de alimentos, a base de cocidos diarios porque no pueden comprar ni carne ni pescado. Están al límite. Y todo sube: la luz, la comunidad, el gas, la alimentación... Todo, menos las pensiones. ¿Tiene eso alguna lógica?».

La oleada de protestas que ahora llena las calles vascas y españolas demuestran que «el vaso se ha colmado, ya no hay más paciencia. No sé de dónde ha salido todo este movimiento, ni quien maneja las redes sociales, pero bienvenido sea».

Antonio González (84 años)

«Algunas se van a dormir con un yogur»

Extrabajador de una fábrica de cableado de alta tensión, un accidente le provocó graves lesiones en la columna vertebral hace más de dos décadas -no acierta a concretar cuándo-. Desde entonces vive con una pensión de invalidez que «es un poquito, pero solo un poquito más alta de mil euros». Antonio González es un octogenario incansable. Lleva la friolera de 28 años al frente de la Asociación de Pensionistas y Jubilados de Álava Las Cuatro Torres. «Mirando no hacía nada y aquí al menos estás haciendo bien para los demás». Tiene la perspectiva de quién está en primera línea «veo lo que los políticos no ven desde sus despachos». No saben -subraya enojado- «que una viuda, por ejemplo, me dice que se marcha con un yogur a la cama porque no le llega, como no les llega a muchas otras. Y eso es una verdadera vergüenza».

Desde el seno de esta asociación con sede en Vitoria, fundada en 1978, Antonio quiere acabar con el bochorno que «varias de ellas» sienten al pedir ayuda. A través del banco de alimentos «vamos a intentar que, de forma muy privada, acepten ese apoyo porque lo necesitan. Pierden a sus maridos y les dejan el 50% o el 45% del sueldo. ¡Vamos hombre!». Son los casos extremos que han espoleado la rebelión en las calles de nuestros padres y abuelos. «Si es que se ríen de nosotros; un 0,25% para gente que cobra pensiones de miseria y que, además, está manteniendo a un hijo o a dos en el paro, ¿es que no se dan cuenta?».

Begoña Uribe (58 años)

«Protestamos los mismos que en la dictadura»

Borja Agudo

Begoña Uribe, de 58 años, ni es jubilada ni es viuda: tiene una incapacidad permanente total derivada de una patología muy grave. «Hace tres años se me cayó el mundo encima, todo te cambia. Estuve dos años de baja, luego el tribunal médico, juicio con la Seguridad Social... He ganado y soy pensionista desde hace unos meses. Pero ya me gustaría estar trabajando, y no así». Antes de todo eso su desempeño laboral se desarrollaba «en el mundo de la moda: en diseño, confección, bordado...».

En su casa están «superquemadas» porque vive con su madre, de 87 años, que percibe 630 euros y que, de vivir sola, apenas llegaría a fin de mes. «¿Y si se rompe la lavadora? ¿Y si hay una derrama en el edificio? Si ya es difícil cubrir los gastos del día a día, imagínate afrontar cualquier imprevisto». Por eso, ve como un insulto la subida «de un euro» que supone el incremento del 0,25% en las pensiones.

«Nunca me imaginé que tendría que volver a salir a la calle para defender mis derechos. Porque ahora estamos protestando los mismos que lo hacíamos en la dictadura. Ahí nos estamos encontrando todos». Echa en falta caras nuevas. «Me da pena que la juventud no salga. Yo se lo digo a mi hija, que ya está independizada, pero me responde que no sirve para nada». Aunque eso sí parece que va a cambiar. «Ya me ha dicho que va a salir a la manifestación del día 17, y también irá su pareja. Con razón siempre repite que su ama es muy peleona».

En cifras La radiografía de las pensiones

El envejecimiento de la población provoca que cada vez se dispare más el gasto en pensiones mientras las cotizaciones no remontan al mismo tiempo

Roberto Martínez (70 años)

«Nos hablan como a niños pequeños»

Borja Agudo

Hay gente que trata a las personas mayores como si no fuesen muy listas. Como con condescendencia. «La ministra Fátima Báñez es una de ellas», se lamenta Roberto Martínez. Tiene 70 años y preside Nagusiak, la asociación de jubilados y pensionistas de Bizkaia. En los últimos meses han estado enviando cartas a distintas instituciones reclamando apoyo para evitar la caída de su poder adquisitivo. «Báñez nos contestó como si fuésemos niños pequeños. Se están riendo de nosotros», reprocha. «Si esto no cambia, nos va a tener enfrente».

La maquinaria para canalizar toda la frustración, esas concentraciones que están agitando las calles, «surgió de manera espontánea». Pero las asociaciones de pensionistas se han unido a ellas porque todos están en el mismo barco. «Yo no me creía lo del jueves 22, esa multitud en Bilbao... Vamos a seguir en esa línea hasta que todo esto se solucione».

A Roberto le prejubilaron «a los 52 años, cuando uno está en lo mejor de su carrera». Tenía energía para continuar, y esa energía la canalizó hacia el movimiento asociativo. «Queremos tener voz. Todo Dios decide por nosotros, menos nosotros, que somos quienes mejor conocemos nuestras necesidades». Por eso, apuesta por que los pensionistas tengan su propio sillón en el Pacto de Toledo. Y recuerda: «Nosotros, mal que bien, ya tenemos pensión. Pero los jóvenes, si esto sigue así, cobrarán la mitad... Hay que defender el sistema. Si nos dejamos comer el terreno, estamos perdidos».

Ángel Rodríguez (64 años)

«¿Ha subido la luz un 0,25%? ... ¡Anda ya!»

Jesús Andrade

Se incorporó el pasado año al grupo de los prejubilados. Trabajador en la gestión sociocultural, vinculado a un departamento de información, Ángel se refiere a su pensión como «decente». Es ese término de carga neutra que se ha generalizado en el discurso cuando se trata de identificar una retribución que se mueve en «la media que tenemos por aquí, de los 1.300 euros». Ni más ni menos. «Sí, sí, anda por ahí... por si me escucha Cristóbal Montoro», bromea. Tras una vida laboral que define como «muy activa», tenía muy claro que en su jubilación iba a alejarse lo más posible del sofá. Y es lo que ha hecho. «Yo sabía perfectamente que no me quedaría mirando el techo de mi casa». Se ofreció para trabajar en la asociación alavesa de pensionistas Cuatro Torres, con la que está muy implicado -con opciones incluso de acceder a su equipo directivo-.

Este recién estrenado vínculo como voluntario le está permitiendo convivir con «muchos casos, algunos realmente difíciles». No personaliza, pero tiene muy claro que se respira un «cabreo generalizado» por culpa de una subida raquítica de las pensiones que no se ajusta al coste de la vida. «Cabreo, ya le digo. Y que todavía vengan y nos digan que están los precios actualizados; vamos, eso sí que es una broma. Pero ¿cuánto ha subido el recibo de la luz este mes, y el teléfono? ¿No estamos hablando de incrementos del 0,25%, no?... ¡Anda ya!».

Jaime Alquegui (71 años)

«Hay gente que viene aquí para no pasar frío»

Borja Agudo

«Hay gente que viene aquí, a la asociación de jubilados de Zorroza, para no pasar frío». Jaime Alquegui, de 71 años, también va ahí, pero su situación no es mala. De hecho, es uno de esos jubilados de banca a quienes muchos miran con envidia porque su pensión es jugosa, y la entidad en la que trabajaba y que prescindió de él cuando sólo tenía 54 años, se la complementa hasta la máxima.

Su historia es una de esas de las de antes. Entró en la entidad financiera a los 28 años, tras trabajar en Telégrafos, y con el bachiller elemental bajo el brazo como única titulación. Luego fue ascendiendo y acabó como director de oficina. Hasta que «con 54 años, me sustituyó un economista con la mitad de sueldo». Sí, era muy joven cuando lo retiraron, pero «a mi jefe lo sacaron ¡con 51 años!». Mira con decepción el panorama actual porque «en mi oficina antes, cuando yo estaba allí, había 14 personas, y ahora sólo quedan tres. Si llegas y quieres hacer algo, te dicen que vayas al cajero». Mueve la cabeza con gesto decepcionado. «Con estas cosas me siento muy mal. Con lo que peleamos para mejorar el servicio, las condiciones laborales...».

Ahora, le toca la batalla del 0,25%. «Qué dolor y qué rabia. No hay derecho. Yo tengo una jubilación decente, pero hay gente que cobra una miseria, que no llega a fin de mes. Y ahora nos encontramos con esto». ¿Darán frutos las protestas? «Pienso que sí. Hay que cambiar las cosas».

Félix Ortiz de Zárate (72 años)

«Estoy seguro de que no nos harán caso»

Jesús Andrade

Percibe una pensión que se sitúa por encima de la media -en el entorno de los 2.000 euros-. Le da cierto reparo poner la cifra sobre la mesa. Es consciente de que rebasa esa «cantidad mínima digna para una vida digna»; esos «al menos» 1.080 euros que se corean en las manifestaciones. «Yo, en ese sentido, no me puedo quejar, tengo una cantidad curiosilla. Dentro de lo malo, he sido comercial y he quedado bastante bien». Se jubiló a los 60 años, «con todos los derechos», de la empresa José de Ezpeleta, un almacén de tableros de la capital alavesa. Este oriundo de Martioda subraya que «la gente conoce probablemente la cuarta parte de lo que en realidad hay». «El día a día es dificilísimo para muchas personas y yo, como otros, estamos para echar una mano.

Hay mujeres que están cobrando apenas 400 euros, la ‘perra chica’ de antes», asegura en referencia al SOVI (Seguro Obligatorio de Vejez e Invalidez, un régimen de protección al trabajador que había antes del actual sistema de Seguridad Social). «Eso es indignante», enfatiza. Tanto, como la subida planteada por el Gobierno central. «Eso es reírse del personal. Están echando la culpa a José Luis Rodríguez Zapatero porque retuvo un año las pensiones y estos llevan ya tres años... Eso no puede ser». Le gustaría que «con todo lo que le está cayendo al Gobierno», acabe moviendo ficha y se aplique «ese punto y pico de IPC». Pero no termina de creérselo. «Creo que al final no nos harán caso, ya verás».

Higinia Rodríguez (73 años)

«¿Y por qué votamos a los mismos?»

Jesús Andrade

«Si te digo la verdad no llega a 800 euros; ni con la famosa subida. Eso es lo que me está pagando Rajoy». Es la respuesta de Higinia, que ha trabajado prácticamente toda su vida, a una pregunta que no incomoda cuando se trata de dibujar «una situación muy injusta». Y eso que ella fue previsora. Ya dedicándose a la limpieza, cotizó por su cuenta como autónoma en un tiempo en el que no era lo más habitual. «Había que pensar en cuando una fuera mayor. Otros a lo mejor no lo hicieron, yo sí». Los últimos años trabajó en una fábrica. Con esos escasos (no llega) 800 euros -puntualiza varias veces al periodista; no alcanza la cifra redonda- «gracias a Dios que no he tenido que ayudar a nadie de mi familia», desliza. Aunque ahora, como ama de casa, eche una mano «con los nietos». Higinia no busca conmover. Lo de dar pena no va con ella. Sí destila una franqueza que deja petrificado a su interlocutor. «Lo que están haciendo con nosotros es una guarrada, no nos llega ni para un ‘chupa chups’. Pero ya le digo que lo tenemos merecido».

- ¿A qué se refiere?

- Bueno yo no... pero ¿qué es eso de votar siempre a los mismos? ... y hasta ahora no íbamos ni a las manifestaciones. Tenemos que salir, que se enteren. Yo allí voy siempre la primera. Hay que estar en la calle.

- ¿Y la carta del 0,25%?

- La voy a enmarcar para ponerla en la entrada. ¡Válgame Dios... que vergüenza!

Perspectivas poco halagüeñas Un futuro incierto

Ante el aumento del gasto en pensiones, el Gobierno está llevando a cabo recortes, entre los que está limitar la subida de las prestaciones a un 0,25% anual.

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