¿Mejorar o eludir?

¿Mejorar o eludir?
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Las medidas de regulación adoptadas en el sector financiero tienen una noble intención. Durante los años de la bonanza desaprensiva el sector vendió muchos productos cuyo funcionamiento interno y sus riesgos inherentes no fueron, en general, bien explicados. Una oración cierta que, para hacerla completa, sería obligado añadirle esta otra: ‘Productos que no fueron, en general, entendidos por los compradores que, sin embargo, los compraron’. Hay una norma de validez universal que asegura que los clientes de productos financieros entienden casi siempre bien las rentabilidades -tanto mejor cuanto más elevadas-, y casi siempre mal los riesgos en que incurrimos para conseguirlas.

Por eso, tanto mejor para todos cuanto mayores y mejores sean las explicaciones acerca de los productos ofrecidos, cuanto más claras queden las entrañas de su funcionamiento, cuanto más explícita sea la aceptación de los mismos por parte de los clientes y cuanto mayor sea la transparencia en el coste de esos productos. Hasta aquí todo va bien. Nada que objetar y los desvelos de los reguladores son bienvenidos.

Pero hay algunos temas que enfrían mi entusiasmo. El primero es que la complejidad financiera actual es enorme y nunca se conseguirá entenderla bien si los clientes no se esfuerzan por aumentar su cultura financiera. La máxima ‘Si no lo entiendes, no lo compres’ es de validez universal, pero eso nos conduce inexorablemente a la evidencia de que muchísimas personas no podrían comprar nada en este proceloso mercado del ahorro y las finanzas.

La segunda es que, en esta actuación de los reguladores, primero, y los bancos, después, no puedo evitar un fuerte tufo a ‘elusión de responsabilidades’. Aquí se ha sufrido mucho y lo ha sufrido mucha gente. Los reguladores fueron acusados de desidia e inhibición, por lo que ahora pretenden que la próxima vez les coja preparados, y se preparan trasladando responsabilidades al sistema, a quien cargan de obligaciones administrativas y formalidades de control de todo tipo. Algunas de las cuales incluso ponen en serio peligro la deriva tecnológica que los tiempos imponen.

Y el sistema, abrumado por las responsabilidades, pretende trasladar, al menos una buena parte de ellas, al cliente final y este, claro, se ve obligado a elegir entre hacer un máster acelerado en asuntos financieros o… a confiar de nuevo en su asesor. Es decir, volvemos a la casilla de salida, pero lo hacemos con el reparto de responsabilidades alterado. Algo que no termina de gustarme, pues estamos en un mercado donde la información es muy asimétrica. Unos, los bancos, disponen de ella, prácticamente, en su totalidad y otra, los clientes, tan solo disponen de partes ínfimas.

Así que, bienvenidas sean las obligaciones de control, las informaciones debidas y las claridades necesarias. Pero que no sean solo para desviar responsabilidades aguas abajo, sino para mejorar el funcionamiento de un sector tan complejo como necesario.

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