Lo malo

La mitad de la sociedad catalana, la UE y los países de la ONU no se creen el relato independentista

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Lo malo, para los independentistas catalanes, es que la mitad de la población de Cataluña, las instituciones europeas, todos los países miembros de la ONU y una buena parte de sus principales empresas no creen su relato. Nadie se traga eso de que España es un país fascista que no respeta los derechos humanos y encarcela a la gente por sus ideas. Nadie les cree, entre otras razones, porque es mentira. Aunque a algunos les pese, España es un país perfectamente homologado con los sistemas sociales y de gobierno habituales en los países más avanzados. ¿La prueba del algodón? Que nadie -ni siquiera los independentistas, que tanto gozan y tan bien manejan el ruido mediático-, se ha atrevido nunca a llevar al Estado ante un tribunal internacional. Aquí no se encarcela a nadie por sus ideas. ¿La prueba? Que los Rufián y los Tardá se pasean libremente por las calles, organizan ruedas de prensa, hablan en las televisiones y vomitan su veneno sin que nadie les moleste. No se les encarcela, pero sí se les paga un sueldo público por su trabajo en el Congreso. Así que ya está bien de insultarnos a todos y de hacerlo a gritos en una Europa que asiste entre perpleja e incómoda al tragicómico espectáculo que ofrecen cada día.

Lo malo para todos los demás es que media Cataluña sí les cree. Se podría suponer que la salida en tromba de empresas, la ausencia absoluta de reconocimiento internacional y la evidente incomodidad de las instituciones europeas ante un asunto que les desagrada y les asusta hubiese hecho mella en sus airadas mentes. Pero no es el caso. El ‘relato’ sigue su curso, ajeno al mundo que les rodea, impasible ante el daño que ha causado e indiferente a los estragos que causará. ¿Puede alguien suponer, con un ejercicio mínimo de sensatez, que la UE va a acoger de inmediato a un país como el que pretenden construir, frontalmente enfrentado a un Estado miembro? ¿Puede alguien imaginar que la nueva República vaya a encontrar el menor apoyo en los mercados financieros para aliviar una situación de quiebra técnica que si no ha explotado ya es gracias al apoyo del Estado al que denigran e insultan de manera tan desaprensiva?

Ayer hubo huelga general en Cataluña. Una huelga que fue muy poco general. Y lo fue porque sus objetivos no eran laborales sino políticos, como lo demuestra el hecho de que las grandes centrales sindicales, UGT y CCOO permanecieron al margen, insistiendo en la postura razonable que mantienen en este conflicto desde que se inició y que constituye uno de los muros de contención más sólidos frente al desvarío. Ayer, los independentistas, aprovecharon una nueva ocasión para ahondar en la división social.

Si vieron TV3 sabrán que hubo muchos paros. Si escucharon a cualquier otro medio, sabrán que mucha gente que quiso ir a trabajar no pudo hacerlo porque en un ejercicio, profundamente democrático, se lo impidieron los numerosos piquetes que cortaron autopistas, cerraron carreteras, bloquearon trenes y colapsaron al metro. ¿Hicieron ayer prosélitos los independentistas o asustaron a quienes pudieron ver lo que les espera el día que triunfen sus ideas y la CUP mande de verdad? La respuesta es fundamental. Lo primero nos conduce al caos, lo segundo a un camino complejo... hacia la solución.

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