Una funesta manera de pensar...así (II)

No se puede maltratar a las multinacionales porque son una fuente colosal de empleo

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Hace unos días llamaba su atención sobre la que considero una funesta manía de pensar. Me refería a la intromisión de la política en la economía y hacía referencia a la decisión final adoptada en el País Vasco con respecto a la fiscalidad de las empresas. No encontraba razones para que les hayamos castigado -con la eliminación de algunas deducciones y el mantenimiento de un diferencial inexplicable en los tipos impositivos en vigor el resto del estado-, cuando en realidad es obvio que las necesitamos tanto, no solo para engrosar las arcas de las distintas haciendas, sino también, y principalmente, para crear empleo y rebajar las altas tasas de paro que tanto nos agobian. Le relataba las distintas declaraciones efectuadas por los líderes de una buena parte del espectro político y me sorprendía de que todas ellas reflejasen una ‘distancia’ excesiva y una ausencia de apoyo hacia las empresas que me parece contraproducente y a las que no encuentro sentido. Máxime cuando la recaudación marcha tan bien este año y es un momento excelente para aflojar la presión fiscal.

Esta semana hemos tenido una nueva ocasión para observar otro episodio de esta funesta manía de pensar que practicamos con tanto ardor. Esta vez ha sido con ocasión del anuncio efectuado por la multinacional Siemens/Gamesa de que va a recortar su plantilla en nada menos que 6.000 personas. No cabe duda de que la noticia es altamente desagradable, incluso tras conocer que el recorte nos afectará de manera leve. Pero de ahí a lanzarnos al cuello de las multinacionales como han hecho los sindicatos nacionalistas hay un trecho. Salvo declararles la guerra, han dicho de todo y nada de lo dicho ha sido mínimamente comprensivo.

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Es evidente que cuando una multinacional contrata a trabajadores debe cumplir las normas que le sean aplicables. Igual que deben cumplir, ellas y las demás empresas, todas las leyes y los reglamentos que regulan el desempeño, la seguridad, los salarios, etc. Pero, ¿existe alguna ley específica que les obligue a contratar? Por supuesto que no. Aquí no les agradecemos a las multinacionales cuando lo hacen, pero les insultamos siempre cuando dejan de hacerlo. Y esa no es la mejor manera, ni la más eficiente, para que se fijen en nosotros cuando toman decisiones de inversión e implantación geográfica.

Salvo que no queramos que existan, ni que vengan a habitar en nuestro territorio. Lo cual es una opción que solo se puede mantener si se está de acuerdo en soportar los inconvenientes que acarrea en forma de menor inversión, carencia de tecnología, reducción de exportaciones e I+D, un menor empleo de elevada calidad y, por supuesto, menos ingresos fiscales para las haciendas.

Porque, aquí, nos gusta mucho fijarnos en los efectos de las cosas que suceden y muy poco en las causas que lo provocan. Hablamos mucho del paro y de cómo ayudamos a los parados -lo cual está muy bien-, y demasiado poco de cómo lo evitamos -lo cual estaría mucho mejor-. ¿Alguien duda de que la mejor ayuda que se puede prestar a un parado es proporcionarle un empleo? Hay que ser muy vago para hacerlo. ¿Alguien duda de que necesitamos empresas grandes y rentables para soportar sobre ellas nuestro muy caro Estado del Bienestar? Hay que ser muy obtuso para hacerlo.

Por eso no podemos prescindir de nadie que esté dispuesto a colaborar en la tarea de crear riqueza y empleo. Y, mucho menos, en todos aquellos que lo hacen en cantidades colosales, como son las multinacionales. Estos días hemos asistido, entre estupefactos y angustiados, a la fuga de empresas de Cataluña, asustadas por la ceguera de la deriva independentista. No sé cuantas serán al final, pero de momento van bastantes más de dos mil. Aquí, en el País Vasco, no necesitaríamos que se fuesen tantas. Con que se marchasen cuatro multinacionales, con sus sedes e inversiones -por ejemplo Iberdrola, Petronor, Mercedes y Michelin-, podríamos apagar la luz y cerrar la puerta.

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