La Naval: 30 años que marcaron mi vida

El histórico dirigente de UGT rememora su paso por el astillero de Sestao, en el que entró de aprendiz con tan sólo 15 años en 1942 y en el que comenzó su actividad sindical

NICOLÁS REDONDO

Nicolás Redondo, que trabajó en La Naval desde 1942 hasta 1973, en una de sus últimas visitas a las instalaciones del astillero vizcaíno.
Nicolás Redondo, que trabajó en La Naval desde 1942 hasta 1973, en una de sus últimas visitas a las instalaciones del astillero vizcaíno. / José Luis Nocito

Perfil

Nicolás Redondo Urbieta (Barakaldo, 16 de junio de 1927), a sus 90 años y aún recuperándose de una última intervención quirúrgica que le ha tenido tres meses en el hospital, repasa para este periódico sus 30 años en el astillero en conversación con el periodista de EL CORREO Jesús L. Ortega.

Siento profundamente la situación de La Naval. Fueron más de 30 años de mi vida allí y eso marca de una manera extraordinaria. En el astillero vi la capacidad de sacrificio de la gente y originó en mí un gran sentido de clase.

Entré en La Naval en 1942, al poco de volver de Francia, donde fui lo que se llamó un ‘niño de la guerra’. Y es que después del bombardeo de Gernika, con sólo 10 años, me metieron en un barco en Santurce hasta Burdeos y después viví cuatro años con una familia francesa.

En el astillero estuve hasta 1973, cuando me despidieron por haber faltado más de tres días al trabajo porque me habían detenido de nuevo. La cosa es que desde que en 1951 me detuvieron la primera vez por repartir propaganda de UGT, hasta la de 1973 me habían detenido como media docena de veces más –1960, 1962, 1967, 1968, 1970 y 1971–. Incluso en la de 1967, después de participar activamente en la ‘huelga de bandas’, me desterraron tres meses a Las Hurdes (Cáceres), pero cuando volví a La Naval no pasó nada. Nunca me despidieron hasta el 73. Yo creo que entonces la orden no partió de la dirección en Bizkaia, que era bastante más permisiva, sino que vino de Madrid.

En el juicio por el despido me defendió Felipe González y ganamos en primera instancia, pero luego lo perdimos en Madrid y me echaron definitivamente.

Cuando entré había unos 4.000 o 5.000 trabajadores. Yo tenía entonces 15 años. Entrábamos como aprendices y allí nos formaban. Recuerdo que a veces también venían unos jesuitas a darnos cursillos de cristiandad. El periodo de aprendices eran cuatro años y luego había que pasar una serie de exámenes; si aprobabas ya eras oficial de tercera y en función de la nota elegías un trabajo u otro. Yo no debí sacar muy buena nota porque me quedé en ajustador; un buen oficio, pero no era una cosa descollante.

Aunque sólo sea por agradecimiento a lo que ha sido, hay que sacarla adelante

Me metieron en el taller de maquinaria, que encima era un centro de agitación laboral y social dentro de la empresa. La Naval era ya por aquel entonces la que catalizaba en gran medida los conflictos en Bizkaia. Había un poso de protesta porque allí trabajaba gente que había estado presa tras la guerra y luego volvieron al astillero porque eran buenos profesionales. Allí se reafirmaron mis criterios políticos e ideológicos, que ya traía de casa –mi padre había sido condenado a muerte por el franquismo, aunque luego fue conmutada la pena–, y con 18 años me afilié a UGT y al PSOE en la clandestinidad.

La dirección de la empresa ya sabía quienes éramos los que protestábamos. También trabajaba allí Tomás Tueros, que fue secretario general de CC OO-Euskadi y miembro del Partido Comunista, pero no nos represaliaron. Incluso alguna vez que me llamaban a las oficinas, allí me esperaba la Policía para registrar mi taquilla en busca de propaganda y detenerme. Otras veces hubo compañeros que cuando se enteraban que venían a por mí me avisaban, yo me escapaba, estaba un tiempo escondido, a veces en San Sebastián, y cuando volvía al trabajo no pasaba nada. Yo me decía ‘de esta me echan que ya estarán hartos de mí’, pero no. También yo me he preguntado alguna vez cómo no nos despidieron antes.

Ni clavar un clavo

Con el tiempo llegué a ser ajustador de primera, aunque en mi casa me tomaban el pelo y me decían que cómo podía ser ajustador si no sabía ni clavar un clavo. Pero es que yo ya no sentía el oficio porque estaba en otras cosas, en los temas sindicales.

Sólo una vez la empresa me impuso una prohibición: cuando reclamé un cambio de categoría, porque aunque era ajustador llevaba tiempo haciendo funciones administrativas, aceptaron la reclamación y me hicieron empleado de primera de la oficina, pero me exigieron que no bajara nunca al taller. Creo que pensaron que si me quitaban a mí del taller se aplacaba la cosa, pero yo sólo era uno de los muchos que protestábamos. Y como yo no podía bajar, era la gente del taller la que subía a por la propaganda del sindicato a un archivo pequeñito que había en mi oficina. A aquel archivo le llamábamos ‘la casa del pueblo’.

Había temporadas en las que se llegaba a trabajar en turnos de 12 horas, día y noche. Recuerdo una época en la que hacíamos muchos pesqueros para Cuba, que eran pequeños pero había urgencia por terminarlos, y cuando trabajábamos por la noche nos calentábamos acercándonos a unas grandes bombillas que había para la iluminación. Los que peor lo pasaban eran los que trabajaban en las gradas remachando. En maquinaria, donde se hacían las piezas y se montaban los motores, era mucho más llevadero. De todas formas, aunque había accidentes y algunos mortales, la siniestralidad laboral no era demasiado elevada. En ese sentido, en la prevención laboral, creo que La Naval también fue una empresa pionera.

Ahora, creo que aunque sólo fuera por agradecimiento a lo que La Naval, lo mismo que otras grandes empresas, ha supuesto para el desarrollo económico y social de Bizkaia y de Euskadi, todos, Gobierno vasco y partidos políticos, estarían obligados a sacarla adelante. Y también por lo que es y por lo que puede de nuevo llegar a ser.

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