Un empresario abocado a cerrar por el efecto dominó de La Naval: «¿Qué voy a hacer ahora?»

Ricardo Ferruz, gerente de Talleres Galaferr, contempla el pabellón de su empresa ubicada en el polígono de Kareaga, en Barakaldo./Fernando Gómez
Ricardo Ferruz, gerente de Talleres Galaferr, contempla el pabellón de su empresa ubicada en el polígono de Kareaga, en Barakaldo. / Fernando Gómez

Talleres Galaferr, de Barakaldo, en concurso de acreedores desde mayo, está a punto de desaparecer al depender el 85%de sus pedidos del astillero

Ana Barandiaran
ANA BARANDIARAN

La Naval se hunde y amenaza con arrastrar a buena parte de la industria auxiliar que depende de ella. Talleres Galaferr, una empresa de Barakaldo dedicada a la fabricación de puertas estancas, escotillas y calderería en general, ha sido una de las primeras piezas del dominó en caer. En mayo entró en concurso de acreedores, aunque con expectativas de continuar. Una esperanza que se desvaneció por el devenir del astillero. Es una compañía pequeña, que no atraerá la atención mediática ni de los políticos pero que ilustra muy bien el drama de los proveedores, en muchos casos modestos talleres de la Margen Izquierda. A su cabeza está Ricardo Ferruz, tercera generación de una firma fundada en 1964. Lleva desde los 15 años trabajando en ella. Ahora tiene 48 y un panorama desolador. «Toda mi vida y el patrimonio familiar están en la empresa y ahora es el fin», se lamenta.

Ferruz habla en las oficinas de la empresa, que están en la parte superior del pabellón, donde reina el más absoluto silencio. Hace una década, en la buena época, tenía casi medio centenar de trabajadores. La cifra fue bajando en los últimos años hasta la mitad y cuando se declaró en concurso de acreedores ya sólo quedaban 16. Pese a la dureza de su situación se presta a explicar cómo se ha fraguado su particular naufragio, lo que ayuda a entender en gran medida lo ocurrido con La Naval. «Es que, en cierto modo, yo he hecho lo mismo que ellos pero a muy pequeña escala. Mi único objetivo era mantener la empresa familiar funcionando para que mi gente cobrara. Por eso acepté el trabajo a precios terriblemente ajustados. No había otra cosa», detalla.

Aunque Talleres Galaferr también trabajaba habitualmente para otros astilleros como Zamakona, Murueta o el asturiano Armon, en los dos últimos años ha estado concentrada en más del 85% en La Naval. «Eran los que nos estaban haciendo pedidos. Estábamos en todos sus barcos», señala.

- ¿No intuía lo que pasaba en La Naval?

- Claro que oíamos cosas. Sabíamos que los socios estaban a tortas y que había perdido mucho dinero con el ferry (el primero construido en el astillero de Sestao y entregado al armador holandés TESO en julio de 2016). Pero también pensaba que el equipo se habría puesto las pilas para recuperar en los siguientes contratos. Entraron cuatro barcos, que es mucha carga de trabajo. Hay que tener en cuenta que los buques que hace La Naval son cuatro veces los de otros astilleros como Zamakona. Te puede copar el taller y, al fin y al cabo, estábamos cobrando.

Eso sí, Ferruz reconoce que a unos precios casi de derribo. «Ha sido la norma en los últimos tiempos en el sector. Te decían ‘mira Ricardo, o me lo haces a este precio o tengo una cola de gente esperando que me lo hace más barato’». Y tragaba. «La competencia es terrible. Aparecen firmas que contratan a trabajadores del Este de Europa y hacen ofertas hasta un 30% más baratas que tu presupuesto. Se llevan el trabajo y cuando acumulan pérdidas cierran y abren con otro nombre», se justifica.

En este sentido, explica que la mano de obra sigue siendo un elemento clave en la construcción naval, con un peso de hasta el 70%. «A mí me hace gracia cuando los políticos hablan tanto de calidad. Yo hago las mejores puertas estancas, pero lo que cuenta es el precio. Y por eso es muy difícil competir con los países de mano de obra barata».

Ahora, con la perspectiva del tiempo, considera que debería haber echado el freno antes pero hay un factor que le llevó a persistir. «Estamos terriblemente acostumbrados a pasar años malos. Este negocio siempre es así. Por esa razón no pierdes la confianza en recuperarte y volver a sacar la cabeza, aunque esta vez es el fin. Ya no tengo esperanza».

- ¿Cuándo vio que había llegado el final?

- Cuando empezó el año estábamos muy mal. En marzo-abril tuvimos problemas para cobrar de La Naval, aunque todavía no había pegado el campanazo. Entramos en concurso en mayo aunque la idea era que fuese de continuidad, mantener la actividad. De hecho, seguimos presupuestando para el astillero trabajos por hasta un millón de euros. Además, la primera reunión con el director general, José Ángel Escribese, fue muy esperanzadora. Nos dijo que lo Del Dago (el inversor asturiano que iba a entrar al rescate) estaba muy avanzado y lo mismo respecto del acuerdo con la banca. El mensaje fue ‘vais a seguir trabajando y cobrando’.

La siguiente reunión, a principios de julio, le dejó una sensación completamente distinta. «Ya estaba claro que Del Dago no iba a aparecer. Se decía entonces que la deuda con proveedores estaba ya en 50 millones y que el astillero debía otros 150 a la banca. No había solución».

Lo que La Naval adeuda a Talleres Galaferr no es mucho, unos 150.000 euros. «El problema es que ya no me va a dar trabajo; yo también he tenido que dejar de pagar a los proveedores y la banca me ha cortado la financiación».

Su situación es absolutamente devastadora. «Es un drama. La empresa está avalada con el patrimonio familiar. Yo llevo desde los 15 años en esto. ¿Qué voy a hacer ahora?». Y tampoco alberga muchas esperanzas para el entorno que le rodea. «Sólo he visto destrucción de empleo en las últimas décadas y todo apunta a que va a desaparecer el gran astillero que quedaba aquí».

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