la deseable subida de los salarios

Mientras continúa la recuperación del empleo perdido, las mejoras de los sueldos deben ajustarse a los incrementos de productividad

la deseable subida de los salarios
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Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

El efecto de una subida de salarios para una economía dada es determinante. Solo hay que pensar que las retribuciones salariales suponen la mitad de la renta nacional. De modo que cualquier porcentaje de aumento promedio de los sueldos en una economía resulta en un porcentaje equivalente a su mitad sobre la renta nacional: un impacto espectacular.

No puede sorprender, por tanto, el doble clamor que se escucha a favor de un alza de la retribución a los trabajadores. De una parte, con procedencia y carácter reivindicativo de quienes perciben dichos emolumentos, porque han visto como entre 2008 y 2016, sus ingresos han resultado prácticamente congelados. Pero la petición incluye también a los estamentos públicos, conscientes de los beneficios macroeconómicos y sociales señalados.

Por su parte, el empresariado, tercer actor en juego, razona que los salarios contenidos aseguran el empleo, al apuntalar la competitividad y por lo tanto la continuidad de la empresa. Asimismo, la alegación de que la recuperación está siendo asimétrica y que no todos los sectores ni todas las empresas se han beneficiado aún de la mejora de la economía es razonablemente asumible.

Así las cosas, 2018 encara el complejo reto de las subidas salariales. A pesar del acuerdo entre Gobierno y agentes sociales para situar escalonadamente el salario mínimo en 2020 hasta los 850 euros, los sindicatos aspiran a más. Por ejemplo que nadie gane menos de 14.000 euros brutos al año, en negociación colectiva. Y en el marco general, alzas que lleguen al 3,1%.

¿Cuál es el espacio posible para las citadas subidas, con independencia de los legítimos deseos y voluntades? ¿Qué podemos decir con la cartilla en la mano de los enunciados de la teoría económica?

Lo primero, que los incrementos salariales deben responder a incrementos en la productividad laboral. Esa es la base de la competitividad de una empresa y de su subsistencia. Si el Estado abandona esta regla con los funcionarios públicos, serán los contribuyentes en última instancia quienes estén financiando el déficit de productividad funcionarial respecto de las subidas de los salarios públicos. En un flash, recordaremos que en 2017, y a pesar de las penurias señaladas, los sueldos en España subieron un 0,43% por encima de la productividad.

Lo segundo, que no es habitual observar mejoras salariales en situaciones de amplias bolsas de desempleo, como es aún el caso de la economía española con un paro registrado de 3,5 millones de personas, equivalentes al 16,5% de la población activa. El ajuste del mercado laboral se está produciendo primero en el número de empleos para seguir después en el nivel de las retribuciones.

Si atendemos al Gobierno de la nación, las previsiones enviadas a Bruselas en el Plan de Estabilidad 2017-2020, contemplan una rebaja de la tasa de paro hasta el 11,2% al final de dicho periodo, una caída de 16 puntos en el nivel de desempleo en relación al peor momento de la crisis, en 2013, aunque lejos de los mínimos de 2007.

En teoría, solo a partir del momento en que la economía española toque el suelo del llamado paro estructural, -cuyas previsiones son más pesimistas en boca de la Comisión Europea (15%) que en la del Gobierno-cabe pensar en un mercado salarial sostenido al alza. Naturalmente, el mercado de trabajo es profundamente asimétrico y lo anterior no implica que haya déficits de recursos humanos en sectores o empresas de alta cualificación y que en esos ámbitos las subidas salariales sean notables.

La conclusión es que en tanto prosiga afortunadamente la recuperación del empleo, los aumentos salariales deberán ajustarse a la paridad de su incremento de productividad. Los salarios medios en Suiza o en Singapur son muy altos porque allí la productividad y competencia de sus trabajadores es muy alta.

Entretanto hay que hacer un esfuerzo de redimensionamiento empresarial(en España el 98% de las empresas emplean a menos de 10 trabajadores) y abordar algunas disfuncionalidades críticas de nuestro sistema productivo, entre las que destaca la falta de adaptación a las innovaciones tecnológicas. Al desempleo estructural puede sumarse en breve -si no se remedia- el desempleo tecnológico, lo que conducirá a ahondar la sima que divide a los ocupados con valor añadido de aquellos menos preparados.

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