La década perdida

En el balance del año recién terminado se mezclan optimismos y decepciones

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

Atrás queda ya 2017 y con él se cierra una década perdida. Una década adversa cuyas fatalidades deseamos olvidar.

Ahora bien, por tercer año consecutivo la economía española logró en 2017 un crecimiento superior al 3%, lo que induce a un optimismo moderado. Optimismo que se extiende previsiblemente a los dos próximos ejercicios, hasta finales de 2019. Tenemos una economía mucho más productiva porque se produce y recauda lo mismo, pero con millón y medio menos de trabajadores. Esto, que representa un avance tecnológico, evidencia al mismo tiempo una grave enfermedad social. De modo que en el balance se mezclan optimismos y decepciones. Veamos.

Al término de 2017, la acción de un conjunto de circunstancias ha restablecido la normalidad anterior a la crisis en prácticamente todas las variables de la economía española: la demanda privada y pública; la demanda exterior, con un progreso espectacular en la balanza por cuenta corriente -incluida la explosión del turismo- y la posición total frente al resto del mundo. También el ritmo de la nueva construcción publica y residencial, la inflación contenida y la competitividad creciente basada en la evolución relativa de los costes laborales unitarios. Destacable asimismo la absorción heroica del déficit fiscal, rozando la magia con más de ocho puntos de PIB recortados desde máximos hasta el día de hoy; el vigoroso desapalancamiento del sector privado, al que se une una esperanzadora progresión del nuevo crédito; y un sinfín más de indicadores adelantados o de índices de confianza tanto de consumidores como de procedencia empresarial.

Pero las sombras empañan los logros aludidos. Casi puede decirse que superada la crisis productiva visualizamos dos Españas diferentes: la España trabajadora, que crece a una velocidad cercana a lo espectacular -en palabras del Fondo Monetario Internacional- y la España de los parados, en particular de los desempleados estructurales o de larga duración, que cargan con un delicado porvenir laboral sobre sus espaldas.

Entre 2008 y 2013 España sufrió una doble recesión de una magnitud equivalente al 7,5% de su PIB, para iniciar la recuperación a partir del último trimestre de 2013. Como consecuencia, el número de desempleados alcanzó un máximo de 5,77 millones en febrero de 2014. O lo que es lo mismo, la crisis envió al paro a 3.523.400 personas entre el tercer trimestre de 2007 y finales de 2013, punto que marcó el máximo paro en términos de Encuesta de Población Activa.

En 2017, el desempleo registrado ha sido de 3,47 millones de personas. La ocupación ha superado por primera vez en los últimos ocho años los 19 millones de personas, a sólo 1,6 millones del máximo marcado en 2008 y dos millones largos por encima de sus mínimos de inicios de 2014. La cifra total de desempleados según la EPA se sitúa en 3.731.700, un 16,38% de la población activa. Si nos remontamos cuatro años atrás, la creación neta de empleo asciende a la nada desdeñable cifra de 1.819.200 personas, lo que implica que ya se han recuperado más de la mitad de los empleos destruidos en la crisis (2007-2013).

Junto al paro, nuestra bolsa de valores se halla aún alejadísima de sus máximos históricos, cercanos al índice 16.000 del Ibex-35. Tampoco puede olvidarse el grave problema técnico y demográfico de las pensiones. O el de la deuda pública sobre el que la Airef ha emitido recientemente un pronóstico moderadamente esperanzador.

Cerrando las sombras se halla el capítulo de la desigualdad. España, que había capeado razonablemente el problema de las desigualdades en la primera fase de la crisis entre 2008 y 2011, ha pasado ha convertirse en uno de los países donde las desigualdades en renta han crecido más en los años posteriores, según la OCDE.

Las expectativas, con todo y como saldo, son altamente halagüeñas. Lamentablemente la crisis catalana ha supuesto un doloroso contratiempo en la senda de la consolidación de nuestra economía, y sus efectos y consecuencias a medio plazo resultan en este momento difíciles de evaluar. Han coincidido la fallida Declaración Unilateral de Independencia (DUI) de Cataluña y sucesos posteriores como la concesión del Premio Nobel de Economía 2017 al profesor Richard Thaler. Un galardón oportuno, ya que el estadounidense no cesa de recordar en su obra los estragos que puede producir la siempre imprevisible irracionalidad de la conducta humana.

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