arcas llenas

Con el aumento de la recaudación tenemos más dinero, y es una buena noticia que se vaya a emplear en la reducción del déficit

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Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La recaudación de impuestos constituye un magnífico termómetro de la coyuntura económica. Como los impuestos lo abarcan (gravan) todo, al comprobar cómo se mueven sabemos como lo hace la coyuntura. Lo de este año es ciertamente espectacular, pues refleja aumentos de dos dígitos en las tres diputaciones vascas. En los once primeros meses del año hemos superado ya las cantidades recaudadas en el conjunto de los doce anteriores. ¿De verdad van tan bien las cosas? Pues no. Van bien, pero no tanto.

Este año, las cifras publicadas tienen cierto componente de ‘truco’ dado que incluyen los efectos del acuerdo logrado con la Administración central para la regularización del Cupo. Un acuerdo que llevaba años aparcado y que, necesidad obliga, se ha desatascado para lograr el apoyo del PNV a los presupuestos Generales del Estado. Una circunstancia que ha reavivado en toda España los recelos sobre el supuesto componente irregular de su cálculo. Ya le he comentado más de una vez que somos nosotros mismos los primeros interesados en la clarificación de los números, pues eso contribuiría a solidificar el sistema, que es lo realmente importante.

No obstante, no deja de ser curioso que todos aquellos que, aquí y allá, se escandalizan por la intervención de la política y sus conveniencias en la determinación del Cupo vasco no se inmuten cuando se pone en marcha el FLA o cualquier otra transferencia autonómica. ¿Son todas ellas actuaciones basadas en estrictos cálculos objetivos? ¿Responden solo a elementos técnicos predeterminados? ¿Está siempre ausente la oportunidad política? Si nos referimos, por ejemplo, a las cantidades entregadas a Cataluña en los últimos años de la discordia, ¿será alguien capaz de aislar los movimientos financieros e independizarlos de la coyuntura política? Lo dudo.

Bueno, pues volvamos al principio. Tenemos más dinero y la felicidad se completa al conocer que el excedente se va a emplear en la reducción del déficit y no en el aumento de los gastos. Una postura muy poco popular que disgustará a los ‘adoradores del déficit’, quienes siempre encuentran más motivos para gastar que razones para ahorrar.

Lo que no parece muy congruente es que, en este ambiente de aumentos importantes de la recaudación, hayamos vivido en los meses pasados la virulenta controversia desatada alrededor del impuesto sobre Sociedades. ¿De verdad ‘era’ el mejor momento para subir los tipos? ¿De verdad ‘es’ el mejor momento para retirar deducciones y endurecer la compensación de pérdidas? Lo dudo también.

Lo que está claro es que seguimos revoloteando alrededor de la cantidad del gasto y no de su calidad. A la Administración le cuesta introducir el análisis del coste/beneficio de todo el dinero que recoge y gasta. Le da pereza y no le gusta que le juzguen. A las empresas y a los profesionales de todo tipo el mercado les juzga cada día de su vida, pero el sector público admite de muy mal grado cualquier intento de comparación o análisis.

En el mismo tema del Cupo hemos empleado ríos de tinta tratando de explicar o de criticar las diferencias existentes en la financiación de los gastos sociales entre el País Vasco y las comunidades autónomas de régimen común, pero muy poco se ha dicho sobre qué hacemos con el dinero que recibimos. Por sí solas, las importantes cantidades que destinamos a capítulos como la sanidad o la educación no deberían darnos la sensación de haber actuado bien, sino que deberían obligarnos a justificar que las hemos gastado bien. Hasta el último euro. Quizás así nos sobrasen algunos más para emplearlos en la satisfacción de otras de las interminables necesidades sociales.

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