Pelota

Bautista, cruel y balarrasa

"Laxoa". Es una de las modalidades más antiguas de la pelota vasca y se juega con un guante de cuero.
"Laxoa". Es una de las modalidades más antiguas de la pelota vasca y se juega con un guante de cuero. / E. C.

Conocido como "el rey de la pelota" en el siglo XIX, aprovechaba la superioridad sobre sus rivales y amañaba partidos a su antojo

Tino Rey
TINO REY

Arraioz, un pequeño pueblecito en el corazón del Baztán (Navarra) se aposenta en un valle idílico, bucólico, y donde el verde resulta imperecedero. Tres palacios con carácter medieval, el de Sauragizahar, Zubiria y Jauregia de Vicuña, con el rango de "cabo de armería de nómina antigua". Su iglesia, dedicada a Nuestra Señora de La Ascensión, de estilo barroco, en cuyos aledaños se halla una plaza del juego de guante –la modalidad más antigua de la pelota vasca– y plagada de historia.

En el siglo XVII hay datos fidedignos de que, preferentemente en las plazas principales de villas, pueblos y aldeas de Euskadi y Navarra, se jugaba al juego de largo o guante "laxoa". A finales del XVIII nació en Arraioz uno de esos genios, Bautista de Arraioz, al que se le conoció como "el rey de la pelota", pero en sus entrañas albergaba una gran maldad. Este pelotari en cuestión era un balarrasa. Un mujeriego de vida turbulenta, cruel, despiadado y sin escrúpulo alguno. Mostraba una gran superioridad sobre sus rivales y amañaba los partidos a su antojo. Lo mismo le daba perder que ganar. Lo importante era llevarse un montón de reales a sus bolsillos. Su comportamiento, fuera y dentro de la cancha, dejaba mucho que desear.

A principios de abril de 1823, en San Sebastián, aconteció un hecho sangriento, que aún perdura en el tiempo, y protagonizado por el bueno de Bautista. Se jugaba un partido a largo en un frontón entre las vetustas fortificaciones y muros de antaño, que daban acceso a un anfiteatro de piedra donde se asentaban las gentes. A su alrededor un paseo repleto de árboles por donde correteaban niños y niñas emitiendo ese bullicio tan peculiar de la infancia. Comenzaba la primavera.

No cabía un alma

Las parejas de enamorados, bajo una sombrilla, intentaban como buenamente podían ocultar su tórrida pasión. Una representación escénica donde se apreciaba la clara diferenciación entre la clase social o gremios de aquel entonces. Nobles, curas, militares, plebeyos y algún rufián que otro. Era un hecho común que los hombres portaran alrededor de su cintura una o dos pistolas.

No cabía un alma. Presidía la plaza el alcalde donostiarra, Antonio Alberdi. El partido de parejas se jugaba a cuatro sets y a 15 tantos cada uno. Hasta el más tonto muy pronto captó que Bautista, por el cual se habían jugado ingentes cantidades de dinero, se hallaba inhibido y estaba absolutamente fuera del frontón. Se corrió la voz entre los asistentes de que el pelotari de Arraioz, una vez más y con la suficiente antelación, puso precio a su derrota. Un desafuero deportivo.

Se armó una bronca monumental. Se le increpó con fuerza al pelotari. De entre el público se oyó una voz amenazante. "¡Bautista, si pierdes este nuevo quince vas a morir!" Viendo el arisco cariz que estaba tomando el asunto, el señor Corregidor suspendió el partido con el fin de evitar una sangría. Bautista puso tierra de por medio perseguido por un encolerizado tropel y fue a cobijarse en una posada ubicada en el Barrio de San Martín. En ella compartía habitación con otro jugador de pelota llamado Bautista como él. Había anochecido.

Matar a un inocente

El hombre de la pistola, Miguel Anchotegui, distinguido militar, caballero y de férreo honor castrense, fue siguiéndole los pasos al fugitivo. Llegó al mesón y preguntó. ¿Dónde está Bautista? El hospedero le dijo. "En el primer piso en la primera puerta a mano izquierda". Subió con paso decidido y con la pistola desenfundada. Abrió con sigilo la portezuela, con el fin de no hacer chirriar los goznes, y se acercó a la primera cama. Preguntó al que descansaba en ella ¿Eres Bautista? El paquete medio somnoliento le contestó: "Sí" . Sonó un disparó seco y su sesera saltó por los aires.

Lo que no sabía el criminal era que acababa de matar a un inocente. El culpable del escándalo pelotístico yacía en la cama de al lado. El alboroto que se originó en la fonda fue terrible. El desconcierto generalizado. ¿Qué ha pasado? Nadie entendía nada. Del asesino nunca más se supo. Bautista de Arraioz saltó por la ventana y se refugió más tarde en Francia. Poco después huyó a Cuba como polizonte en una navío mercante y se instaló en las afueras de La Habana en un mísero bohío.

En el Caribe vivió una vida execrable. Frecuentaba todos los garitos, tascas y burdeles, y era amigo de personajes indeseables. Un día conoció a una hermosa mulata de ojos verdes, esbelta, lo que se dice una beldad, que mantenía un romance con un apuesto isleño –Luis Valdés– y se enamoró locamente de ella. Su desvarío llegó hasta un límite sin fin que se convirtió en un acoso perpetuo. Fue una obsesión fatal. Un 20 de mayo de 1823, camino de su ranchito y cuando rompía el alba, fue acribillado a balazos en un angosto y polvoriento sendero. Y aquí acabó la azarosa vida de Bautista de Arraioz.

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